BIBLIOTECA DE CIENCIA FICCIÓN HISPANA Promesas naturales, Oliverio Coelho (2006)

“como si las múltiples vidas que lleva una mujer
se relevaran en la conciencia de la materia y
desvistieran los cimientos de un hombre”

Promesas naturales está bueno. No sé qué clase de reseña empieza así, pero hay que decir lo que hay que decir y esta novela se lo merece. Final de la Trilogía del Futuro de Oliverio Coelho, Promesas naturales no solo termina de definir un mundo que hasta entonces íbamos construyendo de a pedazos sueltos (la novela comienza incluso con un mapa de la ciudad en donde las distintas clases sociales se dividen y organizan) sino que es también la más narrativa de las tres. La exploración introspectiva y claustrofóbica de las neurosis de los personajes queda un poco al margen y el centro lo ocupan recorridos, encuentros, acción y cierta intriga.
Esta novela es, también, quizás, la más optimista de la trilogía. Si Los invertebrables y Borneo comienzan en el encierro (real o psíquico) y concluyen ambas en una apertura a lo desconocido, Promesas naturales continúa allí donde las otras se quedaron para desentrañar qué es eso otro que hay afuera. Bernina, protagonista, se escapa de los Territorios Paralelos con dos bebés encima. Uno de ellos es Odiseo, el bebé mutante no-nato que le habita el útero desde hace años como un acontecimiento siempre a punto de suceder, siempre avisando, pateando, pero que no ocurre. El otro es Ungi, un muñeco que Bernina lleva en una caja. Con ambas extensiones de una femeneidad informe encima, la protagonista retorna al Estado que le expropió la identidad al nacer y la exilió a tierras marginales. Allí el Ministro le ofrecerá una identidad nueva dentro del dispositivo estatal (una que no es esa irrecuperable, imposible, que le quitaron en su nacimiento, ni tampoco esa falsa, Bernina, que le impusieron al adoptarla) y cuidados médicos para un parto controlado a cambio de que actúe como espía en los Territorios Paralelos y traicione a los ilotas con los que se crió. Es en este dilema que el personaje bailará como un péndulo.
En los idas y vueltas de Bernina, la novela arma su contrapunto biopolítico entre dos formas de vida. Por un lado, la del dispositivo estatal, donde todos sus integrantes son idénticos, hermosos y perfectos, cuyos cuerpos, resultantes de mecanismos médicos omniabarcativos y absolutos, viven capturados en una burocracia total. Por el otro lado están los Territorios Paralelos, espacio de marginalidad estratificado por las distintas configuraciones corporales de sus habitantes, jerarquizados en una cadena alimenticia y de explotación caníbal. Los contrastes continuos se reducen a dos formas de entender la salvación de la humanidad: la conservadora, en el imperativo del Estado de salvaguardar y restaurar cierta noción de un humano original, y la radical, la de los Territorios Paralelos, que desreconoce una forma humana prototípica y entrega la vida a los impulsos del devenir. Bernina no se queda con ninguno de los dos, y entre las múltiples aristas que le encuentra al dilema hay dos que merecen la atención.
Una de ellas tiene que ver con el deseo. Si en los Territorios Paralelos se encuentra la falta de límites que permite la proliferación de la vida, la belleza está realmente en los hombres perfectos del Estado. La novela no se mete con si el gusto es o no una construcción social; prefiere dejarle a Bernina el gesto sincero aunque autoboicoteante de enamorarse de cada uno de los individuos perfectos y castrados del Ministerio (es notable que no pare de encontrar “pretendientes” entre aquellos que alguna vez le quitaron la identidad). Sabe que en los Territorios Paralelos el encuentro está vedado, no por la sexualidad, que se da sin tapujos, sino por el sentimiento de ajenidad con la informidad del otro.
El otro asunto tiene que ver con la lengua. En oposición al lenguaje verborrágico de la burocracia estatal, que dice mucho para no decir nada, los Territorios Paralelos se presentan como un “Paraíso Alternativo” donde los humanos, salvo por los ilotas -exiliados del Estado-, encontraron la forma de comunicarse sin palabras. Un lenguaje paraverbal que solo dice lo necesario, lo esencial. Bernina, quien posee el lenguaje del Estado, encuentra allí que la palabra es la disidencia de la disidencia. Si, por un lado, es un artefacto administrado por el poder (el Estado), por otro lado es también el medio por el cual los humanos pueden reinventar y reinventarse (¿cuál otra es, sino, la definición de poesía?). Coelho aquí parece adscribir más a Burroughs que a Marcelo Cohen: la palabra está atravesada por el poder; una comunidad emancipada solo se puede dar en tanto haga abandono de ella y encuentre otras formas de comunicarse (la danza, el canto). No hay política en los sujetos individuales.
Un detalle significativo nos viene bien para cerrar. ¿Qué pasó con los animales? Si en Los invertebrables andaban sueltos entre la zoología urbana de la ciudad y en Borneo habían mutado en formas salvajes e irrecuperables, en Promesas naturales, un futuro aún más lejano, hace rato que se encuentran extintos. No queda más vida animal que la humana. Ahora bien, eso que es una clausura es también una invitación. Solo en los Territorios Paralelos, allí donde habita lo anormal, lo variado, lo múltiple y siempre distinto, es donde puede surgir esa vida nueva que sea promesa de un futuro diferente.

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