​En un toque llego- Alan Cabral 

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Kevin  se sentó a comer cuando se escuchó el primer ruido de tormenta. Su mama se levantó rápido a tapar los espejos. Se acercó a la escultura de la Virgen de los Pasos, la toco y se persignó. Rezó una oración silenciosa mientras Kevin terminaba su plato. Vibró su celular, el Nene Rubio le mandó un mensaje con un signo de interrogación. Kevin  tomó de un trago el vaso de Coca Cola y dejó el plato en la mesada. Le dio un cálido beso en la cabeza a su devota madre y salió. La mujer abrió la puerta y le gritó, tenía en su mano un paraguas. Andrés lo agarró y le dio un fuerte abrazo. Todavía no empezaba la tormenta de proporciones bíblicas pero Kevin abrió el paraguas y se fue pateando en dirección al centro de la ciudad.
Salí corriendo, decidido a encontrarte. / ¿Me buscaste? / Toda la vida.

No hay que usar el teléfono mientras caminas. Cuando caminas tenes que tener la cabeza alta, con la pera paralela al piso, doblar las rodillas, mirar ambos lados antes de cruzar la calle, un pie adelante del otro, talón, punta y así repetir hasta llegar al punto de llegada. No hay llegadas porque no hay líneas. Andres no puede pisar las líneas del piso, ni las divisiones de las baldosas ni las partes rotas del asfalto. No le gustan los árboles que con sus raíces rompen las veredas. No le tiene miedo a los perros pero si a pisar líneas. Los miedos no se pueden controlar, por eso asustan tanto.

Voy a tardar en llegar, sabes que camino lento. / No importa, estoy bailando para esperarte.

Andres no gritaba de miedo, pero si había una línea que no podía cruzar cerraba los ojos y saltaba. Cuando cierra los ojos todo desaparece. Todo se vuelve blanco. No negro. Negro es cerrar los ojos por miedo. Cerrar los ojos por valor es blanco. Un poco de viento le volaba el pelo. Se tapó con el paraguas. Tuvo la sensación de que iba a salir volando.

Como Mary Poppins. / Supercalifragilisticoespialidoso. / Esa es una palabra importante.

Llego a unas vías. Vio venir un tren. Tal vez el último. Imagino la posibilidad de que ese fuera el último tren del mundo, de que sus vías le den la vuelta al planeta y que nunca se detenga, que cuando la humanidad se haya extinto aun seguirá pasando a esa hora el último tren, sin nadie que viaje, sin estación para parar. Pero la gente lo seguiría esperando, pensó. Se paró en las vías. Sintió la vibración. Sonó una bocina, no para que él se mueva, sino para para avisa que venia, porque la barrera de la calle hacía años que no bajaba, no había nadie que la baje. Había una pequeña casita de indigentes donde antes estaba el lugar de los guardabarreras. Le saco una foto al tren. Se la envió al Nene Rubio mientras terminaba de cruzar la vía. Sintió la velocidad del tren en su espalda. Tuvo miedo de que la fuerza inentendible del movimiento lo arrastrara bajo las rudas y lo despedazara. Después la lluvia limpiaría sus entrañas de las vías y nadie se enteraría jamás de su muerte. Le mando la foto al Nene Rubio.

Las vías son líneas. /Sí, son caminos/ ¿Cuándo vas a llegar?

Todavía faltaba mucho para que Andrés llegara al centro de la ciudad, a la casa del Nene Rubio. No iba a llegar antes de la lluvia. Sino al revés. La lluvia lo iba a llevar a él por unas vías nuevas.


Autor: Alan Cabral, estudiante de la carrera de Letras de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora

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Mis cenizas – Daniel Arana

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Ocho meses es mucho tiempo. 240 días, muchos minutos y más segundos. Un tiempo en el que florece la muerte en todos lados. Un tiempo en que nace el espanto. La gestación de algunos seres se da en ocho meses, ocho impacientes meses, ocho menesterosos meses. Las células, que algunas religiones reconocen como seres humanos, olvidándose de que ser humano no es consecuencia de la biología, tardan (en algunos casos) ocho meses en estar capacitados para salir a la luz y, por ahí, ser humanos. Casi ocho meses sin noticias de ella son más que ocho meses.

