El bosque me quiere salvar – Nicolás Alonso

EE

el bosque me quiere salvar
quiere tocar
lanza cintas blancas suaves
desde su centro negro
una espesura
liviana presencia
densa

quizá no pueda
sentirme ahí
distante
como un espectador
que ve pasar los vientos
las gotas de lluvias
hojas enjambradas Seguir leyendo “El bosque me quiere salvar – Nicolás Alonso”

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El final de un alba – Nelson Taborda

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En el momento en que el
alba descendía por los
cielos, pretensioso como
deseo de los dioses, en ese
instante del despertar de la
noche, acompañada por el
viento que esparcía tu
perfume tan sereno, pero al
mismo tiempo tan
abrumador, te hiciste
presente en lo que restaba
de mi vida. Tu voz resonó en
todo mi cuerpo, cada
músculo, cada hueso, cada
nervio sucumbio ante tu
llamado. Espléndida e
infernal, tu mirada atrapa mis ojos y los despoja de
toda esperanza, mis oídos,
no escuchan otra cosa más
que el silencio de tu aura,
maldita de paz. Mi mente se
resiste, se niega a ser
separada de su historia, de
sus recuerdos, de sus
afectos, no lo puede
comprender, le grita a mi
espíritu paciente, listo para
abandonarme, no cabe duda
que el siempre fue más
sabio que yo, lo supo
mucho antes, lo veo
ansioso, quiere ser libre. . .
no te esperaba tan pronto,
tan de repente, tan ansiosa
por tenerme a tu lado. Ya no
tengo sentimientos, la pena y
el dolor ya no son
sufrimientos, han cumplido
su propósito, se marchan
victoriosas delante de mí.
El tiempo parecía infinito, más
no podré disfrutar mañana
de él, hoy es el final de mi
tiempo, de mis palabras.
No hay luz al final de túnel, al
final del camino sólo escucho reproches,
reproches de deseos no
cumplidos, de sueños
desterrados, de obras mal
pintadas.

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Mujeres sin ojos – Daniel Arana

EE

Pero después de ganar
todas las competiciones
dejó a sus ojos gozar
de unas buenas vacaciones.

Tim Burton,
La melancólica muerte del chico ostra.


            Pasaban las horas y seguía llorando. El tiempo cura todas las heridas, pero parecía que los relojes no tenían muchas ganas de trabajar. Secaba una a una las lágrimas que corrían libres por sus mejillas rojizas y delicadas. La angustia le brotaba desde el interior del pecho y subía hasta estrangularle la garganta. Más arriba, detrás de la nariz, un dolor profundo (nótese que digo dolor y no una sensación de dolor) le abría la puerta a las gotas sentimentaloides. A ratos, era como si le punzaran en algún lado y le manaban ríos de lágrimas. Entonces, una iluminación divina se le presentó. De inmediato, soltó la cebolla y se fue a lavar los ojos compungidos. Y ahora…  ¿qué iba a comer? ¿Es posible una comida sin cebolla?  Y una pregunta más profunda y filosófica, ¿conviene sacrificar el hambre por no llorar, la felicidad por una buena comida?

            Se sentó y desistió de comer, por lo menos por hoy. Esperó un rato. Repicó los dedos contra la mesa de roble rojo y el sonido la arrastró levemente un poquito hacia la izquierda. Una atmósfera nauseabunda la hizo perder por un instante el sentido. De nuevo el dolor, no la sensación de dolor, la hizo sollozar. Luego, fueron nuevamente cataratas de agua sentimentaloide. Ella podía soportar no comer, no hay comida sin cebolla (es un axioma), pero seguir sufriendo esta angustia era demasiado para su delicado cuerpo.

            ¿Por qué lloro? ¿Qué me pasa? Buscó consuelo en un disco. No alcanzó. Buscó en un libro… y tampoco tuvo suerte. Fue a lo del vecino del 4°A, pero no estaba (él era un metafísico y, aunque ella nunca entendió semejante título ridículo, siempre tenía buen vino y buenas manos). Lloró por el pasillo, en la escalera, al abrir la puerta, al entrar y siguió llorando en el cómodo sillón de su departamento. Fue a la cocina y miró la cebolla a medio cortar. Una parte estaba en cubitos en la sartén y la otra mitad sobre la tabla conversaba con el cuchillo a ver si hacían el amor o no. Tomó el teléfono y llamó a su amiga que no era metafísica pero charlaba de lo lindo. Seguir leyendo “Mujeres sin ojos – Daniel Arana”

La calesita espacial – Juan Corbalan

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Así le decía cuando pasaba por ahí.
Mamá me llevaba al dentista justo
doblando la esquina.
Si la doctora felicitaba el cuidado de mis dientes
me ganaba una visita, ese era el trato.
La vuelta en calesita salía veinticinco centavos
de monedas plateadas.
Un poco después de crecer sigo pasando
y la veo desde el tren, todavía está la nave que yo volaba
Intacta, esperando al niño que soñaba como astronauta.
El dueño aparece cada tanto para
prender las luces,
los nenes de hoy no saben divertirse como
lo hacíamos ayer.
No se dan cuenta que estamos perdiendo las calesitas.
El sábado la volví a ver.
Las rejas estaban cerradas y un candado
sostiene la condena
Ya no era un parque de diversiones.
Era un parque de tristezas.

