¿Por qué escribir? – Emiliano Pascal

Preguntarse “por qué hacer x” supone insertarse en la búsqueda de aquello que lo motiva. En ese sentido, asumir el interrogante “¿Por qué escribir?” implica que aceptemos que hay un motivo para desarrollar esa práctica y que, quizá, si lo explicitamos ya no parecerán absurdas las páginas que llenan los novelistas ni vanos nuestros intentos por conseguir, al menos, una línea decente. En cambio, no escribir carecerá de justificación.

El problema, como siempre, es múltiple; pero aceptemos estas dos caras como sus dos mejores expresiones: por un lado, la obviedad de que no existe un único motivo que nos impulse a tomar la pluma; por el otro, el hecho de que no deberíamos aceptar que todos pensamos lo mismo cuando leemos la palabra escribir.

En esto pretendo ser breve, porque ya toda una caterva de estudiosos ha escrito sobre el tema. Hay una forma de escritura que está vinculada con el dominio del otro: sea a través de discursos judiciales, publicitarios o, incluso, artísticos. Existe toda una tradición que enseña cómo lograr movilizar a una audiencia.

Pero hay otra forma de entender a la escritura, tan interesante como aquella, pero miles de veces más sobrevalorada o, desde otro enfoque, subestimada. Hablo de la escritura lúdica que hacemos para recordar (la dulce y fresca risa de esa chica en el andén), para intentar entender (la fugacidad del amor ferroviario), para poner las cosas en perspectiva (es muy probable que no haya sido un amor de ida-vuelta). Una escritura que, incluso cuando inventa (Analía llega a la estación todos los días a las corridas…), arrastra en cada palabra nuestra propia memoria. Una escritura que más de una vez nos ubica en el lugar del otro. Seguir leyendo “¿Por qué escribir? – Emiliano Pascal”

La invitación – Lucía Beukes

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La voz de su madre le llegaba ahogada. Tenía la cabeza metida debajo de la almohada de goma espuma. No entendía bien qué decía.

-¿Puedo pasar?

Se revolvió en la cama, manchando las sábanas con su maquillaje corrido. Aunque para muchos la noche recién comenzaba, ella ya estaba ebria, producto de un happy hour etílico y agotador. Ya era bastante malo que haber vuelto a convivir con su madre como para que además la viera así. Seguir leyendo “La invitación – Lucía Beukes”

¿Por qué escribir? – María Belén Michelangelo

Cuando nos sentamos frente a una hoja en blanco para tratar de escribir, miles de preguntas nos aquejan la mente, miles de temores se atascan en nuestros tendones y muchas veces ni siquiera atinamos a garabatear o teclear la primera palabra.
¿Qué pensamos?: “¿Quién me va a querer leer? “No soy bueno en esto” “¿Quién me mandó a mí a ponerme a decir cosas?” “Mirá si la cago o peor, me equivoco”
Sin embargo, creemos que el peor miedo que guardamos es esa “eternidad” de lo material, porque a las palabras se las lleva el viento, dicen, pero esas son las que decimos al hablar, ¿y las escritas? Entonces empieza la perorata: “¿Y si hoy digo algo y lo digo mal?” “¿Y si la gente se burla?” “¿Y si blah, blah, blah?”
Es verdad que a veces leemos cosas viejas y creemos que nosotros mismos deberíamos haberlas quemado. Sin embargo, nadie nace siendo Borges (excepto Borges, claro) e incluso él algún día se sentó a escribir por primera vez.
Todos tenemos algo que decir de una manera que nadie antes lo haya hecho, excepto los plagiadores, pero todos sabemos cómo termina esa historia.
Lo cierto es que, para sacar a luz un buen escrito primero se necesitan ganas, muchas. Nadie entiende que para hacer un texto que nos satisfaga antes que nada debemos escribir sobre algo que nos guste, que nos impulse, que nos genere ese picor en la punta de los dedos. El resto se consigue haciendo: la práctica hace al maestro (Miyagi sabía lo que hacía con Daniel-san).
Un error, un tropiezo, una posibilidad de mejora, son sólo la muestra de que el
resto de los borradores que hagamos más adelante serán mejores.
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El día del estudiante- Jacky Bonelli

