BIBLIOTECA DE CIENCIA FICCIÓN HISPANA | Borneo, Oliverio Coelho (2004)

Borneo_tapa
“La superación de la obra, su inversión: la etapa
carnívora en la que el arte se autodevora y pare
simultáneamente su propio futuro”

Un error y una carencia. A Ornello Balestro le extraen dos muelas que no eran. Así empieza Borneo, la segunda parte de la Trilogía del Futuro de Oliverio Coelho. Si en Los invertebrables la humanidad era aquello que se cocinaba en ese espacio de tensiones y claustrofobia que es la intimidad con el otro, Borneo mira hacia adentro y se pregunta por cuánto hay de humano en esa habitación amorfa que es el propio cuerpo. Sin embargo, nos sigue diciendo Borneo, y en esto asume su cuestionamiento político, para mirar hacia adentro hay que mirar hacia afuera, a los dispositivos que construyen la corporalidad.

Ese mundo que se nos presentó en la primera novela con trazos imprecisos y finos va tomando forma. Sabemos que el Estado es absoluto y que se identifica con un proyecto eugenésico que abarca la totalidad de la vida. La existencia humana se mide en SMO’s o Servicios Médicos Obligatorios. Estos son instancias periódicas de análisis, diagnóstico e intervención donde el poder, mediante el discurso médico, define qué cuerpos vivientes son dignos de recibir el certificado de habitabilidad. Aquellos aprobados conservan su residencia. Los rechazados que no responden a las formas y medidas del humano modelo son exiliados y librados a su suerte en los Territorios Paralelos, espacios despojados de toda protección y garantía estatal. Sin embargo, esta división, tan clásica en las imaginaciones distópicas, no es más que el punto de partida de la auténtica exploración de la novela. Ornello, cuyo cuerpo aprueba sin más el examen médico y que gracias a eso conservará su certificado de residencia, no está libre sin embargo de errores de diagnóstico, interpelaciones administrativas confusas, intervenciones equivocadas y miedo, siempre el miedo. Porque el proyecto último del SMO no está en la división biológica de aptos y no aptos sino en el pulido psicológico, el ablande, a través del desgaste corporal. El SMO se encarniza con los sanos buscando la falta, la diferencia –¿quién no la tiene?– en la que se funda la anormalidad. No es la exclusión de la corporalidad del pueblo lo que sostiene al poder sino su manipulación psicológica a través de la neurosis social.

En Borneo el Estado se ocupa de los cuerpos porque otra cosa no hay. El gran proyecto es la reducción del sujeto a su mera corporalidad, desubjetivándolo de cualquier otro aspecto identitario (origen, nombre, memoria). Las identidades las crea el propio Estado a partir del discurso médico: se es humano en tanto se tiene el cuerpo que el poder define como humano. Se es humano bajo la tutela del poder.

Ahora bien, ¿cómo nos resistimos? ¿Cuál es el espacio de lucha contra esta dominación que se propone absoluta? La respuesta que ofrece Borneo es radical: salirse del cuerpo. No una metafísica –en el futuro de Coelho no hay otra cosa más que cuerpos– sino un vitalismo post-corporal. Órganos sin cuerpo, diría Zizek, quien juega con Deleuze. Hay que partir y conservar esa carencia identitaria original para aprovecharla positivamente en una línea de fuga incapturable. Si la vida comienza en la indefinición –todos los niños en Borneo nacen con senos que después pierden, como exponiendo su androginia original–, es en la no corporalidad, en la mutación constante, donde se puede burlar el sistema categorial mediante el cual el Estado administra las existencias político-biológicas.

Como en el resto de la trilogía de Coelho, maniquís, perros y gatos hacen aparición. Su presencia es insistente y significativa, no como otredades, como entidades ajenas, sino como espacios de conexión, de agenciamiento. Los perros mutaron. Los gatos mutaron. Los primeros perdieron una de sus patas y algunos llevan instalada una prótesis ortopédica que restaura la falta; estos casos son subordinados y marginales en el espacio social de la jauría. Los gatos, por su parte, desarrollaron alas, las cuales los volvieron indomesticables. Ambos, símbolos, son espejos donde el hombre puede mirarse siendo el otro que no fue. Ornello, que no para de pensar en huir, en fugarse, querrá aprender el lenguaje secreto de los gatos. También, como en Los invertebrables, querrá cantar.

A todo esto, ¿qué es “borneo”? No casualmente la edición de El Cuenco de Plata ofrece en la contratapa una minúscula referencia terminológica. De “bornear” se dan dos definiciones. En una de ellas se dice que es el gesto por el cual se entuerta la mirada para comprobar si el largo de una fila de elementos se encuentra alineado. En la segunda se hace referencia a doblar o curvar una cosa. Como si el borneo fuera el gesto umbral hacia estos dos posibles contradictorios. La vida, parece decir la novela, camina siempre por la cuerda floja del borneo.

Luis Pisani, persona de Ituzaingó que escribe y hace cosas. Tiene un blog: Antropomagen.

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