En la escarchada noche nostálgica, postrado en una cama por elección propia, miro el techo con los pies entumecidos. Solía ser un ser humano. Charlaba displicentemente con el portero. Iba a comprar el pan cuando ya no había más. Veneraba el buen cine y discutía a viva voz despotricando contra las malas películas argentinas. Tomaba el ascensor inconscientemente, con desdén. Mantenía discusiones con mis amigos acerca de política, sexo, mujeres, alcohol, literatura, religión, etcétera. Era todo un orador. Tomaba la palabra y discurría a piacere sobre los más heterogéneos temas. Saltaba sin solución de continuidad de lo caro que son los libros nuevos en Argentina (abogando, sobretodo, por la lectura de los clásicos de edición barata en donde, como decía siempre, está todo lo que hay que saber) a los pasos ultra necesarios e irreductibles a la hora de tomar un buen vino. Era locuaz, gracioso, cínico, elocuente, provocador y lacónico cuando había que serlo. Todas estas características componían mí persona cuando era un ser humano inclinado a las disertaciones en grupo ya sea de amigos, parientes (donde se escuchaban los disparates más atroces y a veces convenía callar para no herir susceptibilidades), colegas y vecinos. Ahora miro el techo. Tengo convulsiones, frío, hambre y más convulsiones. Ocho meses sin noticias de ella. Seguir leyendo “Mis cenizas – Daniel Arana”

La bondad definitiva – Alan Cabral

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La mujer que tiene dos margaritas en el pelo está sentada al borde de la escollera.

Mira en silencio al niño corriendo hacia las olas. Aunque hace demasiado río y hay una vadera que advierte el peligro del mar, el niño de piel negra entra y sale del agua. Cada vez intenta llegar más lejos, pero alguna ola lo devuelve a la costa.

Cuando se hace de noche la mujer se acerca al niño y le pregunta: ¿Por qué queres perderte en el mar?

El niño que tiene los ojos negros no responde y se va caminando.

El día anterior la mujer estuvo sentada en el consultorio de un médico que le dijo: Señora, usted tiene una enfermedad horrible, tal vez muera, tal vez no, no hay manera de saberlo.

La mujer salió de la clínica sin mayor perturbación que un hambre feroz.

Se sintió salvaje.

Se imaginó corriendo por el bosque. Desnuda. Persiguiendo algún animal. No un pequeño conejo, sino un animal enorme, una jirafa, un antílope o un mamut. El ultimo mamut del mundo perdido en alguna selva virgen de Brasil.  Imagino que ella misma se convertía en la última mujer, pero ya no era humana. Se había convertido en una criatura salvaje.

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Perdido – Alan Cabral

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La mujer llegó cuando la bebe ya estaba muerta. El calor y el miedo del incendio empujaron a la nenita hasta el balcón y desde ahí saltó, la gravedad hizo el resto. Cuando se abrió la ventana un fuego infernal creció y desde él apareció una figura que nadie pudo descifrar. Fue la saltarina. Tenía tres años, tal vez cuatro. Pocos. Saltó por el impulso animal de la supervivencia. Murió en el acto. El Acto: la explosión total de su cabeza contra el cemento. Entre gritos y llantos un círculo de personas miraba el cuadro hecho de sangre y tripas. Entonces llegó la mujer. Tres días después, ella saltó sobre las vías del tren.

El hombre no quiso velorio. Se dedicó a consagrar la memoria de su esposa y a su hija en un llanto secreto.

Fue a la montaña porque no podía soportar el rostro de una mujer que no sea el de ella. Ya no veía en ellas ninguna belleza, veía el eco del dolor. TODAS LAS COSAS TRISTES DEL MUNDO TIENEN CARA DE MUJER, pensó. Esa noche descubrió que ya no podría masturbarse, ya no tenía deseos.

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Le dedicó sus días a las tareas silvestres.

Por las noches miraba las estrellas e imaginaba la explosión de todas ellas mientras tarareaba la Obertura 1812 de Tchaikovsky. (Algunas noches, si estaba de buen humor, leía un tomo de voluminoso tamaño sobre la victoriosa vida de Napoleón) Seguir leyendo “Perdido – Alan Cabral”

Doble crimen – María Belén Michelangelo

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Los miró porque no había otra cosa que hacer, porque en la fila del supermercado (como en general en la vida), siempre hay que mirar para adelante.

