Literatura en XXI: Prólogo

   

    Los libros, las revistas, los diarios, los folletines, fueron algunas de las formas más populares de comunicación literaria años atrás. En algún momento de este siglo creímos que podían llegar a desaparecer ante los pasos de gigante que fue dando el monstruo llamado Internet, los más apegados al papel temblamos de terror en nuestras casas y corrimos a decirles a nuestros libros que iba a estar todo bien, que no los íbamos a abandonar.

    Pese al terror momentáneo eso no ocurrió, los libros se siguen editando y vendiendo (algunos a precios malévolamente elevados, hay que aclarar) y aún existen revistas que nos recuerdan lo genial que es leer una publicación con distintos textos, cuentos, poesías, palabras que dan saltos de alegría al verse impresas. Pero lo cierto es que abrir Chrome o Firefox es algo más común que abrir un libro, dar vueltas por el mundo online es algo cotidiano. Por suerte, gran parte de los que escribimos entendemos que tenemos que acoplarnos a las nuevas necesidades y ofertas. Decirle que no a un blog, a una página de Facebook o a un libro que se puede leer desde una Tablet es una opción, pero lo real es que sería algo así como tomar un Fernet con Pepsi: una locura total.

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​En un toque llego- Alan Cabral 

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Kevin  se sentó a comer cuando se escuchó el primer ruido de tormenta. Su mama se levantó rápido a tapar los espejos. Se acercó a la escultura de la Virgen de los Pasos, la toco y se persignó. Rezó una oración silenciosa mientras Kevin terminaba su plato. Vibró su celular, el Nene Rubio le mandó un mensaje con un signo de interrogación. Kevin  tomó de un trago el vaso de Coca Cola y dejó el plato en la mesada. Le dio un cálido beso en la cabeza a su devota madre y salió. La mujer abrió la puerta y le gritó, tenía en su mano un paraguas. Andrés lo agarró y le dio un fuerte abrazo. Todavía no empezaba la tormenta de proporciones bíblicas pero Kevin abrió el paraguas y se fue pateando en dirección al centro de la ciudad.
Salí corriendo, decidido a encontrarte. / ¿Me buscaste? / Toda la vida.

No hay que usar el teléfono mientras caminas. Cuando caminas tenes que tener la cabeza alta, con la pera paralela al piso, doblar las rodillas, mirar ambos lados antes de cruzar la calle, un pie adelante del otro, talón, punta y así repetir hasta llegar al punto de llegada. No hay llegadas porque no hay líneas. Andres no puede pisar las líneas del piso, ni las divisiones de las baldosas ni las partes rotas del asfalto. No le gustan los árboles que con sus raíces rompen las veredas. No le tiene miedo a los perros pero si a pisar líneas. Los miedos no se pueden controlar, por eso asustan tanto.

Voy a tardar en llegar, sabes que camino lento. / No importa, estoy bailando para esperarte.

Andres no gritaba de miedo, pero si había una línea que no podía cruzar cerraba los ojos y saltaba. Cuando cierra los ojos todo desaparece. Todo se vuelve blanco. No negro. Negro es cerrar los ojos por miedo. Cerrar los ojos por valor es blanco. Un poco de viento le volaba el pelo. Se tapó con el paraguas. Tuvo la sensación de que iba a salir volando.

Como Mary Poppins. / Supercalifragilisticoespialidoso. / Esa es una palabra importante.

Llego a unas vías. Vio venir un tren. Tal vez el último. Imagino la posibilidad de que ese fuera el último tren del mundo, de que sus vías le den la vuelta al planeta y que nunca se detenga, que cuando la humanidad se haya extinto aun seguirá pasando a esa hora el último tren, sin nadie que viaje, sin estación para parar. Pero la gente lo seguiría esperando, pensó. Se paró en las vías. Sintió la vibración. Sonó una bocina, no para que él se mueva, sino para para avisa que venia, porque la barrera de la calle hacía años que no bajaba, no había nadie que la baje. Había una pequeña casita de indigentes donde antes estaba el lugar de los guardabarreras. Le saco una foto al tren. Se la envió al Nene Rubio mientras terminaba de cruzar la vía. Sintió la velocidad del tren en su espalda. Tuvo miedo de que la fuerza inentendible del movimiento lo arrastrara bajo las rudas y lo despedazara. Después la lluvia limpiaría sus entrañas de las vías y nadie se enteraría jamás de su muerte. Le mando la foto al Nene Rubio.

