Mis cenizas – Daniel Arana

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Ocho meses es mucho tiempo. 240 días, muchos minutos y más segundos. Un tiempo en el que florece la muerte en todos lados. Un tiempo en que nace el espanto. La gestación de algunos seres se da en ocho meses, ocho impacientes meses, ocho menesterosos meses. Las células, que algunas religiones reconocen como seres humanos, olvidándose de que ser humano no es consecuencia de la biología, tardan (en algunos casos) ocho meses en estar capacitados para salir a la luz y, por ahí, ser humanos. Casi ocho meses sin noticias de ella son más que ocho meses.

En la escarchada noche nostálgica, postrado en una cama por elección propia, miro el techo con los pies entumecidos. Solía ser un ser humano. Charlaba displicentemente con el portero. Iba a comprar el pan cuando ya no había más. Veneraba el buen cine y discutía a viva voz despotricando contra las malas películas argentinas. Tomaba el ascensor inconscientemente, con desdén. Mantenía discusiones con mis amigos acerca de política, sexo, mujeres, alcohol, literatura, religión, etcétera. Era todo un orador. Tomaba la palabra y discurría a piacere sobre los más heterogéneos temas. Saltaba sin solución de continuidad de lo caro que son los libros nuevos en Argentina (abogando, sobretodo, por la lectura de los clásicos de edición barata en donde, como decía siempre, está todo lo que hay que saber) a los pasos ultra necesarios e irreductibles a la hora de tomar un buen vino. Era locuaz, gracioso, cínico, elocuente, provocador y lacónico cuando había que serlo. Todas estas características componían mí persona cuando era un ser humano inclinado a las disertaciones en grupo ya sea de amigos, parientes (donde se escuchaban los disparates más atroces y a veces convenía callar para no herir susceptibilidades), colegas y vecinos. Ahora miro el techo. Tengo convulsiones, frío, hambre y más convulsiones. Ocho meses sin noticias de ella. Seguir leyendo “Mis cenizas – Daniel Arana”

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La bondad definitiva – Alan Cabral

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La mujer que tiene dos margaritas en el pelo está sentada al borde de la escollera.

Mira en silencio al niño corriendo hacia las olas. Aunque hace demasiado río y hay una vadera que advierte el peligro del mar, el niño de piel negra entra y sale del agua. Cada vez intenta llegar más lejos, pero alguna ola lo devuelve a la costa.

Cuando se hace de noche la mujer se acerca al niño y le pregunta: ¿Por qué queres perderte en el mar?

El niño que tiene los ojos negros no responde y se va caminando.

El día anterior la mujer estuvo sentada en el consultorio de un médico que le dijo: Señora, usted tiene una enfermedad horrible, tal vez muera, tal vez no, no hay manera de saberlo.

La mujer salió de la clínica sin mayor perturbación que un hambre feroz.

Se sintió salvaje.

Se imaginó corriendo por el bosque. Desnuda. Persiguiendo algún animal. No un pequeño conejo, sino un animal enorme, una jirafa, un antílope o un mamut. El ultimo mamut del mundo perdido en alguna selva virgen de Brasil.  Imagino que ella misma se convertía en la última mujer, pero ya no era humana. Se había convertido en una criatura salvaje.

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Hostal Klezmer – Laura Fuksman

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TAMAÑO MAL

en el centro del hostal
donde las gotas se acumulan cuando llueve
los vapores contagian
los dedos el codo la nuca
trémulo en tul,
el esternón
abriendo juega
intermitentes escondidas con la tibieza.


Tangram
en que el edén
en abrazo vertical
supo: lo había olvidado todo
sobre geometría
la agudez de los ángulos,
la gravedad de las palabras
rulos, flecos y el mullido de los contornos
y entre tanto pedalear la intimidad,
la salamandra azul.


qué imagen perfecta la foto que no veo
Nicolás Pinkus

Tu cuerpo se abre como un gran libro
de ilustraciones mitológicas
e historias fantásticas,
de tapas duras

 

repujadamente enteladas
un siglo atrás.