Sólo recuerda sus nucas y algún perfil fugaz, visiones mentoras de la intrascendencia del relato si hubiera estado distraído o ajeno al mundo, pero justo miró.

Un niño, gordo, rulos negros, mejillas grandes y blancas. Una madre, o eso parece, encorvada sobre una pantalla portátil.

El nene sostiene un vaso de yogurt, lo aprieta en su mano derecha como la conquista de la salida, sabiendo que ése es su premio. Se intenta autoconvencer, porque nadie le va a hacer creer que eso es un premio por portarse bien.

Mira hacia ambos lados, el niño se ve apretado entre las pequeñas y terribles góndolas que separan las cajas, ésas que llaman al hambre el cual aparece como por arte de magia cuando se observan todos los tesoros que en ellas esperan, tentadores. Esas trampas consumistas que aparecen justo antes de pagar, que abultan un poquito más el chango o el canasto o las manos. Y justo, el nene, tiene una mano libre.

-Mamá- dice con la voz menos desesperada que logra- Mamá, ¿puedo cambiar el yogurt?

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Colores sólidos – Daniel Arana

 

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          Apuró la última línea en esa noche de biromes que se haría eterna. Las palabras pugnaban por salir desaforadas de su boca ansiosa e implacable. Se rascó su nariz como un endemoniado y se dio cuenta que no se le paraba; sí, no se le paraba, justo ahora que habían gastado tanta guita en esas putas caras y finas que le dicen escort. El único escort que conocía era el Ford con alerón, bordó y con un tubo de gas que hacía imposible llevar más de un bolso grande o dos chicos en el baúl. Era tanta la plata en merca, en minas, en vino y whisky importado, que no se podía permitir que no se le parara justo ahora. Su método de selección era el tradicional. Vas a un puterío, mirás, se te acercan y, si podés, elegís alguna que te parezca más o menos decente o te recuerde a una novia tuya o que esté bañadita y perfumadita. Los avatares del tiempo y la tecnología lo habían tenido un largo tiempo frente a una pantalla mirando fotos armadas e irreales de todas putas que parecen actrices porno; miraba y miraba y su artificiosidad, su retoques de Photoshop, los banners que explotaban en su retina  le daban la idea de algo no-natural, espurio. ¿Qué sería real de toda esta Mise en scène? ¿Estarían buenas de verdad? Entre línea y línea, balbuceo y balbuceo, miraba con los muchachos esa pantalla y se cagaban de risa durante esa noche cara y larga.

          Su divorcio se había planificado en silencio; el hastío de ambos, los chicos que crecen y el tiempo eterno como la noche del desierto habían desembarcado en un final sabido y archiconocido como cine de Hollywood. Pasados los 50, no podía permitir divertirse; hasta que un día apareció eligiendo carne humana para la faena en la página web  que uno de sus amigos recomendó. Iban a ser pocos, pero apareció un conocido de no sé quién que trajo de todo. Solo había ido a despejarse, cómo le pidió un viejo amigo, y  de  repente, estaba encerrado en el laberinto de merca y alcohol y justo ahora no se le paraba.

          Cuando llegaron las chicas y entraron con un mono de 2 metros, se derrumbó toda esa idea absurda que tenía; no sé qué pensaba, si eran putas re putas como tantas otras putas, más caras, más finas, pero putas al fin. Qué clase de estúpido idealista se pone a pensar en algo más que coger a las minas, qué se le pasa por la cabeza. Nuevamente rascó su nariz, pasó su lengua por los labios y las encías frenéticamente, boqueó como pez fuera del agua y el ímpetu le volvió. El mono se retiró después de dar sus condiciones. “…este botón del celular lo aprietan las chicas si ustedes se portan mal, aparezco yo y los cago a tiros, estamos… tienen hasta las siete, si quieren más, avisan, y es el doble cada hora que se agrega, estamos…, las chicas no se drogan ni toman, salvo que quieran, estamos…, alguna duda?…”

