Biblioteca de Ciencia Ficción Hispana – Quema, Ariadna Castellarnau (2015)

Quema Ariadna Castellarnau Tapa

“El gordo vaca nos mira con avidez.
–¿Y ésta? –pregunta.
Rudo le cuenta que soy su ayudante.
El gordo vaca ríe. Su ayudante, claro.
¿Y de dónde he salido si puede saberse?
–De la mierda –contesta Rudo.
El gordo vaca vuelve a reírse con ganas.
–¿De qué clase de mierda? –pregunta divertido.
–De la que salen todos los niños –zanja Rudo.”

¿Qué pasa con un poeta que comienza a escribir narrativa? ¿Cómo es ese primer relato en el que un género y un estilo deben pasar a ser otros, extrapolarse? ¿De qué manera conserva las marcas de una voz anterior? ¿De qué forma un género se transmuta en otro para poder seguir buscando, indagando, explorando las formas de decir siempre lo mismo, eso mismo que no deja de escaparse de las precariedades constitutivas del lenguaje? Todas estas cosas nos permite pensar el primer libro narrativo (y no digo cuento y tampoco novela) de Ariadna Castellarnau.

Quema narra un futuro distópico próximo. Algo pasó. Algo que se llama “el mal” y que no se sabe qué es pero que implicó la muerte de todos los seres vivos y la infertilidad de la tierra. En este futuro solo los humanos quedan, casi varados entre un dejarse extinguir y la supervivencia del todos contra todos. Bien de imaginario post-apocalíptico, la vida se reduce a un pragmatismo feroz donde todos los vínculos humanos son fugaces y transitorios y prima el egoísmo más desesperado. Sin embargo, el centro de la narración no es este mal que acaba con el mundo. A Castellarnau parece interesarle otra cosa que tiene más que ver con la respuesta que ofrece el humano ante la adversidad. Esta respuesta es la quema. Ante la aceptación de que el mal es total y de que a la vida le queda poco por contar, las gentes juntan de sus casas aquello que no responda a una utilidad inmediata y lo queman. Queman todo. Y el fuego es tal que las cenizas se comen el cielo. Lo que se quema es el pasado, todo vínculo con una vida anterior, como si el centro de Quema fuera el proceso de duelo de una humanidad a disposición de superarse a sí misma y entregarse a lo que viene, ya sea la muerte o un mundo nuevo.

Quema se compone de ocho historias cortas ubicadas en este mundo en común. No es Plop. En el futuro devastado de Quema no hay espacio para las grandes aventuras épicas; solo chispazos de vida. Sin embargo, los personajes se repiten y saltan de una narración a otra ocupando distintos roles, distintos nombres en distintos momentos de sus vidas. Novela fragmentaria que se corresponde con la interioridad de cada uno de sus personajes. “Ninguno de nosotros está entero. Estamos hechos pedazos”.

Pero como el hombre es hombre, en Quema hay intentos de restaurar esta humanidad quebrada. Se arman distintas sociedades, como la de los Intachables, que se proponen reconstruir el mundo anterior con basura y procesos eugenésicos estrictos, o los Imperfectos, resabios de otras comunidades, que se disponen a construir un mundo nuevo. Lo que se nos ofrece aquí es el método de lectura del propio género. A las literaturas post-apocalípticas no se las debe leer con la nostalgia por aquello que se perdió o se puede perder (postura conservadora) sino con la sensación de nuevo comienzo, de posthumanidad y de distancia crítica, desnaturalizante, con el orden del mundo actual. Estos textos evidencian el sostén precario y artificial que articula nuestras vidas y nos abren la mirada a lo nuevo, a lo distinto.

Dijimos que Quema es la narración de un duelo. Si bien es verdad que el relato es coral, compuesto de múltiples voces, hay uno de los personajes que aparece con una insistencia particular en casi todos los capítulos. Este personaje es Rita, a veces protagonista de varios episodios –entre ellos los que abren y cierran el libro–, a veces como personaje secundario o apenas mencionado. La vemos siendo Rita, siendo madre, siendo hija, siendo Reina; de lejos o también muy de cerca. Este personaje atraviesa su propio duelo personal y es el que inicia con el ritual de la quema, contagiándolo al mundo. Contagiándolo como se contagió el mal. Y es, nos podemos animar a decir, casi como si lo que quisiera contar Castellarnau fuera este proceso de duelo, esta superación personal de una pérdida que es también un pasado bloqueante y la posibilidad de abrirse a lo nuevo. Y es como si a Castellarnau no le hubiera alcanzado la poesía y hubiera necesitado matar el mundo y a todos sus seres y quemar el cielo para encontrar una nueva forma de explorar este proceso emocional interno. Quema ocurre todo en la interioridad del personaje pero también en el mundo, afuera, como si quisiera demostrar que entre ambos planos no hay tanta distancia.

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