Perdido – Alan Cabral

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La mujer llegó cuando la bebe ya estaba muerta. El calor y el miedo del incendio empujaron a la nenita hasta el balcón y desde ahí saltó, la gravedad hizo el resto. Cuando se abrió la ventana un fuego infernal creció y desde él apareció una figura que nadie pudo descifrar. Fue la saltarina. Tenía tres años, tal vez cuatro. Pocos. Saltó por el impulso animal de la supervivencia. Murió en el acto. El Acto: la explosión total de su cabeza contra el cemento. Entre gritos y llantos un círculo de personas miraba el cuadro hecho de sangre y tripas. Entonces llegó la mujer. Tres días después, ella saltó sobre las vías del tren.

El hombre no quiso velorio. Se dedicó a consagrar la memoria de su esposa y a su hija en un llanto secreto.

Fue a la montaña porque no podía soportar el rostro de una mujer que no sea el de ella. Ya no veía en ellas ninguna belleza, veía el eco del dolor. TODAS LAS COSAS TRISTES DEL MUNDO TIENEN CARA DE MUJER, pensó. Esa noche descubrió que ya no podría masturbarse, ya no tenía deseos.

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Le dedicó sus días a las tareas silvestres.

Por las noches miraba las estrellas e imaginaba la explosión de todas ellas mientras tarareaba la Obertura 1812 de Tchaikovsky. (Algunas noches, si estaba de buen humor, leía un tomo de voluminoso tamaño sobre la victoriosa vida de Napoleón)

Y soñaba infiernos.

Así es la soledad.

Un día, vino desde el pueblo más cercano, una mujer. Con una de fé escandalosa lo invitó a rezar y aceptar el don divino. El hombre contaba un año de clausura y había perdido el lenguaje. Caminó a su alrededor y la olfateó. Ella habló en abundancia. Habló cuando se arrodillaron a orar, habló cuando cocinó para el hombre un estofado, habló cuando hicieron el amor y habló hasta que el hombre la asesinó. La mató porque no podía soportar el amor. No se creía digno. Ella era una mujer de Dios y él había visto caer muchos creyentes. La enterró una noche con luna. Lloró como lloran los hombres, poco y arrepentidos.

Gritó: NO ME DEJES SOLO, NO ME DEJES VIVO. ENCONTRAME.

Un milagro imposible nació de los lamentos. Una mano le tocó el hombro. Era una mujer sin rostro. La muerta la inmortal era su madre, su hermana, su vecina, su hija, su primer amor, su última amante. Se levantó y vio como la tierra se abría y entonces supo que el paraíso no está en el cielo sino en las entrañas de la tierra. Sin rostros, sucias, rotas, desgarrada, eternas. Cientos, miles, infinitas. Las mujeres muertas de todos los tiempos llegaron a la montaña.

Venían por él.

Vendrán por todos nosotros.

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Autor: Alan Cabral, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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