Las vías son líneas. /Sí, son caminos/ ¿Cuándo vas a llegar?

Todavía faltaba mucho para que Andrés llegara al centro de la ciudad, a la casa del Nene Rubio. No iba a llegar antes de la lluvia. Sino al revés. La lluvia lo iba a llevar a él por unas vías nuevas.


Autor: Alan Cabral, estudiante de la carrera de Letras de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora

Mis cenizas – Daniel Arana

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Ocho meses es mucho tiempo. 240 días, muchos minutos y más segundos. Un tiempo en el que florece la muerte en todos lados. Un tiempo en que nace el espanto. La gestación de algunos seres se da en ocho meses, ocho impacientes meses, ocho menesterosos meses. Las células, que algunas religiones reconocen como seres humanos, olvidándose de que ser humano no es consecuencia de la biología, tardan (en algunos casos) ocho meses en estar capacitados para salir a la luz y, por ahí, ser humanos. Casi ocho meses sin noticias de ella son más que ocho meses.

En la escarchada noche nostálgica, postrado en una cama por elección propia, miro el techo con los pies entumecidos. Solía ser un ser humano. Charlaba displicentemente con el portero. Iba a comprar el pan cuando ya no había más. Veneraba el buen cine y discutía a viva voz despotricando contra las malas películas argentinas. Tomaba el ascensor inconscientemente, con desdén. Mantenía discusiones con mis amigos acerca de política, sexo, mujeres, alcohol, literatura, religión, etcétera. Era todo un orador. Tomaba la palabra y discurría a piacere sobre los más heterogéneos temas. Saltaba sin solución de continuidad de lo caro que son los libros nuevos en Argentina (abogando, sobretodo, por la lectura de los clásicos de edición barata en donde, como decía siempre, está todo lo que hay que saber) a los pasos ultra necesarios e irreductibles a la hora de tomar un buen vino. Era locuaz, gracioso, cínico, elocuente, provocador y lacónico cuando había que serlo. Todas estas características componían mí persona cuando era un ser humano inclinado a las disertaciones en grupo ya sea de amigos, parientes (donde se escuchaban los disparates más atroces y a veces convenía callar para no herir susceptibilidades), colegas y vecinos. Ahora miro el techo. Tengo convulsiones, frío, hambre y más convulsiones. Ocho meses sin noticias de ella. Seguir leyendo “Mis cenizas – Daniel Arana”

La bondad definitiva – Alan Cabral

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La mujer que tiene dos margaritas en el pelo está sentada al borde de la escollera.

Mira en silencio al niño corriendo hacia las olas. Aunque hace demasiado río y hay una vadera que advierte el peligro del mar, el niño de piel negra entra y sale del agua. Cada vez intenta llegar más lejos, pero alguna ola lo devuelve a la costa.

Cuando se hace de noche la mujer se acerca al niño y le pregunta: ¿Por qué queres perderte en el mar?

El niño que tiene los ojos negros no responde y se va caminando.

El día anterior la mujer estuvo sentada en el consultorio de un médico que le dijo: Señora, usted tiene una enfermedad horrible, tal vez muera, tal vez no, no hay manera de saberlo.

La mujer salió de la clínica sin mayor perturbación que un hambre feroz.

Se sintió salvaje.

Se imaginó corriendo por el bosque. Desnuda. Persiguiendo algún animal. No un pequeño conejo, sino un animal enorme, una jirafa, un antílope o un mamut. El ultimo mamut del mundo perdido en alguna selva virgen de Brasil.  Imagino que ella misma se convertía en la última mujer, pero ya no era humana. Se había convertido en una criatura salvaje.

