Colores sólidos – Daniel Arana

 

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          Apuró la última línea en esa noche de biromes que se haría eterna. Las palabras pugnaban por salir desaforadas de su boca ansiosa e implacable. Se rascó su nariz como un endemoniado y se dio cuenta que no se le paraba; sí, no se le paraba, justo ahora que habían gastado tanta guita en esas putas caras y finas que le dicen escort. El único escort que conocía era el Ford con alerón, bordó y con un tubo de gas que hacía imposible llevar más de un bolso grande o dos chicos en el baúl. Era tanta la plata en merca, en minas, en vino y whisky importado, que no se podía permitir que no se le parara justo ahora. Su método de selección era el tradicional. Vas a un puterío, mirás, se te acercan y, si podés, elegís alguna que te parezca más o menos decente o te recuerde a una novia tuya o que esté bañadita y perfumadita. Los avatares del tiempo y la tecnología lo habían tenido un largo tiempo frente a una pantalla mirando fotos armadas e irreales de todas putas que parecen actrices porno; miraba y miraba y su artificiosidad, su retoques de Photoshop, los banners que explotaban en su retina  le daban la idea de algo no-natural, espurio. ¿Qué sería real de toda esta Mise en scène? ¿Estarían buenas de verdad? Entre línea y línea, balbuceo y balbuceo, miraba con los muchachos esa pantalla y se cagaban de risa durante esa noche cara y larga.

          Su divorcio se había planificado en silencio; el hastío de ambos, los chicos que crecen y el tiempo eterno como la noche del desierto habían desembarcado en un final sabido y archiconocido como cine de Hollywood. Pasados los 50, no podía permitir divertirse; hasta que un día apareció eligiendo carne humana para la faena en la página web  que uno de sus amigos recomendó. Iban a ser pocos, pero apareció un conocido de no sé quién que trajo de todo. Solo había ido a despejarse, cómo le pidió un viejo amigo, y  de  repente, estaba encerrado en el laberinto de merca y alcohol y justo ahora no se le paraba.

          Cuando llegaron las chicas y entraron con un mono de 2 metros, se derrumbó toda esa idea absurda que tenía; no sé qué pensaba, si eran putas re putas como tantas otras putas, más caras, más finas, pero putas al fin. Qué clase de estúpido idealista se pone a pensar en algo más que coger a las minas, qué se le pasa por la cabeza. Nuevamente rascó su nariz, pasó su lengua por los labios y las encías frenéticamente, boqueó como pez fuera del agua y el ímpetu le volvió. El mono se retiró después de dar sus condiciones. “…este botón del celular lo aprietan las chicas si ustedes se portan mal, aparezco yo y los cago a tiros, estamos… tienen hasta las siete, si quieren más, avisan, y es el doble cada hora que se agrega, estamos…, las chicas no se drogan ni toman, salvo que quieran, estamos…, alguna duda?…”

      Me sentí como chico el primer día del secundario con el preceptor presentándose y dándole pie a las palabras del director. …en esta institución del saber ustedes se formarán no solo en conocimientos culturales profundos, sino que se formarán moralmente para enfrentar los desafíos que hoy nos presentan los nuevos tiempos y para que no se desvíen hacía esas nuevas tendencias yankees, hippies, comunistas o, mucho peor, marxistas- leninistas, que confunden a nuestros jóvenes… Pero para eso, ustedes tienen que saber que las reglas son claras, el uniforme, el vocabulario, los horarios; todo debe ser respetado para no recibir ninguna sanción, ¿estamos?…

            ¿Estamos?  Estamos duros como la blanca camisa almidonada, que raspaba el cuello hasta lastimarlo, estamos de pie como unos estúpidos escuchando las advertencias del mono y el director, estamos saludando y las chicas se presentan.