      Me sentí como chico el primer día del secundario con el preceptor presentándose y dándole pie a las palabras del director. …en esta institución del saber ustedes se formarán no solo en conocimientos culturales profundos, sino que se formarán moralmente para enfrentar los desafíos que hoy nos presentan los nuevos tiempos y para que no se desvíen hacía esas nuevas tendencias yankees, hippies, comunistas o, mucho peor, marxistas- leninistas, que confunden a nuestros jóvenes… Pero para eso, ustedes tienen que saber que las reglas son claras, el uniforme, el vocabulario, los horarios; todo debe ser respetado para no recibir ninguna sanción, ¿estamos?…

            ¿Estamos?  Estamos duros como la blanca camisa almidonada, que raspaba el cuello hasta lastimarlo, estamos de pie como unos estúpidos escuchando las advertencias del mono y el director, estamos saludando y las chicas se presentan.

           Nosotros éramos cuatro y ellas dos. Agucé la mira del ojo, en la medida de mis posibilidades y me di cuenta de que no estaban tan mal, no eran tan distintas de lo que reflejaba la pantalla. Lo que se advertía era una cara ultra maquillada con capas y capas de productos que ocultaban la corrosión de tener que acostarse con tipos repugnantes… como nosotros, por ejemplo. Perfume en abundancia, pero de buen nivel. Yo no era un entendido en perfumes pero no parecían esas fuertes y penetrantes fragancias baratas o de imitación de las buenas y originales. Ropa ajustada ciñéndose al cuerpo y piernas largas y eternas con medias de nylon negras en perfecto estado. Rigurosos tacos aguja negro, pelo recogido en una y suelto en la otra pero prolijo (ya lo dije, eran caras y refinadas las chicas). Minifalda corta pero no en exceso, y,  lo que en las dos se igualaba, eran en la rigidez de las tetas hechas por un cirujano, ¿sería el mismo?, tornadas esculturalmente y duras como estábamos nosotros después del festín bacanal.

            En un momento, yo que no había emitido ninguna palabra salvo un saludo, me fijé en el ojo de cada una. Como en la escena de Psicosis en la bañera, así miraba yo el ojo de cada una alternativamente y esa frialdad de muerte me hizo abstraerme y apartarme mentalmente del jolgorio. Ya dije que no se me paraba, así que lo sexual solo estaba en la cabeza, yo pensaba: ¿qué sentirían cuando un oso como yo se les subía arriba y las penetraba? ¿A qué nivel de asco y repugnancia podían llegar estando arriba y sintiendo esas manos impersonales que le tocaban las tetas aplastándoselas con fuerza? ¿En qué pensarían cuando un borracho o un drogón de mierda, no podía ponerse el forro y ellas tenían que ayudarlo como a un nene a ponerse las zapatillas? ¿Mirarían la cara de los clientes cuando acababan? Y si la miraban ¿Qué sensación de distancia les provocaría, pensarían en ese momento que era solo trabajo?

         Me sentí un miserable, un ser repulsivo. Me aparté, prendí el enésimo cigarrillo,  tomé otro trago y mire profusamente por la ventana al Buenos Aires noctámbulo. Me quería ir de ahí, desaparecer, o mejor, evadirme. Volver, sí volver, a otra etapa más feliz de mi vida. Pero ¿a cuándo carajo volver? Yo no pensaba volver… ¿para qué? como el cantante. Volver para ser feliz, pero adonde carajo volver para ser feliz.

          ¿A la infancia, que dice Baudelaire, que es la patria? ¿A mi época escolar donde mi única preocupación era jugar a la pelota y advertir las faldas femeninas en un descubrimiento constante? ¿A mis días en el trabajo como aprendiz? ¿A mi época de soltero donde  no me cuestionaba todas estas cosas? ¿A cuando éramos recién casados y el desdén y el hastío no se presentaban en nuestra casa como firmes invitados?  ¿A la época feliz de estar en brazos de mamá?

          ¿¡A dónde y cuándo carajo volver!? Si nunca había sido realmente feliz, eso era lo que pasaba y por eso no sabía que hacer mirando por la ventana en esa noche que no olvidaría fácilmente. Sintió que de alguna ventana lo estaban observando y dio un paso para atrás instintivamente.