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Autor: Juan Corbalan

La leona – Erik Coria

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Desde el principio sentiste miedo y sorpresa a la vez
Poco a poco fuiste superándote demostrando tu valor
Día a día, minuto a minuto, hora a hora, paso a paso.

Tu voluntad inquebrantable te permitió levantarte
Tu lanza fue tu familia y amigos que siempre te acompañaron
Las palabras y el hombro de tus padres y tu hermano siempre firmes por ti.
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Jornada de literatura y horror – Jacqueline Nair Bonelli

Dicen por ahí que la percepción es un recorte de la realidad que se conforma a partir de los valores e historia de una persona. Hoy mi recorte del fabuloso collage que fue la Jornada de literatura y horror dada en el día ayer es este:

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No más llegar al el Centro Cultural Revolución(arte) se percibía un clima de armonía que, acompañado por Sinatra de fondo, hacía que uno entrara en confianza y fuera derechito a buscar un asiento.

Al poner la mirada sobre las mesas incrédula agarre un folleto y de repente sentí un flechazo en el corazón: es que eran tan ricos y baratos los panchos, tan irresistibles los pochoclos… pero bueno, no solo fui por la comida. Seguir leyendo “Jornada de literatura y horror – Jacqueline Nair Bonelli”

Giuliana – Marco Rossi

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Cuando te conocí

Tu hermanito estaba sólo
jugando con una pelota
fui a jugar con él
para que vos me veas
nosotros no jugábamos
con tu hermanito.

Después se sumaron otros amigos
y el Cabúdo la tiró al patio de una casa.
Trepamos a la tapia
Chupetín y yo
en carrerita.

Él no se animó a meterse
entonces le dijeron
idiái cabeza descalza.
Y yo te mantuve la mirada
mientras bajaba de la tapia
triunfante
con la pelota
de tu hermanito.

Resistencia

Qué vergüenza
esa tarde
que jugábamos a la pelota
y vos andabas por ahí
espero que no hayas visto
cuando el Cabúdo
pesado
me tiró al piso
y me asfixió con su panza.

Yo luché con todas mis fuerzas
y nunca dejé de resistir
hasta que el Cabúdo
se aburrió
de asfixiarme
y yo hice de cuenta
que yo
con mi lucha
me lo había sacado.

Pregunta

¿Por qué le dicen Chupetín?
Porque es flaco, cabezón, pelado
y se le pega la mugre.

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Libros que tus hijos deberían leer – Laura Fernández

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Como acordamos en la anterior edición de esta columna (y digo “acordamos” porque yo estuve de acuerdo conmigo misma; no sé ustedes), la proyección y posible transmisión de valores y pautas de comportamiento, es decir, de cultura, no es terreno exclusivo de la literatura. Pero no tener exclusividad no le quita posibilidad. Posibilidad que no es de mi particular interés, pero una posibilidad al fin: no es ningún pecado que queramos transmitir cultura mediante la lectura.

Es esta posibilidad la que vuelve muy común que las historias destinadas a los más jóvenes se esfuercen en transmitir valores fundamentales como la valentía, la nobleza y la lealtad, desplegando la bien conocida lucha entre el bien y el mal. Pero, si hemos de ser honestos, las moralejas de dichos relatos pocas veces resultan verdaderamente prácticas en la vida cotidiana. Permítaseme hacer una salvedad: la nobleza y la mar en coche están muy bien, y definitivamente son valores de fondo que deberían ser el motor de nuestras decisiones. Pero vamos… es mucho más esperable que tengamos que lidiar con dramas laborales/familiares que tengamos que sacrificarnos por el honor de una doncella.

Sensatez y sentimientos – Jane Austen (1811)

Mientras que Elinor, de 19 años, es pensante y reservada, su hermana Marianne, de 17, es, al igual que su madre, efusiva y apasionada. Esto vuelve las penas y preocupaciones que Elinor aplaca para no angustiar a su familia, invisibles a los ojos de una madre que considera que toda emoción es explosiva. La señora Dashwood deberá aprender, de la mano de su hija mayor, que no todo dolor profundo se manifiesta en llanto, y que cada uno enfrenta las adversidades, no como debe, ni como quiere, sino como puede.

ss 1Hugh Thomson (1896)
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