           Nosotros éramos cuatro y ellas dos. Agucé la mira del ojo, en la medida de mis posibilidades y me di cuenta de que no estaban tan mal, no eran tan distintas de lo que reflejaba la pantalla. Lo que se advertía era una cara ultra maquillada con capas y capas de productos que ocultaban la corrosión de tener que acostarse con tipos repugnantes… como nosotros, por ejemplo. Perfume en abundancia, pero de buen nivel. Yo no era un entendido en perfumes pero no parecían esas fuertes y penetrantes fragancias baratas o de imitación de las buenas y originales. Ropa ajustada ciñéndose al cuerpo y piernas largas y eternas con medias de nylon negras en perfecto estado. Rigurosos tacos aguja negro, pelo recogido en una y suelto en la otra pero prolijo (ya lo dije, eran caras y refinadas las chicas). Minifalda corta pero no en exceso, y,  lo que en las dos se igualaba, eran en la rigidez de las tetas hechas por un cirujano, ¿sería el mismo?, tornadas esculturalmente y duras como estábamos nosotros después del festín bacanal.

            En un momento, yo que no había emitido ninguna palabra salvo un saludo, me fijé en el ojo de cada una. Como en la escena de Psicosis en la bañera, así miraba yo el ojo de cada una alternativamente y esa frialdad de muerte me hizo abstraerme y apartarme mentalmente del jolgorio. Ya dije que no se me paraba, así que lo sexual solo estaba en la cabeza, yo pensaba: ¿qué sentirían cuando un oso como yo se les subía arriba y las penetraba? ¿A qué nivel de asco y repugnancia podían llegar estando arriba y sintiendo esas manos impersonales que le tocaban las tetas aplastándoselas con fuerza? ¿En qué pensarían cuando un borracho o un drogón de mierda, no podía ponerse el forro y ellas tenían que ayudarlo como a un nene a ponerse las zapatillas? ¿Mirarían la cara de los clientes cuando acababan? Y si la miraban ¿Qué sensación de distancia les provocaría, pensarían en ese momento que era solo trabajo?

         Me sentí un miserable, un ser repulsivo. Me aparté, prendí el enésimo cigarrillo,  tomé otro trago y mire profusamente por la ventana al Buenos Aires noctámbulo. Me quería ir de ahí, desaparecer, o mejor, evadirme. Volver, sí volver, a otra etapa más feliz de mi vida. Pero ¿a cuándo carajo volver? Yo no pensaba volver… ¿para qué? como el cantante. Volver para ser feliz, pero adonde carajo volver para ser feliz.

          ¿A la infancia, que dice Baudelaire, que es la patria? ¿A mi época escolar donde mi única preocupación era jugar a la pelota y advertir las faldas femeninas en un descubrimiento constante? ¿A mis días en el trabajo como aprendiz? ¿A mi época de soltero donde  no me cuestionaba todas estas cosas? ¿A cuando éramos recién casados y el desdén y el hastío no se presentaban en nuestra casa como firmes invitados?  ¿A la época feliz de estar en brazos de mamá?

          ¿¡A dónde y cuándo carajo volver!? Si nunca había sido realmente feliz, eso era lo que pasaba y por eso no sabía que hacer mirando por la ventana en esa noche que no olvidaría fácilmente. Sintió que de alguna ventana lo estaban observando y dio un paso para atrás instintivamente.

          -¡¡Ahora te toca a vos!!- escuchó el grito a lo lejos.

       Saliendo de su estupor, logró rearmarse. Pasó por la mesa servida y aspiro nuevamente, rascándose luego la nariz y tocándose los dientes con sus dedos. Fue para la pieza pero detuvo su marcha porque no se sentía bien, apagó el cigarrillo, tomó fuerzas nuevamente y enfiló hacia la habitación.

