Mujeres sin ojos – Daniel Arana

EE

Pero después de ganar
todas las competiciones
dejó a sus ojos gozar
de unas buenas vacaciones.

Tim Burton,
La melancólica muerte del chico ostra.


            Pasaban las horas y seguía llorando. El tiempo cura todas las heridas, pero parecía que los relojes no tenían muchas ganas de trabajar. Secaba una a una las lágrimas que corrían libres por sus mejillas rojizas y delicadas. La angustia le brotaba desde el interior del pecho y subía hasta estrangularle la garganta. Más arriba, detrás de la nariz, un dolor profundo (nótese que digo dolor y no una sensación de dolor) le abría la puerta a las gotas sentimentaloides. A ratos, era como si le punzaran en algún lado y le manaban ríos de lágrimas. Entonces, una iluminación divina se le presentó. De inmediato, soltó la cebolla y se fue a lavar los ojos compungidos. Y ahora…  ¿qué iba a comer? ¿Es posible una comida sin cebolla?  Y una pregunta más profunda y filosófica, ¿conviene sacrificar el hambre por no llorar, la felicidad por una buena comida?

            Se sentó y desistió de comer, por lo menos por hoy. Esperó un rato. Repicó los dedos contra la mesa de roble rojo y el sonido la arrastró levemente un poquito hacia la izquierda. Una atmósfera nauseabunda la hizo perder por un instante el sentido. De nuevo el dolor, no la sensación de dolor, la hizo sollozar. Luego, fueron nuevamente cataratas de agua sentimentaloide. Ella podía soportar no comer, no hay comida sin cebolla (es un axioma), pero seguir sufriendo esta angustia era demasiado para su delicado cuerpo.

            ¿Por qué lloro? ¿Qué me pasa? Buscó consuelo en un disco. No alcanzó. Buscó en un libro… y tampoco tuvo suerte. Fue a lo del vecino del 4°A, pero no estaba (él era un metafísico y, aunque ella nunca entendió semejante título ridículo, siempre tenía buen vino y buenas manos). Lloró por el pasillo, en la escalera, al abrir la puerta, al entrar y siguió llorando en el cómodo sillón de su departamento. Fue a la cocina y miró la cebolla a medio cortar. Una parte estaba en cubitos en la sartén y la otra mitad sobre la tabla conversaba con el cuchillo a ver si hacían el amor o no. Tomó el teléfono y llamó a su amiga que no era metafísica pero charlaba de lo lindo.

-Hola Abril.

-.. ¿Ema?

-Sí, soy yo.

-¿Estás llorando?

-Sí y no sé porque.

-¿Probaste tirando todas cebollas de tu casa?

-Sí, pero aún sigo llorando- mintió porque conocía lo suficiente a su amiga- ya van ocho horas que lloro sin consuelo y no encuentro la razón para merecer consuelo.

-¿Tenés perro?

-Sí.

-¿Tenés gato?

-No

-Ahhh… mejor, porque los gatos son los causantes de todos los males de este mundo. Por ejemplo, en la casa de Charles Manson dicen que estaba lleno de gatos y… ¿Viste lo que pasó en Estados Unidos en el 68’?

-Sí, pero no, no tengo gato.

-Te digo más, estoy por mandar una carta a la intendencia para propiciar una matanza en masa de todos lo gatos de la ciudad. Primero los de la calle, que son los menos problemáticos, salvo por las viejas que les dan de comer, pero bueno… también las sacamos del camino sin joden mucho. Segundo los que viven en hogares humildes que, si los dueños protestan, los amenazamos con que van a perder el trabajo y listo. Tercero…

-¡Pará, pará Abril! Yo estoy llorando y no lo puedo evitar.

-Sí, tenés razón. No tomes nada de alcohol porque te sensibiliza y quedas hecha un estropajo.

-No, sabés que el alcohol no me gusta.

-¿Probaste en sacarte los ojos?

-¿Te parece que hay que llegar a eso?

-Y… no sé, es feo estar angustiada y no saber por qué

-Pero si me saco los ojos… ¡no voy a poder ver más!

-Bueno… pero que es la percepción visual del mundo si vas estar así.

-Es cierto pero… ¿los ojos?

-Y… arrancarse el pecho para que desaparezca el dolor es más problemático, vas a manchar todo tu departamento. A parte, pensá, si te sacás los ojos no te vas a quejar más de que no son verde esmeralda como siempre decís vos.