(Recostado sobre la roca
brillos dorados salpican
su esmeralda cola
bífida

doy fe,
he conocido al sireno).
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Perdido – Alan Cabral

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La mujer llegó cuando la bebe ya estaba muerta. El calor y el miedo del incendio empujaron a la nenita hasta el balcón y desde ahí saltó, la gravedad hizo el resto. Cuando se abrió la ventana un fuego infernal creció y desde él apareció una figura que nadie pudo descifrar. Fue la saltarina. Tenía tres años, tal vez cuatro. Pocos. Saltó por el impulso animal de la supervivencia. Murió en el acto. El Acto: la explosión total de su cabeza contra el cemento. Entre gritos y llantos un círculo de personas miraba el cuadro hecho de sangre y tripas. Entonces llegó la mujer. Tres días después, ella saltó sobre las vías del tren.

El hombre no quiso velorio. Se dedicó a consagrar la memoria de su esposa y a su hija en un llanto secreto.

Fue a la montaña porque no podía soportar el rostro de una mujer que no sea el de ella. Ya no veía en ellas ninguna belleza, veía el eco del dolor. TODAS LAS COSAS TRISTES DEL MUNDO TIENEN CARA DE MUJER, pensó. Esa noche descubrió que ya no podría masturbarse, ya no tenía deseos.

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Le dedicó sus días a las tareas silvestres.

Por las noches miraba las estrellas e imaginaba la explosión de todas ellas mientras tarareaba la Obertura 1812 de Tchaikovsky. (Algunas noches, si estaba de buen humor, leía un tomo de voluminoso tamaño sobre la victoriosa vida de Napoleón) Seguir leyendo “Perdido – Alan Cabral”

Rabia – Agustín Vázquez Gelvez

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Después,  durante  la  noche,
todo  lo  que  cierra  ojos  abre  abismos.
Lejos,  allá,  encontré  la  fantasía  cromática  de  Bach
sonando  entre  las  botellas,
vos  y  todo  lo  tuyo  que  revuelve  oscuros  pasadizos
y  yo  me veo  en  el  espejo  roto  de  lo  que  fui.
Corrí  y  tropecé,  caí  en  otra  boca  y  estoy  esperando  el  golpe.
Nada  de  lo  que  dejamos  atrás
parece  quedar  atrás. Vuelve  y  revuelve  los  cajones  y  las  canciones,
siempre  el  mismo  ruido  en  la  cabeza  y  la  pesada
ausencia  de  huevos  para  el  suicidio,  ¡Maldición!
¿Por  qué  la  vida  tiene  que  ser  tan  hermosa?
¿Por  qué  tenías  que  llevar  ese  nombre  y  esa  boca?
Necesito  escribirlo  para  emanciparme,
ya  no  no  siento  todo  esto pero  que  no  quiero  olvidarlo.
Yo  quisiera  dormir  con  vos,  ay
como  quisiera  acostarme
y dormir la noche y la rabia.


Autor: Agustín Vázquez Gelvez, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

Doble crimen – María Belén Michelangelo

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Los miró porque no había otra cosa que hacer, porque en la fila del supermercado (como en general en la vida), siempre hay que mirar para adelante.

Sólo recuerda sus nucas y algún perfil fugaz, visiones mentoras de la intrascendencia del relato si hubiera estado distraído o ajeno al mundo, pero justo miró.

Un niño, gordo, rulos negros, mejillas grandes y blancas. Una madre, o eso parece, encorvada sobre una pantalla portátil.

El nene sostiene un vaso de yogurt, lo aprieta en su mano derecha como la conquista de la salida, sabiendo que ése es su premio. Se intenta autoconvencer, porque nadie le va a hacer creer que eso es un premio por portarse bien.

Mira hacia ambos lados, el niño se ve apretado entre las pequeñas y terribles góndolas que separan las cajas, ésas que llaman al hambre el cual aparece como por arte de magia cuando se observan todos los tesoros que en ellas esperan, tentadores. Esas trampas consumistas que aparecen justo antes de pagar, que abultan un poquito más el chango o el canasto o las manos. Y justo, el nene, tiene una mano libre.

-Mamá- dice con la voz menos desesperada que logra- Mamá, ¿puedo cambiar el yogurt?

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