A la hora de la siesta – Daniel Arana

EE

    ¡Chupame la pija gata!

     ¡Sacala, dale sacala puto!

     Este guacho es capaz de sacarla, es un hijo de puta.

     Que se hace la turra la arrastrada esa. Es capaz de chupársela la gata.

     Pobre profe, aunque tiene cara de boludo me cae bien, pero parece un pelotudo ahí parado sin decir nada. Era la única vez que me parecía piola lo que estaba explicando… pero estos chabones… siempre es lo mismo. ¿De qué estaba hablando el profe?

     De una se la chupa la putita, aunque el guachín es medio sucio, la vieja lo persigue para que se bañe como a un pibe. Él se lo buscó, con estas minas no sabés, son rapidísimas, te tenés que rescatar.

     Dónde me metiste viejo, en el otro cole esto no pasaba. Yo sé que las cosas cambiaron, que no hay guita para el privado, pero acá me mandaste al muere, son como animalitos, miralos.

     Yo la agarré de las mechas a esa petera, le gusta como el dulce de leche, no se puede rescatar, es puta como la madre.

     Para qué carajo estoy acá, yo me voy a laburar con vos, a levantar paredes, aunque se me corten las manos con la puta cal. No sé porque querés que venga al colegio si no hacemos una mierda. El libro de actas está lleno al pedo, no le dicen nada a los pibes y las pibas que bardean mal. Le dije que el plan no alcanzaba para una verga, en tres días de laburo saco la misma guita. Yo no quiero ir a paquear por ahí como los guachos del barrio.

     Cómo bailaron las guachas el sábado, no les podía seguir el ritmo, igual la que se garchó al remisero a la vuelta de la joda fui yo, ninguna de estas turras.

    Ahora me acuerdo… estaba hablando de los gauchos argentinos, siempre alguno dice guacho para hinchar las bolas; si… el profe nos estaba contando que acá cerca había lugares donde se juntaban a jinetear o algo así, acá a unos kilómetros… porque nadie había visto a alguno. Y que el Martín Fierro esto, el Martín Fierro lo otro, la gauchesca o como carajo se diga, lo nacional…

     Que mierda hago acá, yo estudié para otra cosa, para analizar textos, para compartir con los chicos mi pasión por los libros, para crecer con ellos. Encima que el sueldo es miserable y la mitad en negro, me tengo que bancar a estos inadaptados… justo ahora que la clase estaba tranquila y que había varios chicos y chicas que me escuchaban con atención, o por lo menos, me miraban a los ojos. ¡Que poco miran a los ojos los chicos!, los grandes también bajan la mirada, no te la sostienen.

 

                                                   7 de mayo de 201…, partido de…., prov. de Buenos Aires

            En el día de la fecha se le llama la atención a los alumnos Florencia…. y Maximiliano…. por insultarse en clase y a los gritos. Se informa a dirección y se solicita reunión con los padres para conversar sobre las actitudes de los chicos.

Prof. Diego ….

            El improperio cortó el aire como un estilete abriéndose paso en el espeso ambiente soporífero de la tarde. La modorra se había instalado en las cabezas y los cuerpos de los alumnos y el profe. De a uno, y como en una rara coreografía de ensueño, se iban estirando; primero la cabeza, después los brazos y por último los pies. Siempre el estiramiento animal generaba alguna polémica por el golpe al compañero de adelante, de atrás o del costado; pero esta vez, la injuria había superado esa tensa calma de las clases en el conurbano bonaerense después del almuerzo. ¿Qué significa conurbano bonaerense? ¿Es una realidad o una entelequia? ¿Dónde empieza y dónde termina esa construcción mediática para asustar y estigmatizar a una amplia y heterogénea reunión de cuerpos y ansiedades?

            El tiempo parecía detenerse y en las casas que rodeaban la escuela, las tareas se amoldaban a ese retardo: colgar la ropa en la soga, mirar la tele, lavar los platos, acostar a los nenes, jugar a la play, hacer la tarea de la mañana y bañarse. Pero lo mejor era lo que une esa borrosa zona geográfica-psicológica y socio-cultural con el interior profundo de la provincia: la siesta, la divina siesta. Los dos changueaban y hoy no hubo ningún laburo. Estaban en la casa, mitad madera y mitad material, y esa, esa hora, era una linda hora para hacer un pibe.


Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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