Reside en la voluntad

El desplegar las alas

Y atravesar el cielo

En toda su inmensidad

Para superarse cada día más
Jamás termina

La capacidad para soñar, jamás termina

Y es que desde que llegamos a este mundo

Todos estamos inscriptos

En la carrera de la vida
Estudiantes somos en el momento en que entendemos

Que tenemos que sembrar en cada individuo de esta comunidad

Ese talento con el que nacemos
Si llegaste hasta este momento

Lleno de ambiciones y miedos

Endeudándote con el tiempo

A vos estudiante va este reconocimiento
Unas simples palabras de quien entiende

Que el saber fue repartido y entregado

De distintos modos pero con un mismo fin

Para que el futuro de esta humanidad sea preservado
Embarquémonos pues a navegar

sobre el océano de ésta sociedad

Que el viento de las voces sabias

De quien con esmero nos forman

Accionen transportándonos

Sobre el velero de este viaje que es el estudio

Y el apoyo de aquellos cómplices a quien conocemos

Como compañeros

Constituyan la propulsión necesaria

Que nos guie hasta el campo de batalla

Que son las mentes cerradas
Estudia estudiante

Estudiemos

Que como dice el dicho nadie nació sabiendo
Ejercitemos el cerebro, el habla

Y contagiemos de saberes y pasiones

A las encalladas almas

que en el muelle de lo retrógrado habitan

¡Tengan Uds. un feliz día!!!

Jacky Bonelli, estudiante de periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.

Colores sólidos – Daniel Arana

 

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          Apuró la última línea en esa noche de biromes que se haría eterna. Las palabras pugnaban por salir desaforadas de su boca ansiosa e implacable. Se rascó su nariz como un endemoniado y se dio cuenta que no se le paraba; sí, no se le paraba, justo ahora que habían gastado tanta guita en esas putas caras y finas que le dicen escort. El único escort que conocía era el Ford con alerón, bordó y con un tubo de gas que hacía imposible llevar más de un bolso grande o dos chicos en el baúl. Era tanta la plata en merca, en minas, en vino y whisky importado, que no se podía permitir que no se le parara justo ahora. Su método de selección era el tradicional. Vas a un puterío, mirás, se te acercan y, si podés, elegís alguna que te parezca más o menos decente o te recuerde a una novia tuya o que esté bañadita y perfumadita. Los avatares del tiempo y la tecnología lo habían tenido un largo tiempo frente a una pantalla mirando fotos armadas e irreales de todas putas que parecen actrices porno; miraba y miraba y su artificiosidad, su retoques de Photoshop, los banners que explotaban en su retina  le daban la idea de algo no-natural, espurio. ¿Qué sería real de toda esta Mise en scène? ¿Estarían buenas de verdad? Entre línea y línea, balbuceo y balbuceo, miraba con los muchachos esa pantalla y se cagaban de risa durante esa noche cara y larga.

          Su divorcio se había planificado en silencio; el hastío de ambos, los chicos que crecen y el tiempo eterno como la noche del desierto habían desembarcado en un final sabido y archiconocido como cine de Hollywood. Pasados los 50, no podía permitir divertirse; hasta que un día apareció eligiendo carne humana para la faena en la página web  que uno de sus amigos recomendó. Iban a ser pocos, pero apareció un conocido de no sé quién que trajo de todo. Solo había ido a despejarse, cómo le pidió un viejo amigo, y  de  repente, estaba encerrado en el laberinto de merca y alcohol y justo ahora no se le paraba.

          Cuando llegaron las chicas y entraron con un mono de 2 metros, se derrumbó toda esa idea absurda que tenía; no sé qué pensaba, si eran putas re putas como tantas otras putas, más caras, más finas, pero putas al fin. Qué clase de estúpido idealista se pone a pensar en algo más que coger a las minas, qué se le pasa por la cabeza. Nuevamente rascó su nariz, pasó su lengua por los labios y las encías frenéticamente, boqueó como pez fuera del agua y el ímpetu le volvió. El mono se retiró después de dar sus condiciones. “…este botón del celular lo aprietan las chicas si ustedes se portan mal, aparezco yo y los cago a tiros, estamos… tienen hasta las siete, si quieren más, avisan, y es el doble cada hora que se agrega, estamos…, las chicas no se drogan ni toman, salvo que quieran, estamos…, alguna duda?…”