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Perdido – Alan Cabral

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La mujer llegó cuando la bebe ya estaba muerta. El calor y el miedo del incendio empujaron a la nenita hasta el balcón y desde ahí saltó, la gravedad hizo el resto. Cuando se abrió la ventana un fuego infernal creció y desde él apareció una figura que nadie pudo descifrar. Fue la saltarina. Tenía tres años, tal vez cuatro. Pocos. Saltó por el impulso animal de la supervivencia. Murió en el acto. El Acto: la explosión total de su cabeza contra el cemento. Entre gritos y llantos un círculo de personas miraba el cuadro hecho de sangre y tripas. Entonces llegó la mujer. Tres días después, ella saltó sobre las vías del tren.

El hombre no quiso velorio. Se dedicó a consagrar la memoria de su esposa y a su hija en un llanto secreto.

Fue a la montaña porque no podía soportar el rostro de una mujer que no sea el de ella. Ya no veía en ellas ninguna belleza, veía el eco del dolor. TODAS LAS COSAS TRISTES DEL MUNDO TIENEN CARA DE MUJER, pensó. Esa noche descubrió que ya no podría masturbarse, ya no tenía deseos.

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Le dedicó sus días a las tareas silvestres.

Por las noches miraba las estrellas e imaginaba la explosión de todas ellas mientras tarareaba la Obertura 1812 de Tchaikovsky. (Algunas noches, si estaba de buen humor, leía un tomo de voluminoso tamaño sobre la victoriosa vida de Napoleón) Seguir leyendo “Perdido – Alan Cabral”

Rabia – Agustín Vázquez Gelvez

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Después,  durante  la  noche,
todo  lo  que  cierra  ojos  abre  abismos.
Lejos,  allá,  encontré  la  fantasía  cromática  de  Bach
sonando  entre  las  botellas,
vos  y  todo  lo  tuyo  que  revuelve  oscuros  pasadizos
y  yo  me veo  en  el  espejo  roto  de  lo  que  fui.
Corrí  y  tropecé,  caí  en  otra  boca  y  estoy  esperando  el  golpe.
Nada  de  lo  que  dejamos  atrás
parece  quedar  atrás. Vuelve  y  revuelve  los  cajones  y  las  canciones,
siempre  el  mismo  ruido  en  la  cabeza  y  la  pesada
ausencia  de  huevos  para  el  suicidio,  ¡Maldición!
¿Por  qué  la  vida  tiene  que  ser  tan  hermosa?
¿Por  qué  tenías  que  llevar  ese  nombre  y  esa  boca?
Necesito  escribirlo  para  emanciparme,
ya  no  no  siento  todo  esto pero  que  no  quiero  olvidarlo.
Yo  quisiera  dormir  con  vos,  ay
como  quisiera  acostarme
y dormir la noche y la rabia.


Autor: Agustín Vázquez Gelvez, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

Doble crimen – María Belén Michelangelo

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Los miró porque no había otra cosa que hacer, porque en la fila del supermercado (como en general en la vida), siempre hay que mirar para adelante.

Sólo recuerda sus nucas y algún perfil fugaz, visiones mentoras de la intrascendencia del relato si hubiera estado distraído o ajeno al mundo, pero justo miró.

Un niño, gordo, rulos negros, mejillas grandes y blancas. Una madre, o eso parece, encorvada sobre una pantalla portátil.

El nene sostiene un vaso de yogurt, lo aprieta en su mano derecha como la conquista de la salida, sabiendo que ése es su premio. Se intenta autoconvencer, porque nadie le va a hacer creer que eso es un premio por portarse bien.

Mira hacia ambos lados, el niño se ve apretado entre las pequeñas y terribles góndolas que separan las cajas, ésas que llaman al hambre el cual aparece como por arte de magia cuando se observan todos los tesoros que en ellas esperan, tentadores. Esas trampas consumistas que aparecen justo antes de pagar, que abultan un poquito más el chango o el canasto o las manos. Y justo, el nene, tiene una mano libre.

-Mamá- dice con la voz menos desesperada que logra- Mamá, ¿puedo cambiar el yogurt?

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