Libros que tus hijos deberían leer – Laura Fernández

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Cada uno tiene su método a la hora de escribir. El mío consiste en tener un apasionado debate con el espejo, sólo para tratar de transcribir luego los gajos de discurso que mi débil memoria fue capaz de retener. Pero pasó algo cuando me senté a escribir estas reflexiones. Por primera vez en mucho tiempo, mi conciencia le ganó a mi buena voluntad y sentí vergüenza. “Es muy de ladri lo tuyo”, pensé juzgándome a mi misma. Y con razón: no soy madre, ni docente, ni tía, ni siquiera madrina del hijo de alguna amiga con la que ya no hablo. Nada. No hay niños en mi vida. Entonces ¿quién soy yo para disertar sobre modos de acercar la literatura a los más chicos? ¿En base a qué experiencia puedo yo, simple mortal, hacer recomendaciones? ¿He alcanzado un nuevo nivel de caradurez? Las respuestas serían nadie, ninguna y definitivamente, en ese orden. Pero si hay algo que aprendí con los años fue a justificar con destreza mis malos hábitos y decisiones moralmente cuestionables. Fue entonces que “entendí” que yo no estaba escribiendo desde la experiencia de quien lleva a cabo la tarea con éxito, sino desde el lugar de quien una vez fue una criatura que creía que leer era aburrido. “Todavía mejor” me dije desvergonzadamente. “Entiendo sus gustos y disgustos, expectativas y frustraciones porque yo fui una de ellos”. Es con esta pobre excusa en mente que me permito hoy hablar sin saber. Que la historia me juzgue.

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Libros que tus hijos deberían leer reflexiona: ¿Por qué queremos que nuestros chicos lean? 

Vivimos en una cultura en la que la lectura es cada vez menos una opción válida para el ocio. Lo que en algún momento se relacionó con la actividad parsimoniosa de quien no tiene nada que hacer, hoy se considera, en comparación a las mil opciones más o menos pasivas que nos otorga la tecnología, cansador. Tanto es así que, incluso quienes disfrutamos de la lectura, en los momentos de ocio nos inclinamos frecuentemente por opciones más visuales, más inmediatas y más relacionadas con alinear caramelos de colores. Y es comprensible: leer requiere trabajo. Lejos de ser una actividad pasiva, leer demanda una puesta en juego de todas nuestras capacidades, todas nuestras competencias y todos nuestros sentidos. Leer no es, en lo que a mí respecta, relajante: es arduo laburo.

Tenemos aquí explicado, entonces, por qué es tan difícil generar el hábito de la lectura en nuestros tiernos vástagos: es una tarea demasiado lenta, demandante e insuficientemente visual para quien nació con un celular en la mano.

Pero, retrocedamos. Es un buen ejercicio para la vida en general el preguntarnos para qué y desde dónde tomamos decisiones y emprendemos proyectos. Me gustaría aplicarlo para esta cruzada en particular: ¿Por qué queremos que nuestros chicos lean?

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Un motivo podría ser para que adquieran determinados conocimientos. Pero ¿Es realmente necesario leer para eso? Si por “conocimiento” entendemos “datos”, existen documentales capaces de aportar lo que el mejor de los manuales, con el agregado de imágenes imposibles de reproducir en papel. Si, en cambio, a lo que nos referimos es a conocimiento cultural, entonces cualquier otra manifestación artística puede suplir la falta de lectura: cine, música, danza, etc, etc, etc.

Otra razón por la que tendría sentido que deseemos que nuestros chicos lean proviene de la tradición docente: leyendo se aprende ortografía. Sin embargo, creo no ser la única que conoce a un asiduo lector cuya ortografía es horrorosa, o, más frecuente aún, a gente con impecable ortografía y sin un solo libro en su haber más que Platero y yo. Entonces, leer no nos ayuda a aprender ortografía. Y si no me creen, su fiel servidora aquí tiene la ortografía más indigna y humillante que un letrado podría tener. No soy nada sin el autocorrector.

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Entonces, ¿por qué? ¿Qué hace que luchemos tanto para que nuestros chicos lean? Una respuesta mucho más realista que las anteriores sería “por simple fetiche”. Desde hace mucho tiempo y hasta el día de hoy hay cierta mística en torno al libro. Es el accesorio fundamental de todo aquel que desee parecer bohemio e interesante: llevar un libro bajo el brazo nos convierte instantáneamente en seres cultos, inalcanzables, únicos, y, si sos mujer, celestiales. Pelar un libro en el trasporte público rompe corazones cuasi-bohemios pseudo-zurdos a lo largo y ancho del conurbano. Podría disertar un buen rato sobre cómo esa es sólo una forma más de idealización de la figura femenina, pero me estoy yendo por las ramas. La cuestión es, afrontémoslo, que queremos que nuestros chicos lean porque, por algún sinsentido, pensamos que los hace mejores. Si se me permite opinar, existe mucho pelotudo/a dando vuelta con la más exquisita de las bibliotecas en su haber. Nada es garantía de nada.