          -¡¡Ahora te toca a vos!!- escuchó el grito a lo lejos.

       Saliendo de su estupor, logró rearmarse. Pasó por la mesa servida y aspiro nuevamente, rascándose luego la nariz y tocándose los dientes con sus dedos. Fue para la pieza pero detuvo su marcha porque no se sentía bien, apagó el cigarrillo, tomó fuerzas nuevamente y enfiló hacia la habitación.

         Cuando llegó observó una escena que hubiese preferido no ver nunca: su amigo con la pija parada y sacándose el forro sucio. Muy bueno, no sabés cómo se mueve. Yo sacaba la mirada del suceso para no sentir más repulsión a la que ya sentía.  No es que nunca había estado con una mujer totalmente desnudo y tampoco es que no había pasado por las lides de una puta, pero esa noche me sentía tímido, como con vergüenza, cohibido. Me quedé estático otra vez, como cuando el mono nos habló o cuando el director del colegio, y cuando los milicos en el servicio militar nos dieron la “bienvenida”, o cuando… ¿cuántas veces me había quedado así como un pollito mojado, en inferioridad total y petrificado?  Vení acércate bebé. Ese bebé sonó peor de lo que yo pensaba. Haciendo un esfuerzo sublime pude levantar la vista. No era tan atractiva como yo había idealizado. Se había puesto la bombacha y sus piernas tenían muchas marcas: pequeños derrames, várices de considerable tamaño, moretones de pasados golpes y algún que otro pelo. Sus tetas estaban bien rígidas y los pezones eran como de plástico, algún rollito asomaba en la posición en la que estaba y en el cuello también tenía marcas. La cara estaba muy bien, era casi angelical, a pesar de su trabajo y de lo desgastante que sería. Era joven, la edad de mi hija. De vuelta a la  realidad y no a la descripción literaria del cuadro, me empecé a sentir mal. ¿Estás bien?

            Salí de la habitación y en el pasillo me encontré a mi amigo en una situación mucho más presentable.

       -¡¿Que pasó, ya está, tan rápido el tren expreso?! Festejó esto con una estentórea risotada final.

           -No, es que no puedo, tiene la edad de mi hija

           -¡¡¡Pero dejate de joder!!! ¡¡¡Que querés que traigamos una jovata, para eso no te hubieras separado!!! No pará, pará… perdón me fui al carajo, es una mujer, nada más. Pasala bien, disfrutá, te lo merecés.

            -Pero no se me para, ya te lo dije.

            – Bueno, para eso hay remedio.

          Metió su mano en el bolsillo y sacó un blíster con pastillas azules. Me acercó una y yo me  negué. Dale boludo, vas a sentir un fuego, una fuerza y se te va a parar seguro eh… Insistió mucho y, para que no me siguiera jodiendo, finalmente me la tomé. Cedí mi turno  y me fui a sentar nuevamente en el sillón que daba a la ventana nocturna y azul. Preparé otro whisky y miré lánguidamente la biblioteca. Tome al azar un libro de cuadraditos, todos de distinto tamaño, pero que una época se habían puesto de moda. Piet Mondrian… ajá. Mire esas líneas, esos colores lisos y sólidos y me gustaban. Mire tan profundamente, que me sentía caminando por las líneas negras que seguía con mi yema del dedo índice derecho. Sentía la textura del oleó, podía sentir la presencia de la pincelada, cada ondulación en el lienzo me transportaban al instante en que ese pincel grababa su sólido color de pileta y la línea negra de fotocopiadora que escupe demasiada tinta. Caminaba por esa pintura mientras el cigarrillo se terminaba y la boca se anestesiaba cada vez más. El sopor iba creciendo y creía que mi malestar era cada vez mayor.

              – ¡Dale ché, te toca a vos!

            Caminé por el pasillo que llevaba al matadero como yendo a un cadalso, atrás habían quedado las piletas del colores, la textura y trama del óleo. Entré como pidiendo permiso. ¿Estás mejor? Su voz retintineó en mi cabeza y la sentía cada vez más juvenil; peor, más aniñada. Era una niña, era “la niña”, era mi hija. Así lo creí cuando el dolor en el pecho y el brazo derecho fue cada vez mayor. Su mano sobre mi hombro derecho me pesó como una tonelada y la respiración se me agitó agolpándose a mis bronquios una cerrazón en donde no encontraba el aire. Boqueaba nuevamente, pero de gusto, me sentía como el culo. Me recosté, sentí los pies descalzos corriendo afuera de la habitación y hasta aquí puedo contar, después, no sé nada más.