         Cuando llegó observó una escena que hubiese preferido no ver nunca: su amigo con la pija parada y sacándose el forro sucio. Muy bueno, no sabés cómo se mueve. Yo sacaba la mirada del suceso para no sentir más repulsión a la que ya sentía.  No es que nunca había estado con una mujer totalmente desnudo y tampoco es que no había pasado por las lides de una puta, pero esa noche me sentía tímido, como con vergüenza, cohibido. Me quedé estático otra vez, como cuando el mono nos habló o cuando el director del colegio, y cuando los milicos en el servicio militar nos dieron la “bienvenida”, o cuando… ¿cuántas veces me había quedado así como un pollito mojado, en inferioridad total y petrificado?  Vení acércate bebé. Ese bebé sonó peor de lo que yo pensaba. Haciendo un esfuerzo sublime pude levantar la vista. No era tan atractiva como yo había idealizado. Se había puesto la bombacha y sus piernas tenían muchas marcas: pequeños derrames, várices de considerable tamaño, moretones de pasados golpes y algún que otro pelo. Sus tetas estaban bien rígidas y los pezones eran como de plástico, algún rollito asomaba en la posición en la que estaba y en el cuello también tenía marcas. La cara estaba muy bien, era casi angelical, a pesar de su trabajo y de lo desgastante que sería. Era joven, la edad de mi hija. De vuelta a la  realidad y no a la descripción literaria del cuadro, me empecé a sentir mal. ¿Estás bien?

            Salí de la habitación y en el pasillo me encontré a mi amigo en una situación mucho más presentable.

       -¡¿Que pasó, ya está, tan rápido el tren expreso?! Festejó esto con una estentórea risotada final.

           -No, es que no puedo, tiene la edad de mi hija

           -¡¡¡Pero dejate de joder!!! ¡¡¡Que querés que traigamos una jovata, para eso no te hubieras separado!!! No pará, pará… perdón me fui al carajo, es una mujer, nada más. Pasala bien, disfrutá, te lo merecés.

            -Pero no se me para, ya te lo dije.

            – Bueno, para eso hay remedio.

          Metió su mano en el bolsillo y sacó un blíster con pastillas azules. Me acercó una y yo me  negué. Dale boludo, vas a sentir un fuego, una fuerza y se te va a parar seguro eh… Insistió mucho y, para que no me siguiera jodiendo, finalmente me la tomé. Cedí mi turno  y me fui a sentar nuevamente en el sillón que daba a la ventana nocturna y azul. Preparé otro whisky y miré lánguidamente la biblioteca. Tome al azar un libro de cuadraditos, todos de distinto tamaño, pero que una época se habían puesto de moda. Piet Mondrian… ajá. Mire esas líneas, esos colores lisos y sólidos y me gustaban. Mire tan profundamente, que me sentía caminando por las líneas negras que seguía con mi yema del dedo índice derecho. Sentía la textura del oleó, podía sentir la presencia de la pincelada, cada ondulación en el lienzo me transportaban al instante en que ese pincel grababa su sólido color de pileta y la línea negra de fotocopiadora que escupe demasiada tinta. Caminaba por esa pintura mientras el cigarrillo se terminaba y la boca se anestesiaba cada vez más. El sopor iba creciendo y creía que mi malestar era cada vez mayor.

              – ¡Dale ché, te toca a vos!

            Caminé por el pasillo que llevaba al matadero como yendo a un cadalso, atrás habían quedado las piletas del colores, la textura y trama del óleo. Entré como pidiendo permiso. ¿Estás mejor? Su voz retintineó en mi cabeza y la sentía cada vez más juvenil; peor, más aniñada. Era una niña, era “la niña”, era mi hija. Así lo creí cuando el dolor en el pecho y el brazo derecho fue cada vez mayor. Su mano sobre mi hombro derecho me pesó como una tonelada y la respiración se me agitó agolpándose a mis bronquios una cerrazón en donde no encontraba el aire. Boqueaba nuevamente, pero de gusto, me sentía como el culo. Me recosté, sentí los pies descalzos corriendo afuera de la habitación y hasta aquí puedo contar, después, no sé nada más.

             Corriendo por el pasillo parecía desesperada, desangelada. Llamó a su amigo y todos fueron a la pieza. Ella semidesnuda, los dos amigos que estaban libres, con la ropa a medio poner. En la otra pieza seguían sin saber lo que pasaba. Su cara era cada vez más pálida. Lo reincorporaron, pero no hubo caso. El timbre sonó desesperante en ese momento, el mono empujó la puerta con fuerza y entró, lo habían solicitado, pero no los iba a cagar a tiros ni a retarlos como el director del secundario. Llamala a la otra y nos vamos, nosotros no tenemos nada que ver si este boludo se caga muriendo. Apareció como de un ensueño nefasto, vestida a medias, poniéndose los zapatos de tacos y partieron raudos por la puerta que habían llegado.