Siguiendo con el razonamiento, si querer que los chicos lean en realidad responde a un mero impulso fetichista, entonces yo, que quincenalmente escupo una recomendación descarada al respecto, y ustedes, que me leen, somos una de dos cosas: hipócritas o snobs. No es el mejor de los panoramas. ¡Mas, aguardad! Hay esperanza.

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¿Qué tal si el motivo por el que queremos que los chicos lean no está en los libros, sino en la práctica que los envuelve? Mencionaba anteriormente que leer, lejos de ser una actividad pasiva, requiere trabajo. Cabe la posibilidad de que sea eso lo que queremos que nuestros chicos aprendan leyendo: a realizar el finísimo trabajo intelectual al que invita la lectura. ¿Significa esto que el resto de las artes no es terreno para la labor intelectual? Claro que no. Pero el trabajo es distinto. Leer libros, y leerlos de verdad, significa incontables horas de trabajo solitario. Necesariamente solitario. A diferencia del teatro, el cine, la danza y demás, no hay glamour en la lectura. No hay sociedad. No hay salida. Leer es absolutamente íntimo. Es leer en el inodoro, o antes de dormir. Leer no compra entradas. Sale esporádicamente a abastecerse de libros que elige por capricho y vuelve a la cueva. La cueva que es el colectivo, el baño, la cama, el sillón. Una cueva insonora. Una cueva que es soledad, y una soledad que es bellísima. Es por esto y no por otra cosa que queremos que nuestros chicos lean. Porque cuando uno encuentra algo tan llenador y único, no es más que lógico y humano querer transmitirlo a las próximas generaciones.

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Ahora ya sabemos por qué queremos que nuestros chicos lean. Ahora sí, todos podemos dormir con nuestras conciencias en paz.

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On reading. Paris 1929. André Kértéz


Autora: Laura Fernández, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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Un comentario en “Libros que tus hijos deberían leer – Laura Fernández

  1. EGP

    Comparto que el libro sigue siendo objeto de culto. Anhelamos que los niños se acerquen a las historias que ya conocemos, pero no navegamos con ellos en busca del audiobook que los deleite, aunque haya voces maravillosas; queremos que lean, pero tampoco buscamos scroll mediante en las gigantescas bateas de libros que nos ofrecen Apple o Google. Casi como un mandato, pensamos que los niños deben leer libros impresos.

    La tinta y los cuerpos/libros siguen teniendo peso propio, quizás porque es parte de nuestra cultura y no queremos que los niños sean tan distintos a nosotros. Existe cierta ansia de tradición, de legado: de ligazón. En algún punto, lo único que nos interesa es “crear lazos”.

    Y con esto quiero unirme a lo que planteas en un segundo momento: la lectura es una experiencia íntima, pero quizás por otras razones a las que propones. No estamos solos en el transporte público, ni en una biblioteca; tampoco en nuestros cuartos. Miles de fantasías, voces, recuerdos, nos acompañan a toda hora. La lectura nos importa por algo que, en realidad, todo el arte es capaz de hacernos experimentar: la empatía.

    Identificarnos con el otro, con los problemas del otro, sentir que allá afuera, bajo la luna gris, hay alguien que piensa en o como nosotros. Los vínculos con “el otro” con el que me siento identificado, la construcción de un “nosotros”, en definitiva, viene a ser el lugar que ocupa el arte pensado en esos términos.

    Esto genera ciertos problemas en el mundo de la educación, en donde la idea es que “los niños disfruten con la lectura”, al tiempo que son integrados a cierta comunidad lectora: la que desglosa los libros en géneros, movimientos y época; y la poesía en rima asonante y consonante.

    La lectura de cualquier texto, para un niño al que el resto de los juegos —todo arte lo es— parece no imponérsele, puede resultar sí como un espacio cavernoso, pero en el que todos los ruidos se multiplican y el miedo prolifera.

    Del otro lado del espejo, la construcción de un “nosotros” es lo que permite la construcción de los fandoms, de los clubes de lectura, de las bibliotecas, de los centros culturales, de los blogs sobre literatura.

    Esa lectura —la del goce, la auténtica— permite que en esos ratos de soledad en los que metemos la cabeza dentro de un libro sepamos que estamos acompañados por una infinidad de amigos.

    Saludos.

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