             Corriendo por el pasillo parecía desesperada, desangelada. Llamó a su amigo y todos fueron a la pieza. Ella semidesnuda, los dos amigos que estaban libres, con la ropa a medio poner. En la otra pieza seguían sin saber lo que pasaba. Su cara era cada vez más pálida. Lo reincorporaron, pero no hubo caso. El timbre sonó desesperante en ese momento, el mono empujó la puerta con fuerza y entró, lo habían solicitado, pero no los iba a cagar a tiros ni a retarlos como el director del secundario. Llamala a la otra y nos vamos, nosotros no tenemos nada que ver si este boludo se caga muriendo. Apareció como de un ensueño nefasto, vestida a medias, poniéndose los zapatos de tacos y partieron raudos por la puerta que habían llegado.

      Llamar a emergencias, espera perpetua y ruinosa, pasos rápidos y desesperación, presión en el pecho, estallar de vasos-arterias-venas-cuore, más y más cigarrillos, se nos va la puta madre, esta ambulancia de verga que no viene, 911 no sirve para mierda, van y vienen en ridícula coreografía aciaga, ¡¡¡acá, acá, suban entren por acá!! pasos apresurados por el piso del departamento, ¿Qué pasó? Dale boludos que se caga muriendo díganme que tomó!!!, merca-whisky-viagra-vino-faso, desfibrilador chac-chac y descarga, al hospital, llamen a la familia, mierda de enfermedad, vida de mierda, cabeza arriba tapado con cobijas usadas y desgastadas, puertas cerradas fuertemente, luces verdes y blancas en tu cabeza, otro zarpado que se cree un pibe, ¡hay chipá- chipá!, agarrá por la lateral, acá me hecho un meo tranquilo levantando la patita derecha, suerte perra la mía, estamos jodidos, ¡a voluntad! lo importante es la salud ¡guarda boludo que vamos a chocar! escena desesperante y angustiante dale que llegamos tarde al jardín el mínimo ¿hasta dónde viajas?


 Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

¿Por qué escribir? – Gian Blanco

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“¿Qué es eso que centellea, dice más de lo que susurra, se transmite silenciosamente y luego vuela en pos de la noche, sin dejar tras de sí más que el vacío del amor, la promesa de la inmunidad? Ese centelleo personalísimo, esa trepidación, esa hipnosis, esos latidos innumerables son otras tantas versiones -aquellas plausibles de un acontecimiento único: el presente perpetuo, en forma de rueda como el sol y como el rostro humano, antes de que la tierra y el cielo tirando de él hacia sí lo alargasen cruelmente.” Seguir leyendo “¿Por qué escribir? – Gian Blanco”

Cinta Negra – Lucía Beukes

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Si ella no me hubiera dicho eso, yo no hacía nada, lo juro. Pero fue muy mala conmigo. Me dijo algo horrible. Yo estoy acostumbrado a que la gente me diga cosas, aunque ni las más feas alcanzan a parecerse a lo que dijo ella. Y encima no tenía razón. Yo tengo un trato con Elías, que es bueno conmigo. Conoce a mi mamá y a mis hermanos y nos deja abrir las bolsas de basura que tira, porque nosotros la abrimos despacito, nunca dejamos todo desparramado en la vereda como hacen otros. Pero esa señora me vio y me dijo de todo. La odié. Me hizo llorar, y no me gusta llorar en la calle porque después los otros chicos me dicen que soy un maricón. Y no sé, de verdad no sé cómo me salió, pero me acordé de algo que me dijo Mey, la gitana que tira las cartas en la plaza. En realidad, no me lo dijo a mí, se lo dijo a un cana que la quiso rajar de la plaza. Se puso loca y al final el tipo la tiró al suelo y la pateó. Entonces, ella lo maldijo. Le dijo que le iban a pasar cosas tremendas, así con palabras difíciles y los ojos llenos de sangre. Yo vi todo y no me pude sacar esas palabras de la cabeza. Por eso cuando esa mujer me dijo lo que me dijo, y no me salía la voz ni para putearla, le dije la maldición. Quería que se asustara. Seguir leyendo “Cinta Negra – Lucía Beukes”

Mujeres sin ojos – Daniel Arana

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Pero después de ganar
todas las competiciones
dejó a sus ojos gozar
de unas buenas vacaciones.