      Llamar a emergencias, espera perpetua y ruinosa, pasos rápidos y desesperación, presión en el pecho, estallar de vasos-arterias-venas-cuore, más y más cigarrillos, se nos va la puta madre, esta ambulancia de verga que no viene, 911 no sirve para mierda, van y vienen en ridícula coreografía aciaga, ¡¡¡acá, acá, suban entren por acá!! pasos apresurados por el piso del departamento, ¿Qué pasó? Dale boludos que se caga muriendo díganme que tomó!!!, merca-whisky-viagra-vino-faso, desfibrilador chac-chac y descarga, al hospital, llamen a la familia, mierda de enfermedad, vida de mierda, cabeza arriba tapado con cobijas usadas y desgastadas, puertas cerradas fuertemente, luces verdes y blancas en tu cabeza, otro zarpado que se cree un pibe, ¡hay chipá- chipá!, agarrá por la lateral, acá me hecho un meo tranquilo levantando la patita derecha, suerte perra la mía, estamos jodidos, ¡a voluntad! lo importante es la salud ¡guarda boludo que vamos a chocar! escena desesperante y angustiante dale que llegamos tarde al jardín el mínimo ¿hasta dónde viajas?


 Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

A la hora de la siesta – Daniel Arana

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    ¡Chupame la pija gata!

     ¡Sacala, dale sacala puto!

     Este guacho es capaz de sacarla, es un hijo de puta.

     Que se hace la turra la arrastrada esa. Es capaz de chupársela la gata.

     Pobre profe, aunque tiene cara de boludo me cae bien, pero parece un pelotudo ahí parado sin decir nada. Era la única vez que me parecía piola lo que estaba explicando… pero estos chabones… siempre es lo mismo. ¿De qué estaba hablando el profe?

     De una se la chupa la putita, aunque el guachín es medio sucio, la vieja lo persigue para que se bañe como a un pibe. Él se lo buscó, con estas minas no sabés, son rapidísimas, te tenés que rescatar.

     Dónde me metiste viejo, en el otro cole esto no pasaba. Yo sé que las cosas cambiaron, que no hay guita para el privado, pero acá me mandaste al muere, son como animalitos, miralos.

     Yo la agarré de las mechas a esa petera, le gusta como el dulce de leche, no se puede rescatar, es puta como la madre. Seguir leyendo “A la hora de la siesta – Daniel Arana”

Mujeres sin ojos – Daniel Arana

EE

Pero después de ganar
todas las competiciones
dejó a sus ojos gozar
de unas buenas vacaciones.

Tim Burton,
La melancólica muerte del chico ostra.


            Pasaban las horas y seguía llorando. El tiempo cura todas las heridas, pero parecía que los relojes no tenían muchas ganas de trabajar. Secaba una a una las lágrimas que corrían libres por sus mejillas rojizas y delicadas. La angustia le brotaba desde el interior del pecho y subía hasta estrangularle la garganta. Más arriba, detrás de la nariz, un dolor profundo (nótese que digo dolor y no una sensación de dolor) le abría la puerta a las gotas sentimentaloides. A ratos, era como si le punzaran en algún lado y le manaban ríos de lágrimas. Entonces, una iluminación divina se le presentó. De inmediato, soltó la cebolla y se fue a lavar los ojos compungidos. Y ahora…  ¿qué iba a comer? ¿Es posible una comida sin cebolla?  Y una pregunta más profunda y filosófica, ¿conviene sacrificar el hambre por no llorar, la felicidad por una buena comida?

