Cinta Negra – Lucía Beukes

EE

Si ella no me hubiera dicho eso, yo no hacía nada, lo juro. Pero fue muy mala conmigo. Me dijo algo horrible. Yo estoy acostumbrado a que la gente me diga cosas, aunque ni las más feas alcanzan a parecerse a lo que dijo ella. Y encima no tenía razón. Yo tengo un trato con Elías, que es bueno conmigo. Conoce a mi mamá y a mis hermanos y nos deja abrir las bolsas de basura que tira, porque nosotros la abrimos despacito, nunca dejamos todo desparramado en la vereda como hacen otros. Pero esa señora me vio y me dijo de todo. La odié. Me hizo llorar, y no me gusta llorar en la calle porque después los otros chicos me dicen que soy un maricón. Y no sé, de verdad no sé cómo me salió, pero me acordé de algo que me dijo Mey, la gitana que tira las cartas en la plaza. En realidad, no me lo dijo a mí, se lo dijo a un cana que la quiso rajar de la plaza. Se puso loca y al final el tipo la tiró al suelo y la pateó. Entonces, ella lo maldijo. Le dijo que le iban a pasar cosas tremendas, así con palabras difíciles y los ojos llenos de sangre. Yo vi todo y no me pude sacar esas palabras de la cabeza. Por eso cuando esa mujer me dijo lo que me dijo, y no me salía la voz ni para putearla, le dije la maldición. Quería que se asustara.

Funcionó.

Me miró con los ojos grandes, enormes, temblando, y se fue corriendo. Elías, que había visto todo porque justo había salido a barrer, me dijo que era malísima, que ninguno de los vecinos la quería. Que la tipa era supersticiosa al mango, seguro se había cagado en las patas. Después me dio un pañuelo para limpiarme la cara, y me tiró unos pesos.

Desde ese día me puse entre ceja y ceja verla sufrir. Le dejé un pájaro muerto en la puerta. Le prendí unas velas en el jardín. Até una cinta negra en la reja. Eso fue lo más divertido, porque después la mina no la quería ni tocar, y tuvo que llamar a alguien para que la desatara, sino no podía salir. Y así, todos los días una maldad distinta. Al final la mujer ya estaba obsesionada conmigo. Si de casualidad me veía, cambiaba de vereda temblando. Apretaba fuerte el rosario, la cintita roja, la medalla de la Virgen de Luján. La tenía loca de miedo. Se puso flaca, fea. Los ojos saltones le brotaban como globos de las cuencas, parecía un sapo con ojeras.

Yo era feliz.

Ese día, el último, al final se me acercó. Me pidió llorando, que la dejara en paz. Me dijo que sentía murmullos por toda la casa. Que miradas invisibles le perforaban la nuca todo el tiempo. Que ya no podía comer porque la angustia le ataba la garganta. Que había algo debajo de su cama, algo que rascaba el piso durante la noche, y que, por el amor de Jesucristo, ella no se animaba a mirar. Que lo que la había decidido a hablar conmigo había sido el convencimiento absoluto de que era la voz de su madre muerta la que brotaba desde las profundidades del armario. Que la voz reía y reía, cruel, filosa.

Sonriendo, me puse en puntitas de pie para susurrarle algo.

Fue eso lo que terminó de romperla. Corrió desesperada, enloquecida de pánico, tratando de alejarse de mí con tanta desesperación que no vio el camión que doblaba la esquina.

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Obra de Guayasamín


Autora: Lucía Beukes

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