El gitano – Juan García

EE

Había llegado un mes atrás. Alto, robusto, serio y de poco hablar. Había rumores de un asunto ocurrido allá en Tapalqué, de donde era oriundo el gitano. Se hablaba de algo feo, un suceso relacionado con una niña, cosas sucias, de esas que no se preguntan porque se sabe que la respuesta será atroz. El tipo se presentó ese lunes por la mañana. Preguntó por el capataz Maidana, conversaron en un tono bajo, casi confidencial. Se miraban a los ojos, como esos guapos que no esconden el valor y hasta a la misma parca le hacen frente. Conociéndolo a Maidana algo le desconfiaba al moreno porque al hablar ladeaba la boca más de lo acostumbrado. Era signo inequívoco de que no creía en lo que se le estaba diciendo. Estrecharon las diestras y ahí nomás el gitano se arremangó y empezó a hacer un pastón. Trabajar, trabajaba bien. Sabía la cantidad exacta de arena, de cal, de cemento que había que utilizar, alcanzaba los baldes con presteza. Al poco tiempo ya levantaba paredes y después revocaba. En dos semanas el mejor fino lo hacía él. El capataz lo mandaba a hacer las terminaciones y todo ese laburo detallado que es, en fin, lo que se termina por ver y aprobar o desaprobar, según sea el caso.

Había en los caseríos de la zona una morocha que le decían la gata. Enseguida le anduvo coqueteando al gitano y según dicen el fulano la atendió un par de veces. Pero era hombre de esos que se cansan rápido y después de unos días la empezó a esquivar y hasta la sacó a los cachetazos de la obra cuando vino a llorarle. Daba lástima la gata pero nadie se atrevió a socorrerla. Manga de cobardes, gritaba mientras se iba para los caseríos con la jeta partida, ése no es ni la mitad de un hombre, le teme a la intimidá porque no puede. Los últimos días al moreno se lo notaba intranquilo. Cada tanto miraba para la calle o salía y se quedaba parado indagando el horizonte. Nadie imaginó que estaba esperando algo. Todos creyeron, creímos, que era nostalgia nomás o aburrimiento. Llegado el día treinta se fue donde estaba Maidana y lo conversó como la primera vez que lo vimos aparecer. Hasta luego, se oyó decir al gitano. Que el Barba se le apiade, fue la respuesta, porque otros no lo van a hacer. Aquél comprendió. Éste no dijo más nada. El gitano se sacudió un poco la vestimenta y salió de la construcción. Dio la vuelta a la esquina del almacén del gallego y recibió el obsequio que se había ganado en Tapalqué. Tus pecados te alcanzan siempre, le rezó uno en el oído cuando lo mataban, por más guapo que seas, por más que te mientas otra vida.

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La Gypsy, por Pino Daeni


Autor: Juan García, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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