            Se sentó y desistió de comer, por lo menos por hoy. Esperó un rato. Repicó los dedos contra la mesa de roble rojo y el sonido la arrastró levemente un poquito hacia la izquierda. Una atmósfera nauseabunda la hizo perder por un instante el sentido. De nuevo el dolor, no la sensación de dolor, la hizo sollozar. Luego, fueron nuevamente cataratas de agua sentimentaloide. Ella podía soportar no comer, no hay comida sin cebolla (es un axioma), pero seguir sufriendo esta angustia era demasiado para su delicado cuerpo.

            ¿Por qué lloro? ¿Qué me pasa? Buscó consuelo en un disco. No alcanzó. Buscó en un libro… y tampoco tuvo suerte. Fue a lo del vecino del 4°A, pero no estaba (él era un metafísico y, aunque ella nunca entendió semejante título ridículo, siempre tenía buen vino y buenas manos). Lloró por el pasillo, en la escalera, al abrir la puerta, al entrar y siguió llorando en el cómodo sillón de su departamento. Fue a la cocina y miró la cebolla a medio cortar. Una parte estaba en cubitos en la sartén y la otra mitad sobre la tabla conversaba con el cuchillo a ver si hacían el amor o no. Tomó el teléfono y llamó a su amiga que no era metafísica pero charlaba de lo lindo. Seguir leyendo “Mujeres sin ojos – Daniel Arana”

Gigante mamífero bordó sin vida – Daniel Arana 

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Esa música lo retrotraía a tiempos pasados y remotos. Tiempos del olvido escondidos en los oscuros rincones de la memoria. Se dormía. El libro, que ya se tornaba insoportable, se deslizaba por sus manos como una serpiente. Se caía al suelo y esto lo sobresaltaba. La música cabalgaba el espacio de la oscura habitación. La baba pendía indecisa de abandonar el cuerpo que le dio vida.

Música, libro y silencio.

Las paredes desaparecen. El paisaje esta vez es abierto. Se encontró mirando una cúspide nevada que le heló las entrañas. El viento zumbaba por entre los arboles y le corría una carrera al tiempo que como siempre le ganaría por perseverante. Ahí estaba inmóvil en esa húmeda habitación con el libro que, lentamente y con parsimonia, giraba su página. Nunca creyó estar así sentado en la cumbre de su vida leyendo un largo libro de aventuras inverosímiles. La orquesta a pleno como en sus viejos tiempos. Se trasladó momentáneamente a la sala de conciertos, pero una señora de ésas que nunca faltan, despachó con desprecio: “Ah… música moderna”.

60 abriles y contando. Sueños encausados por el río de la vida de estrecha margen y escaso cauce. Se recostó para sentir la tierra latiendo bajo su espalda. El llamado de las hierbas que tantas veces desobedeció. Sueño. Luna negra asoma por la ventana. El ardid de la noche lo envolvía y lo engañaba como tantas otras veces. Una estrella le guiñaba el ojo con su luz tal vez ya muerta hace siglos.

Solos el hombre, la música, el libro y el universo infinito. Seguir leyendo “Gigante mamífero bordó sin vida – Daniel Arana “

Cero a la izquierda – Daniel F. Arana

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Nunca supo muy bien  cómo comenzó, pero lo que sí comprendió enseguida, era que algo había pasado, que ya su vida no sería la misma. Él era un hombre de los que comúnmente llaman “normal”, sin entrar en consideración sobre este término ni sobre la diferencia con lo “natural” y la tendencia a homologar los significados que se tiene desde algún lugar de poder. Normal en esta sociedad, en el sentido del trabajo, de la oficina, de la rutina; bueno, de todo eso que hace que algunas personas parecieran no sobresalir del resto pero que, en casi todos los casos, tienen algo que decir, que contar, y en otros casos más extremos, estallan en ataques de pánico, brotes de cólera violentos o en terribles depresiones suicidas. Hoy en día eso es lo normal, eso es lo que nos ha quedado de mundo; una masa inerte pero con una energía potencial capaz de estallar, ya no colectivamente, sino en forma individual y de manera de poder ser tratados como pequeñas anomalías de la sociedad, en beneficio de los laboratorios de psico-fármacos y de toda la comunidad de psicólogos y psiquiatras. En fin, normal y punto.

