Piedad – Gian Blanco 

La voz retumbaba en toda la casa.

– Si miraras esos clavos como los veo yo. Están tristes, mirá cómo encorvan sus espaldas, algo tengo que hacer. Uno por uno hay que sacarlos y arrancarles costillas a esta casa.

“Quiero verla sangrar, no me alcanzan cinco zócalos. Dame el martillo y la tenaza. ¡Ah! que lindo que te saquen la astilla ¿ no, querida? ¿ Que qué vamos a hacer con los clavos? ¡Apiadarnos! Mirá cómo sufren. Hay que acabar con esta calamidad.

Esos escalones estan pálidos ya no les queda vigor. No es la carne que les cuelga su signo de estado terminal, no,  querida, es ese moho que se les escapa por la piel, los delata. Hay que apiadarse de ellos también.

Sí, ya lo vi, mi amor, las puertas están acongojadas, sienten nostalgia por esos pies que ya no pasan de un lado a otro, que no pasan del umbral.  Se están desgarrando, se les nota en cada grieta. No puedo verlas así, hay que apiadarse de ellas.

Oye cómo claman las ventanas, cómo el dolor las atraviesa por cada ángulo y se escapa en forma de chillido. Uno no puede hacer nada contra eso.

¿Y observaste las paredes? se inclinan, es la ola rígida del tiempo la que les pesa en las espaldas. Todos tenemos el mismo final: la desdicha.  Esa mosca que revolotea cerca nuestro hasta que un día se posa y encuba bajo nuestra piel sus huevos. ¿No los ves?  No podemos dejarlas así, pudriéndose por dentro, hay que demolerlas. ¡Hay que apiadarse de ellas!

Ahora sí, mi amor. Respíralo, extiende tus manos hacia el horizonte que tanto se parecía a este sentimiento escondido en las entrañas de esta tapera. Tanto se asemejaba que cuando uno intentaba alcanzarlo y daba dos pasos hacia él, este se alejaba dos pasos hacia atrás.  Pero no, sólo había que extender los brazos y tomarlo, sólo había que derribar esta jaula para poder tenerlo frente a uno como esa frágil pestaña que se libera y nos cae en el iris, intentando ser apreciada en toda su anchura. Inhala la piedad, degusta la piedad, que te atraviese como la luz del alba atravesaba esta pecera.”

La voz se laceraba contra cada rincón de la casa pero su esposa no respondía, estaba  petrificada y fría mirando la nada, los ojos como descarnados, la lengua todavía afuera denunciando el estrangulamiento. El hombre la miró con pena, caminó hasta ella y le tomó la mano inerte.

– Si hubieras tenido algo de piedad  por esta casa…


Gian Blanco, alumno de Letras de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Lomas de Zamora

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