Doble crimen – María Belén Michelangelo

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Los miró porque no había otra cosa que hacer, porque en la fila del supermercado (como en general en la vida), siempre hay que mirar para adelante.

Sólo recuerda sus nucas y algún perfil fugaz, visiones mentoras de la intrascendencia del relato si hubiera estado distraído o ajeno al mundo, pero justo miró.

Un niño, gordo, rulos negros, mejillas grandes y blancas. Una madre, o eso parece, encorvada sobre una pantalla portátil.

El nene sostiene un vaso de yogurt, lo aprieta en su mano derecha como la conquista de la salida, sabiendo que ése es su premio. Se intenta autoconvencer, porque nadie le va a hacer creer que eso es un premio por portarse bien.

Mira hacia ambos lados, el niño se ve apretado entre las pequeñas y terribles góndolas que separan las cajas, ésas que llaman al hambre el cual aparece como por arte de magia cuando se observan todos los tesoros que en ellas esperan, tentadores. Esas trampas consumistas que aparecen justo antes de pagar, que abultan un poquito más el chango o el canasto o las manos. Y justo, el nene, tiene una mano libre.

-Mamá- dice con la voz menos desesperada que logra- Mamá, ¿puedo cambiar el yogurt?

La mirada es furtiva pero alcanza. La madre mira primero el yogurt y luego el dedo que señala la góndola llena de promesas de azúcar y colesterol. Entrecierra los ojos y vuelve al teléfono.- No- dice- estás a dieta Emanuel.

El niño cierra los ojos, más bien los frunce, contiene la lágrima que no sale, que se expande por el iris y lo torna brilloso. Mira a sus objetos de deseo. Quisiera argumentar una buena excusa, pero sin querer el brazo derecho baja y el yogurt golpea su vientre demasiado prominente. Por un momento se contenta con esa especie de delicia ácida, viscosa, con sabor a frutilla.

Y entonces la desgracia. Lo ve, porque estaba claro que lo iba a ver, porque lo pusieron ahí para que él lo viera y sus ojos ardieran de deseo y su estómago rugiera de necesidad. Es una pistola, rosa, con una carga de confites y según indica el dibujo si él aprieta el gatillo sale disparado una de esas maravillas dulces. Tiene que volver a casa con uno de esos.

Emanuel mira a todas partes, buscando una complicidad en cualquier persona. Sin embargo, entiende que el único gesto cómplice que le va a servir es el de su madre, que sigue con el teléfono.

Mira la pistola, mira a su madre, a la pistola y a su madre y así unas tres veces más. Entonces toma valor y dice, usando esa palabra que sabe que le ha ganado miles de batallas anteriores, miles de victorias ha conquistado y cuyos galardones se ubican en su parte media- Mami…- un silencio, una respiración, un latido del corazón y agrega- ¿puedo cambiar el yogurt… por eso?- el índice aprieta suavemente la pistola rosa, brillante.

La madre desatiende la tarea que tan ocupada la había tenido hasta ese segundo y vuelve a mirar a su hijo.

Se dobla un poco, toma el yogurt de las manos del nene, lo pone en el chango y agrega- No, estás a dieta, ¿querés seguir así de gordo?

El niño sabe que no puede ocultar la verdad, porque su panza lo delata. Busca razones, abre la boca varias veces, pero por fin la cierra, se cruza de brazos ofuscado, está vez no se esfuerza por hacer desvanecer las lágrimas.

A él, que mira todo de atrás, se le ocurren mil frases que contesten a aquella que acaba de escuchar, tan cruel, tan vacía de entendimiento, tan poco responsable de la parte que le toca.

Avanzan y la mujer deja todos los productos sobre la cinta, incluso el yogurt. Guarda las cosas en bolsas, protesta por lo caro que está todo y las carga en el chango para llevarlas al auto.

Y en ese último segundo Emanuel que no ha levantado la cara, mira de reojo un recipiente a su alcance lleno de caramelos. Mira a su alrededor y ve todos los rostros, posibles delatores, atentos a otras cosas. Es ese último segundo en el que se decide la victoria: extiende la mano izquierda, toma unos cinco o seis caramelos y los guarda en el bolsillo. Chequea a la izquierda, chequea a la derecha, se siente impune y se va, colocando antes de eso uno en su boca. La madre no se va a dar cuenta que el niño está comiendo un caramelo prohibido porque mira, nuevamente, el celular.

El único que conoce el delito es él, que ahora está pagando, tiene en sus manos un leve temblor, piensa en el doble crimen del niño: el robo y el comer sin permiso. Pero el pequeño no se percatará nunca del primer acto delictivo de su vida, aunque sí ha descubierto una pequeña grieta por la que puede filtrarse, una grieta imperceptible a través de la cual puede tomar la golosina que quiera, vaciarla en su boca y que nadie se dé cuenta.

Él no dice nada, pero antes de cruzar las corredizas deja caer el valor de los cinco o seis caramelos en el piso del supermercado.


Autora: María Belén Michelangelo, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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