Tim Burton,
La melancólica muerte del chico ostra.


            Pasaban las horas y seguía llorando. El tiempo cura todas las heridas, pero parecía que los relojes no tenían muchas ganas de trabajar. Secaba una a una las lágrimas que corrían libres por sus mejillas rojizas y delicadas. La angustia le brotaba desde el interior del pecho y subía hasta estrangularle la garganta. Más arriba, detrás de la nariz, un dolor profundo (nótese que digo dolor y no una sensación de dolor) le abría la puerta a las gotas sentimentaloides. A ratos, era como si le punzaran en algún lado y le manaban ríos de lágrimas. Entonces, una iluminación divina se le presentó. De inmediato, soltó la cebolla y se fue a lavar los ojos compungidos. Y ahora…  ¿qué iba a comer? ¿Es posible una comida sin cebolla?  Y una pregunta más profunda y filosófica, ¿conviene sacrificar el hambre por no llorar, la felicidad por una buena comida?

            Se sentó y desistió de comer, por lo menos por hoy. Esperó un rato. Repicó los dedos contra la mesa de roble rojo y el sonido la arrastró levemente un poquito hacia la izquierda. Una atmósfera nauseabunda la hizo perder por un instante el sentido. De nuevo el dolor, no la sensación de dolor, la hizo sollozar. Luego, fueron nuevamente cataratas de agua sentimentaloide. Ella podía soportar no comer, no hay comida sin cebolla (es un axioma), pero seguir sufriendo esta angustia era demasiado para su delicado cuerpo.

            ¿Por qué lloro? ¿Qué me pasa? Buscó consuelo en un disco. No alcanzó. Buscó en un libro… y tampoco tuvo suerte. Fue a lo del vecino del 4°A, pero no estaba (él era un metafísico y, aunque ella nunca entendió semejante título ridículo, siempre tenía buen vino y buenas manos). Lloró por el pasillo, en la escalera, al abrir la puerta, al entrar y siguió llorando en el cómodo sillón de su departamento. Fue a la cocina y miró la cebolla a medio cortar. Una parte estaba en cubitos en la sartén y la otra mitad sobre la tabla conversaba con el cuchillo a ver si hacían el amor o no. Tomó el teléfono y llamó a su amiga que no era metafísica pero charlaba de lo lindo. Seguir leyendo “Mujeres sin ojos – Daniel Arana”

El gitano – Juan García

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Había llegado un mes atrás. Alto, robusto, serio y de poco hablar. Había rumores de un asunto ocurrido allá en Tapalqué, de donde era oriundo el gitano. Se hablaba de algo feo, un suceso relacionado con una niña, cosas sucias, de esas que no se preguntan porque se sabe que la respuesta será atroz. El tipo se presentó ese lunes por la mañana. Preguntó por el capataz Maidana, conversaron en un tono bajo, casi confidencial. Se miraban a los ojos, como esos guapos que no esconden el valor y hasta a la misma parca le hacen frente. Conociéndolo a Maidana algo le desconfiaba al moreno porque al hablar ladeaba la boca más de lo acostumbrado. Era signo inequívoco de que no creía en lo que se le estaba diciendo. Estrecharon las diestras y ahí nomás el gitano se arremangó y empezó a hacer un pastón. Trabajar, trabajaba bien. Sabía la cantidad exacta de arena, de cal, de cemento que había que utilizar, alcanzaba los baldes con presteza. Al poco tiempo ya levantaba paredes y después revocaba. En dos semanas el mejor fino lo hacía él. El capataz lo mandaba a hacer las terminaciones y todo ese laburo detallado que es, en fin, lo que se termina por ver y aprobar o desaprobar, según sea el caso. Seguir leyendo “El gitano – Juan García”