      Me sentí como chico el primer día del secundario con el preceptor presentándose y dándole pie a las palabras del director. …en esta institución del saber ustedes se formarán no solo en conocimientos culturales profundos, sino que se formarán moralmente para enfrentar los desafíos que hoy nos presentan los nuevos tiempos y para que no se desvíen hacía esas nuevas tendencias yankees, hippies, comunistas o, mucho peor, marxistas- leninistas, que confunden a nuestros jóvenes… Pero para eso, ustedes tienen que saber que las reglas son claras, el uniforme, el vocabulario, los horarios; todo debe ser respetado para no recibir ninguna sanción, ¿estamos?…

            ¿Estamos?  Estamos duros como la blanca camisa almidonada, que raspaba el cuello hasta lastimarlo, estamos de pie como unos estúpidos escuchando las advertencias del mono y el director, estamos saludando y las chicas se presentan.

           Nosotros éramos cuatro y ellas dos. Agucé la mira del ojo, en la medida de mis posibilidades y me di cuenta de que no estaban tan mal, no eran tan distintas de lo que reflejaba la pantalla. Lo que se advertía era una cara ultra maquillada con capas y capas de productos que ocultaban la corrosión de tener que acostarse con tipos repugnantes… como nosotros, por ejemplo. Perfume en abundancia, pero de buen nivel. Yo no era un entendido en perfumes pero no parecían esas fuertes y penetrantes fragancias baratas o de imitación de las buenas y originales. Ropa ajustada ciñéndose al cuerpo y piernas largas y eternas con medias de nylon negras en perfecto estado. Rigurosos tacos aguja negro, pelo recogido en una y suelto en la otra pero prolijo (ya lo dije, eran caras y refinadas las chicas). Minifalda corta pero no en exceso, y,  lo que en las dos se igualaba, eran en la rigidez de las tetas hechas por un cirujano, ¿sería el mismo?, tornadas esculturalmente y duras como estábamos nosotros después del festín bacanal.

            En un momento, yo que no había emitido ninguna palabra salvo un saludo, me fijé en el ojo de cada una. Como en la escena de Psicosis en la bañera, así miraba yo el ojo de cada una alternativamente y esa frialdad de muerte me hizo abstraerme y apartarme mentalmente del jolgorio. Ya dije que no se me paraba, así que lo sexual solo estaba en la cabeza, yo pensaba: ¿qué sentirían cuando un oso como yo se les subía arriba y las penetraba? ¿A qué nivel de asco y repugnancia podían llegar estando arriba y sintiendo esas manos impersonales que le tocaban las tetas aplastándoselas con fuerza? ¿En qué pensarían cuando un borracho o un drogón de mierda, no podía ponerse el forro y ellas tenían que ayudarlo como a un nene a ponerse las zapatillas? ¿Mirarían la cara de los clientes cuando acababan? Y si la miraban ¿Qué sensación de distancia les provocaría, pensarían en ese momento que era solo trabajo?

         Me sentí un miserable, un ser repulsivo. Me aparté, prendí el enésimo cigarrillo,  tomé otro trago y mire profusamente por la ventana al Buenos Aires noctámbulo. Me quería ir de ahí, desaparecer, o mejor, evadirme. Volver, sí volver, a otra etapa más feliz de mi vida. Pero ¿a cuándo carajo volver? Yo no pensaba volver… ¿para qué? como el cantante. Volver para ser feliz, pero adonde carajo volver para ser feliz.

          ¿A la infancia, que dice Baudelaire, que es la patria? ¿A mi época escolar donde mi única preocupación era jugar a la pelota y advertir las faldas femeninas en un descubrimiento constante? ¿A mis días en el trabajo como aprendiz? ¿A mi época de soltero donde  no me cuestionaba todas estas cosas? ¿A cuando éramos recién casados y el desdén y el hastío no se presentaban en nuestra casa como firmes invitados?  ¿A la época feliz de estar en brazos de mamá?

          ¿¡A dónde y cuándo carajo volver!? Si nunca había sido realmente feliz, eso era lo que pasaba y por eso no sabía que hacer mirando por la ventana en esa noche que no olvidaría fácilmente. Sintió que de alguna ventana lo estaban observando y dio un paso para atrás instintivamente.

          -¡¡Ahora te toca a vos!!- escuchó el grito a lo lejos.