Este narrador, junto con el protagonista, no recuerdan cuando sucedió que la gente lo empezó a dejar de lado, a no darle importancia, pero no en cuanto a la valoración de capacidad o algo similar, sino simplemente a no darle “bolilla”, a parecer como si él no existiera para el mundo. Todo el que lee estas líneas debería (si tiene ganas) preguntarse qué es no significar nada para los demás, pasar totalmente desapercibido, saber que levantarse a la mañana no trae ninguna consecuencia, no significa nada, ni para uno mismo ni para los otros. Peor que un cero a la izquierda, pues éste tiene un dicho, está inmortalizado en el habla popular. Tal vez algunos cráneos de la comunicación, si se detuvieran un segundo a pensar en este tipo de exclusión, generalmente económica pero también las hay de otros tipos, se explicarían muchos más aspectos de lo que ellos llaman la violencia social o de la sociedad. No ser nada de repente, hiere como el cuchillo más cortante y sangra en demasía, no ya la piel, sino el cerebro, los ojos… Empieza desde adentro y recorre todas las venas y arterias, corroe y oxida el ser. Algo parecido sentía nuestro protagonista. Seguir leyendo “Cero a la izquierda – Daniel F. Arana”

Una mañana de otoño – Daniel F. Arana

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La muerte, afirmación absoluta e irrefutable de la vida, cambió sustancialmente su forma de sopesar el universo. Vio la carne pudriéndose en la tierra y siendo devorada por famélicos gusanos. Vio la lágrima cayendo pesarosa del ojo unánime de los parientes de la eternidad. Escuchó el estruendoso golpe de esta lágrima sobre la núbil tierra. Advirtió la pisada soez de los zapatos sucios de intolerancia. Vio a la noche serruchar al día y al día penetrar complaciente a la oscuridad. Bebió la sangre derramada por los cuerpos acostados displicentemente sobre el asfalto. Vio el estallido extasiado de la cara de su esposa teniendo el mejor orgasmo de su vida con su hermano. Escuchó la cerradura escandalosa que abre las puertas de la desazón y la infelicidad. Se sentó en la falda del semáforo que decide la vía del azar que tomaremos. Se sumió en un profundo sueño nostálgico de pasos torpes y cortos que llevaban a manos largas esperando al otro lado del jardín ocre – plata- áureo de la casa. Conoció, por fin, el mártir que responde por todos ante los arrebatos de los poderes superiores. Conoció la angustia del sexo rutinario e intransigente. Aspiró los olores de la mañana adormilada sobre las piernas de alguna mujer, la mujer. Vio a su hija mezclando Rohynolp con un detestable vino cargado de alcohol etílico para empezar el viaje ecuménico por la estratósfera. Vio el reflejo del cuchillo sobre los ojos del cadáver, del niño, del padre, del sábado atormentado por luces azules que giraban en torno a su cabeza. Observó los ojos de los peces, del buey, del hombre y, por fin, de los dioses. Vio al sepulturero alejarse con su andar cansino. Escuchó el ruido de la puerta de la piecita, del fósforo efímero, el gas silencioso, el fuego danzante, el chorro de agua, la pava donde la tapa deformaba su cara, la yerba caer sobre el jarrito de aluminio, la misma yerba ensanchándose ante la catarática caída del agua caliente, los labios succionando el líquido verde y el choque de la escupida sobre la tierra núbil. Vio al sepulturero tomar mate mirando las lápidas de los muertos en aquel lejano cementerio. Vio a un hombre caminando por la calle desaforado chocándose con torpeza todo lo que se le ponía adelante. Leyó la poesía atroz, la prosa falaz, la novela inútil y la obra incompleta. Charló profundamente con su padre en el momento de exhalar su último suspiro. Acarició las manos de su madre postrada en una sempiterna cama de fierros blancos. Besó esas manos con los ojos empapados en lágrimas que caían pesarosas sobre el piso áspero.

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