-Bueno… está bien lo voy a pensar. Chau

            Quedó meditando la sugerencia de Abril. Pasaron varias horas. En éstas intentó dormir, comer, fue al baño, a la cocina, se acostó de vuelta y nada. Se decidió. Partió rauda rumbo a la cocina y buscó una cuchara de café. Antes, recorrió con una venda negra sobre los ojos toda la casa para ver si se ubicaba con comodidad a oscuras. Impensadamente, no se chocó casi nada, volvió a la cocina e inclusive encontró al cuchillo que estaba muy enroscado con la cebolla. Se fue para no molestarlos. Ya en el baño, con la cuchara en la mano, era dado verse al espejo para examinar su humanidad. Miró por última vez sus ojos que le parecieron siempre mediocres. Mordió la toalla para soportar el dolor y hundió fuerte la cuchara sobre el ojo izquierdo de la siguiente manera: levantó el párpado e introdujo el frío metal en el intersticio que quedó. Luego, empujó con fuerza para adentro. Después hizo palanca de segundo grado, con más fuerza, con el punto de apoyo en la nariz. El ojo salió volando dándole sentido a la frase “el globo ocular”. Pero un globo pinchado porque salió a toda velocidad y rebotó contra el espejo y fue a parar al bidé. La toalla entregó complaciente alguna de sus fibras, ya que un poco dolió, pero la tarea era muy importante. Miró borrosamente el espejo y un dolor profundo le surgió desde atrás de la mejilla derecha. Se apresuró a sacarse el ojo que le quedaba porque la angustia crecía. Con la cuchara, que ya no estaba tan fría como antes, nuevamente usó como punto de apoyo la nariz y el último globo ocular salió despedido velozmente y, a diferencia de la otra vez, pegó seco contra los azulejos celestes y cayó lentamente dejando una estela roja. Oscuridad. Una sensación nueva. Tanteó con las manos y encontró el botiquín, las canillas y el lavamanos. Sacó de su boca la toalla y escupió las pelusitas que le quedaban en la boca. Se sintió renovada. No podía darse cuenta si era felicidad pura o falta de opresión en el pecho. El dolor poco a poco iba desapareciendo. Se fue a sentar al sillón y a meditar los pasos a seguir.

            Bueno, se dijo, ahora puedo comer pero… por hoy no voy a cocinar… a ver si me quemo. Llamó a una pizzería. Resuelto el tema de la comida, se puso a analizar su percepción del mundo en este momento. Pensó, una mujer sin ojos no es nada agradable a la vista, pero ganaba sustancialmente en confianza en sí misma porque resolvía para siempre (¿para siempre?) el problema terrible que sufren las mujeres de hoy día (después de  haber superado ampliamente los movimientos feministas) de llorar constantemente sin consuelo y sin razón. Pensó en una sociedad de mujeres sin ojos y un escalofrío le recorrió la médula espinal. Era feliz.

       El timbre, ese horrible ruido a grillo bajo amplificado que tienen los departamentos, la sobresaltó y la sacó de sus cavilantes pensamientos. Recorrió, arrastrando los pies, todo el departamento hasta llegar a la puerta.

-Hola, me abrieron abajo- le confió el repartidor.

-Hola, ¿cuánto es?

-5 pesos. Ah… otra mujer sin ojos. A mi hermana le pasó lo mismo y por un tiempo fue toda felicidad. Ahora, después de un año, extraña los pesares y el sufrimiento. Se busca novios para que la maltraten, la engañen, la basureen, le peguen; pero ella está siempre sonriente y espanta a todos los candidatos después de un tiempo.

-¿Eso le paso? Yo me los saqué hace un rato y no sentía esta sensación de alivio y felicidad desde que me regalaron mi primer sonajero.

-Sí al principio es así. Después… el pozo.

-Bueno está bien, voy a ver como me las arreglo. Chau.

            Después… el pozo. Las palabras seguían resonando en su cabeza a pesar de que ya estaba sola como antes. Cerró la puerta. Buscó las llaves para cerrar definitivamente y dejar atrás el pozo. Le costó en gran manera encontrar el agujerito de la cerradura. Por fin cerró y se fue a sentar al loable sillón. En el camino se chocó algo con la rodilla, la felicidad no es gratis, que la hizo trastabillar y caer violentamente contra la mesa. Se golpeó el brazo izquierdo. Se sentó. Pensó en buscar los cigarrillos pero desistió al instante debido a la oscuridad reinante. Después… el pozo. Imaginó que el pozo subía por el ascensor. Lo vio apretar el quinto piso. Lo vio abrir la puerta, lo vio cerrarla. Sintió algo parecido a unos pasos, pero no estaba en condiciones de dilucidar nada. El timbre la sobresaltó. Se acurrucó contra el respaldo del sillón. Un grillo gigante de 2 metros derribó la puerta y avanzó cantando como un bajo ruso tañendo una balalaica. Era una de las opciones. Un pozo se deslizó por debajo de la puerta y empezó a tragarse todo. Muebles, mesas, sillones y mujeres sin ojos. Caía indefectiblemente al abismo. Esa era otra de las opciones. Ni grillo, ni pozo: novio (que en una noche puede ser molesto como un grillo y darle a una ganas de tirarse en un pozo para salir del martirio).

-¡Ema!.

-Sí… Homero- su voz estaba cargada de una mezcla de alegría fingida (que era común cada vez que recibía a Homero) con la respiración entrecortada y breve, típica ulterior a pasar un sofocón.

-Ema abrime- llegó a la puerta y como la llave había quedado puesta cuando cerró para que no entre el pozo, la tarea no presentó mayores dificultades.

-¡Aaahhhh!.- gritó homéricamente Homero.

-¿Qué pasa?

-¿No tenés ojos? ¡Estás horrible!

-Sí, pero por ahora, soy feliz.

mujer sin ojos


Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s