       Saliendo de su estupor, logró rearmarse. Pasó por la mesa servida y aspiro nuevamente, rascándose luego la nariz y tocándose los dientes con sus dedos. Fue para la pieza pero detuvo su marcha porque no se sentía bien, apagó el cigarrillo, tomó fuerzas nuevamente y enfiló hacia la habitación.

         Cuando llegó observó una escena que hubiese preferido no ver nunca: su amigo con la pija parada y sacándose el forro sucio. Muy bueno, no sabés cómo se mueve. Yo sacaba la mirada del suceso para no sentir más repulsión a la que ya sentía.  No es que nunca había estado con una mujer totalmente desnudo y tampoco es que no había pasado por las lides de una puta, pero esa noche me sentía tímido, como con vergüenza, cohibido. Me quedé estático otra vez, como cuando el mono nos habló o cuando el director del colegio, y cuando los milicos en el servicio militar nos dieron la “bienvenida”, o cuando… ¿cuántas veces me había quedado así como un pollito mojado, en inferioridad total y petrificado?  Vení acércate bebé. Ese bebé sonó peor de lo que yo pensaba. Haciendo un esfuerzo sublime pude levantar la vista. No era tan atractiva como yo había idealizado. Se había puesto la bombacha y sus piernas tenían muchas marcas: pequeños derrames, várices de considerable tamaño, moretones de pasados golpes y algún que otro pelo. Sus tetas estaban bien rígidas y los pezones eran como de plástico, algún rollito asomaba en la posición en la que estaba y en el cuello también tenía marcas. La cara estaba muy bien, era casi angelical, a pesar de su trabajo y de lo desgastante que sería. Era joven, la edad de mi hija. De vuelta a la  realidad y no a la descripción literaria del cuadro, me empecé a sentir mal. ¿Estás bien?

            Salí de la habitación y en el pasillo me encontré a mi amigo en una situación mucho más presentable.

       -¡¿Que pasó, ya está, tan rápido el tren expreso?! Festejó esto con una estentórea risotada final.

           -No, es que no puedo, tiene la edad de mi hija

           -¡¡¡Pero dejate de joder!!! ¡¡¡Que querés que traigamos una jovata, para eso no te hubieras separado!!! No pará, pará… perdón me fui al carajo, es una mujer, nada más. Pasala bien, disfrutá, te lo merecés.

            -Pero no se me para, ya te lo dije.

            – Bueno, para eso hay remedio.

          Metió su mano en el bolsillo y sacó un blíster con pastillas azules. Me acercó una y yo me  negué. Dale boludo, vas a sentir un fuego, una fuerza y se te va a parar seguro eh… Insistió mucho y, para que no me siguiera jodiendo, finalmente me la tomé. Cedí mi turno  y me fui a sentar nuevamente en el sillón que daba a la ventana nocturna y azul. Preparé otro whisky y miré lánguidamente la biblioteca. Tome al azar un libro de cuadraditos, todos de distinto tamaño, pero que una época se habían puesto de moda. Piet Mondrian… ajá. Mire esas líneas, esos colores lisos y sólidos y me gustaban. Mire tan profundamente, que me sentía caminando por las líneas negras que seguía con mi yema del dedo índice derecho. Sentía la textura del oleó, podía sentir la presencia de la pincelada, cada ondulación en el lienzo me transportaban al instante en que ese pincel grababa su sólido color de pileta y la línea negra de fotocopiadora que escupe demasiada tinta. Caminaba por esa pintura mientras el cigarrillo se terminaba y la boca se anestesiaba cada vez más. El sopor iba creciendo y creía que mi malestar era cada vez mayor.

              – ¡Dale ché, te toca a vos!

            Caminé por el pasillo que llevaba al matadero como yendo a un cadalso, atrás habían quedado las piletas del colores, la textura y trama del óleo. Entré como pidiendo permiso. ¿Estás mejor? Su voz retintineó en mi cabeza y la sentía cada vez más juvenil; peor, más aniñada. Era una niña, era “la niña”, era mi hija. Así lo creí cuando el dolor en el pecho y el brazo derecho fue cada vez mayor. Su mano sobre mi hombro derecho me pesó como una tonelada y la respiración se me agitó agolpándose a mis bronquios una cerrazón en donde no encontraba el aire. Boqueaba nuevamente, pero de gusto, me sentía como el culo. Me recosté, sentí los pies descalzos corriendo afuera de la habitación y hasta aquí puedo contar, después, no sé nada más.

