Magras anécdotas – Emiliano Pascal

EE

En un lenguaje extraño

como el desierto

sin toxinas, sin velocidad

sin ruido,

vos podés escribir lo que quieras

cambiar de nombre,

vivir afuera.

¿Y para qué?

 

Nota al pie

I

Veo la mesa interrumpida

por las ciento treinta páginas

que traducen una frase de adiós.

 

Debo admitirlo.

Berta, como tantas otras veces,

ha venido.

 

Imagino

sus ojos tranquilos y secos

en la cara ancha y redonda.

 

Imagino sus manos,

sus pasos, la puerta.

 

No hubiera hecho nada

al verla entrar.

 

Sin duda por eso,

Berta mira la mesa,

no quiere quedarse,

no quiere irse,

no quiere admitir que eso

es exactamente lo que siente.

 

II

La vieja

cruza las manos

y reza en voz baja.

 

El viejo se asoma, la mira

no va a reprocharle

la idea de su muerte inesperada

ni la forma que eligió para morir.

 

Acaso los una un sentimiento

del tipo impersonal.

Porque nadie puede vivir

con el paso del tiempo,

la humedad en las paredes

y los agujeros en las sábanas

sin reducir al otro

a una imagen inocua,

para siempre segura

en la neutra memoria.

 

El hombre canoso y triste,

junto a la ventana,

mira el mundo y se pregunta:

¿quién ha de continuarlo?

 

III

 

En los últimos meses

se permitió dejar pasar

los recuerdos que emergen

en magras anécdotas

(lo mal que comía,

la mujer que ya no quiso

salir de su pieza,

el hombre de la lucha suicida),

como dejó pasar otras cosas

(una nubecita de polvo,

una carta sentida

que no iba dirigida a él)

que eran parte de algo

indescifrable.

 

Ahora sonríe,

le resulta fácil.

En algún cajón de su escritorio,

una carilla suelta,

que hace una noche escribía,

repite de principio a fin

con letra de sonámbulo:

«¿quién ha de  pagar

los gastos de entierro?»

La larga risa de todos estos años

 

IV

No éramos tan felices,

pero éramos felices.

Ella también diría

que lo fuimos.

 

Casi nunca nos faltaba plata.

Ella se iba temprano al centro

y no volvía hasta las nueve de la noche.

Me daba un beso, se cambiaba

y se encerraba a cocinar.

 

Y si faltaba plata,

nos quedábamos charlando,

tomando té o

sobre la hamaca paraguaya

sabiendo que aquellas noches

llegarían más tarde.

 

V

Esa constancia,

cada día era tan parecido a los otros,

producía nuestra sensación de felicidad.

 

VI

Ella una noche llegó a casa

con su carita sonriente

y lo vio a él

que la esperaba.

 

Notó que tenían que hablar.

¿Qué otra cosa podían hacer?

10

Magras anécdotas

 

VII

Para remover un poco la angustia

de esa tarde marmórea

—tarde de primavera,

de inmóvil e intangible

olor a pis de gato,

de sábanas dobladas

a los pies de la cama,

de programas de cocina

donde enseñan a separar

la yema

y la clara

de los huevos,

de húmedos proyectiles

alojados en la almohada del ayer—,

salió del recuerdo,

peinó su cabello,

vistió su cuerpo,

calzó sus pies

y cerró la puerta.

 

VIII

Sin duda ha querido

sin llorar ni siquiera sufrir.

De todas maneras es él,

y no otro,

el que dice imaginar

que la vida

se ha vuelto veneno.

 

Desnudo, bajo esa sábana,

en silencio

escucha la voz

sin sexo ni memoria ni impaciencia

que viene,

con su tono general de lúgubre disculpa

a ponerlo en paz con su consciencia.

 

IX

Él, a veces,

parece un profesor de tenis

o un vividor de mujeres ricas.

 

Ahora.

Un frío reglamentario

da vuelta por su boca

junto a esa asfixia,

esa falta de aire.

 

No experimenta ninguna sensación.

Eso sí, con la cara hacia arriba,

espera.

 

Desde el baño,

el suave goteo

marca el ritmo del tiempo.

 

No pasa nada.


Autor: Emiliano Pascal, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora. A veces escribe en escupir.wordpress.com/

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