Biblioteca de ciencia ficción hispana – Los invertebrables, Oliverio Coelho (2003)

  

 “Todos los rastros de humanidad se
descompusieron. Quedaron trenzas
de aire…”

        Siempre es bueno ver cómo un escritor construye un mundo. No hablo del mundo construido en sí, en el que el lector cree y se adentra, sino más bien del proceso, la gestación desde partículas mínimas y casi caprichosas hasta ese entramado final en el que cada clavo parece estar en su sitio. Mucho de eso hay en la Trilogía del Futuro de Oliverio Coelho. Un espacio claustrofóbico con mucho de neblinoso, de indefinido, donde es la sugerencia la que lo promete todo, mientras con el correr de los libros vemos que las cosas toman forma, que el escritor de a poco se la juega dándole nombre y sentido a todo eso que gira.

       Los invertebrables es la primera parte de la Trilogía. En él nos ubicamos en un departamento mínimo dentro del cual viven tres personajes que poco tienen que ver entre sí más allá de las dependencias y necesidades que comparten y los odios y rencores que solo la máxima de las intimidades puede dar. Los tres son parias biológicos. El Estado, que parece ser que en el futuro es total y bastante eugenésico, se ocupa de “normalizar la humanidad” mediante la exclusión de todos aquellos que no cumplan con los requisitos del modelo humano prototípico. Es de esta manera que el narrador protagonista, junto a sus compañeros de vida, son derivados a los Territorios Paralelos, una zona de marginación absoluta en donde la gente vive encerrada en sus cuartos mientras las calles son tomadas por criaturas bestiales, a veces humanas y a veces no. Los tres son discapacitados: el narrador está postrado en una silla de ruedas, Fermín es ciego y Benito es un hipocondríaco y un disminuido espiritual. A partir de este planteo inicial la novela, que se desarrolla casi en su totalidad dentro de esta habitación, toma la postura pesimista, algo arltiana, que defenderá durante todo el relato: los marginados, aquellos reducidos por un poder opresor a los escalones inferiores de la humanidad, no buscan más que imponer su orgullo individual marginando a sus iguales. Toda la novela gira sobre la posibilidad siempre frustrada de construir comunidad, un encuentro productivo con el otro que es también igual a mí.

       Los invertebrables son justamente invertebrables porque no se pueden articular con el resto de la sociedad, pero también porque les falta una vértebra. Los tres muchachitos, que no comparten nada más allá del deseo de someter al otro, izan banderas blancas por un cometido en común: conseguirse una mujer. En el futuro el Estado controla la provisión de mujeres mediante el Ministerio Público de Adopción Femenina, forma total de administrar la natalidad, pero también el deseo. Los habitantes de los Territorios Paralelos tienen derecho a poco. Se les garantiza una subsistencia mínima para que se sostengan, pero sin reproducirse, sin satisfacerse. Esta carencia los acompaña toda la novela como una necesidad con mucho de neurótico y de paranoia extrema. Porque abrirse al mundo es abrirse a la posibilidad de lo nuevo, de algo que se le parezca a una satisfacción, pero también a lo desconocido, a lo otro, que en el futuro siempre es malo.

       Dos elementos son centrales en Los invertebrables. El primero es evidentemente la vida. La vida en su sentido biológico. Vida que en su condición más esencial siempre es proliferación, productividad, promesa de algo más (de hecho, la tercera parte de la trilogía es justamente Promesas naturales). La palabra de esto es devenir. Coelho, que evidentemente leyó a Deleuze, no deja de recalcárnoslo presentando Los invertebrables como una tesis “para deducir el por qué de la transfiguración, la razón última de lo humano”. El devenir es la entrega a la pura potencia errática, siempre productiva, de la vida. Abandonar esa cáscara conservadora que es el cuerpo en busca de eso virtual latente de toda vida, ese puro posible de lo siempre nuevo. Intensidad y flujo. Al narrador postrado en su silla esto se le da, transfigurándose en una criatura quizás inferior, pero que habilita la segunda propuesta de la novela: es en el fondo del pozo de la escala humana, allí donde no se puede caer más, que es posible la manada, la comunidad. Quizás Gregor Samsa no la hubiera pasado tan mal entre otros coleópteros.

       El segundo elemento clave es la palabra. Hay muchas formas de la palabra en Los invertebrables. La fundamental es la de la Enciclopedia, trono de poder en la triada de compañeros y por la que se debaten el sometimiento del otro. El que tiene el don de la palabra se impone como autoridad. Sin embargo, también hay otras palabras: la del Estado, bajo la forma de formularios burocráticos que no dicen nada, o la de los ecos que se repiten en el teléfono como voces fosilizadas de épocas distantes. Sin embargo, la única palabra que tiene valor es la del cuerpo. Ni siquiera un concepto. Más bien una voz, un canto o un rugido, por el que la vida se expresa y toma formas, otras formas, siempre nuevas. La identidad, que se robó el Estado borrándoles a todos el origen y la memoria, es recuperada por el grito vital del canto.

       Los invertebrables es una novela neurótica y claustrofóbica pero donde se hace mucho con muy poco. Apenas pintado el mundo, los trazos alcanzan para saber que todo está mal y que va a estar peor. La salida, que no hay, no deja de buscarse. No por la ventana, a patadas, en una gran liberación, sino agachándose, por el sócalo chiquito de la puerta.


Luis Pisani, persona de Ituzaingó que escribe y hace cosas. Tiene un blog: Antropomagen.

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