             Corriendo por el pasillo parecía desesperada, desangelada. Llamó a su amigo y todos fueron a la pieza. Ella semidesnuda, los dos amigos que estaban libres, con la ropa a medio poner. En la otra pieza seguían sin saber lo que pasaba. Su cara era cada vez más pálida. Lo reincorporaron, pero no hubo caso. El timbre sonó desesperante en ese momento, el mono empujó la puerta con fuerza y entró, lo habían solicitado, pero no los iba a cagar a tiros ni a retarlos como el director del secundario. Llamala a la otra y nos vamos, nosotros no tenemos nada que ver si este boludo se caga muriendo. Apareció como de un ensueño nefasto, vestida a medias, poniéndose los zapatos de tacos y partieron raudos por la puerta que habían llegado.

      Llamar a emergencias, espera perpetua y ruinosa, pasos rápidos y desesperación, presión en el pecho, estallar de vasos-arterias-venas-cuore, más y más cigarrillos, se nos va la puta madre, esta ambulancia de verga que no viene, 911 no sirve para mierda, van y vienen en ridícula coreografía aciaga, ¡¡¡acá, acá, suban entren por acá!! pasos apresurados por el piso del departamento, ¿Qué pasó? Dale boludos que se caga muriendo díganme que tomó!!!, merca-whisky-viagra-vino-faso, desfibrilador chac-chac y descarga, al hospital, llamen a la familia, mierda de enfermedad, vida de mierda, cabeza arriba tapado con cobijas usadas y desgastadas, puertas cerradas fuertemente, luces verdes y blancas en tu cabeza, otro zarpado que se cree un pibe, ¡hay chipá- chipá!, agarrá por la lateral, acá me hecho un meo tranquilo levantando la patita derecha, suerte perra la mía, estamos jodidos, ¡a voluntad! lo importante es la salud ¡guarda boludo que vamos a chocar! escena desesperante y angustiante dale que llegamos tarde al jardín el mínimo ¿hasta dónde viajas?


 Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

¿Por qué escribir? – Gian Blanco

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“¿Qué es eso que centellea, dice más de lo que susurra, se transmite silenciosamente y luego vuela en pos de la noche, sin dejar tras de sí más que el vacío del amor, la promesa de la inmunidad? Ese centelleo personalísimo, esa trepidación, esa hipnosis, esos latidos innumerables son otras tantas versiones -aquellas plausibles de un acontecimiento único: el presente perpetuo, en forma de rueda como el sol y como el rostro humano, antes de que la tierra y el cielo tirando de él hacia sí lo alargasen cruelmente.” Seguir leyendo “¿Por qué escribir? – Gian Blanco”

Cinta Negra – Lucía Beukes

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Si ella no me hubiera dicho eso, yo no hacía nada, lo juro. Pero fue muy mala conmigo. Me dijo algo horrible. Yo estoy acostumbrado a que la gente me diga cosas, aunque ni las más feas alcanzan a parecerse a lo que dijo ella. Y encima no tenía razón. Yo tengo un trato con Elías, que es bueno conmigo. Conoce a mi mamá y a mis hermanos y nos deja abrir las bolsas de basura que tira, porque nosotros la abrimos despacito, nunca dejamos todo desparramado en la vereda como hacen otros. Pero esa señora me vio y me dijo de todo. La odié. Me hizo llorar, y no me gusta llorar en la calle porque después los otros chicos me dicen que soy un maricón. Y no sé, de verdad no sé cómo me salió, pero me acordé de algo que me dijo Mey, la gitana que tira las cartas en la plaza. En realidad, no me lo dijo a mí, se lo dijo a un cana que la quiso rajar de la plaza. Se puso loca y al final el tipo la tiró al suelo y la pateó. Entonces, ella lo maldijo. Le dijo que le iban a pasar cosas tremendas, así con palabras difíciles y los ojos llenos de sangre. Yo vi todo y no me pude sacar esas palabras de la cabeza. Por eso cuando esa mujer me dijo lo que me dijo, y no me salía la voz ni para putearla, le dije la maldición. Quería que se asustara. Seguir leyendo “Cinta Negra – Lucía Beukes”