Ak-Abasgurt – Leandro Nahuel Ramos

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La Voz del Interior, sábado 13 de marzo de 1976
“Cinco cuerpos desmembrados fueron hallados en el día de ayer dentro de la fábrica algodonera del departamento de Sarmiento, Santiago del Estero. Según declaraciones del ejército, pertenecerían a la tropa subversiva que la semana pasada tomó el establecimiento […] Se destacó que ni el lugar ni los cuerpos presentaban daños causados por balas de ningún calibre.”

El Día, domingo 25 de abril de 1976
“Según declaraciones de la policía, los cuerpos hallados la semana pasada en estado irreconocible corresponden a dos supuestos integrantes de la banda responsable del saqueo a la sucursal del banco provincia el año pasado […] el motivo de las muertes continúa sin conocerse.”

El Litoral, miércoles 2 de junio de 1976
“Vecinos de Granadero Baigorria declararon en el día de ayer haber visto un objeto extraño caer en las cercanías de un gran campo privado en las inmediaciones de la ciudad […] Se descartó la posibilidad de un siniestro.”

Los recortes se multiplican por mil en el escritorio del Coronel Pedraza. En el vidrio de su oficina las gotas se entrechocan y caen tan oscuras como las ideas en su cabeza. Su mirada salta perdida de noticia en noticia. Cuatro meses atrás la dirección del plan Argentauro le había sido asignada sin previa consulta y, desde un principio, entendió que los motivos verdaderos del proyecto le serían vedados.

Esa noche, Pedraza no pudo sostener la responsabilidad que corresponde a cualquier oficial del ejército. Faltó a la cena en la casa del teniente general porque no habría podido mantener la compostura ante las amonestaciones de los oficiales superiores. El Coronel sabe que en el Ministerio de Defensa no se habla tanto de la decepción del plan como de su inoperancia, pero dar la cara significaría decir la oscura verdad de Ak-Abasgurt.

En el espejo del baño el Coronel ve su cara demacrada. Después de todo, la verdad no es más que suposición suya. Hablando haría el ridículo y la deshonra sería peor todavía. Sumerge sus pensamientos en alcohol. ¿Qué tan peor?, piensa mientras el silencio le recuerda la ausencia de su esposa y de su hijo. En la oficina de su casa, examina con ideas perdidas los recortes de diario que rejuntó durante los últimos meses y bebe whisky.

Recuerda aquella mañana en que había atendido a la voz del teniente que sonó áspera en el teléfono. Ayer llegó la máquina. El manejo de la misma es el eje central del plan. Por correo te habrá llegado el instructivo de control y mantenimiento general. Mirá que está en inglés. De todas formas, un tal Openham, técnico del MIT, llega el sábado. Hacé todo lo que él te diga. Entretanto lo llevás al taller y te encargás de conseguir la lista de elementos necesarios para su funcionamiento. Dejá todo en el galpón de enfrente.

Por la noche su esposa lo despidió ignorando que en pocas horas comenzaría, en la práctica, el plan más ambicioso de la ofensiva militar contra las fuerzas subversivas. Pedraza no hizo más preguntas que las necesarias, como corresponde a un subordinado. Así y todo, las respuestas del teniente no lo dejaron satisfecho. Como una marioneta humana a la cual se le prohíbe mirar para arriba, se le asignó al Coronel el papel de supervisar la marcha general del plan, sin tener pleno conocimiento de las esferas superiores ni tampoco de los detalles técnicos. Desde un principio entendió que su triste misión era figurar en los papeles para cargar con la responsabilidad de algún error ocasional en caso de que lo hubiera.

Un fresco extemporáneo distinguía aquella noche de marzo de 1976. El oscuro conteiner que llegó de contrabando el martes al puerto de Buenos Aires descansaba en el depósito sur de La Boca y el Coronel y una comisión de siete suboficiales fueron a buscarlo. Pedraza recuerda el episodio como si todo hubiera sucedido en un silencio exagerado, nadie sabía a ciencia cierta qué era aquello por lo que iban. A simple vista pudo ver el exterior del conteiner, sobre su superficie blindada con doble capa de hierro remachado figuraba el nombre de la empresa que era la principal abastecedora de armamento especializado al ejército argentino desde la asunción de María Estela Martínez de Perón. El traslado del conteiner a los talleres ferroviarios de Lanús se realizó sin demoras. A la una de la mañana aquel lugar lucía tétrico, como si fuera de otro mundo. La luz oblicua de los faroles exageraba la seriedad en las caras expectantes. Tragar saliva y respirar hondo como queriendo destensar los nervios con aire fresco eran las únicas reacciones de los que trabajaban en la descarga y ubicación del conteiner. Por algún motivo el Coronel habría deseado no estar ahí, hubiera querido entorpecer algún papeleo para dejar la carga demorada en la aduana, todavía lo inquietaba la voz evasiva, mecánica y áspera del teniente.

Bebe whisky. Afuera sigue lloviendo. Quiere recordar y no puede. En su memoria los días posteriores componen una maraña confusa de episodios ennegrecidos por la sospecha y el alcohol del fracaso.

Supuestamente era posible conducir la máquina a través de un comando a distancia que utilizaba ondas de radio. En las pruebas de ensayo todo resultó según lo esperado: la máquina podía atravesar grandes distancias a través del aire y al ras del suelo. No obstante, en cuanto se puso en marcha el primer operativo, el Coronel pudo advertir anomalías. Ante ellas, el ingeniero no daba respuestas satisfactorias, sus inspecciones demostraban que la máquina tenía todo en su lugar. El autómata, entre otras inexactitudes, daba muerte a sus agresores cuando no se le indicaba que lo hiciera. No eran errores que el Coronel pasara por alto y, al denunciarlos a sus superiores, éstos atendían sólo al informe técnico que hallaba a la máquina en perfectas condiciones. El error debe ser suyo, Coronel, le respondían, preste más atención en la próxima. Pese a las mayores precauciones, los operativos continuaban evidenciando un comportamiento fuera de control. Pedraza sospechaba un sabotaje por parte del ERP o de los Montoneros, que de alguna manera habrían tomado conocimiento del plan Argentauro e interceptaban las ondas de radio. Comenzó a dudar del mismo ingeniero Openham, quien daba muestras poco creíbles de desconcierto y se desentendía ante el fracaso de cada operativo.

Se sucedieron cuatro meses en donde errores insostenibles se intercalaban con tareas ejecutadas satisfactoriamente. Entretanto, el Coronel extremó el control de la máquina y del personal asignado a su cuidado.

Tazas de café. Una tras otra. Noches enteras de vigilia. Pedraza tamborileaba los dedos en la chapa esmaltada que recubría la máquina. Te estás pasando de piola, vos ¿eh? La máquina no se inmutaba. Se mesaba durante horas los gruesos bigotes, mientras contemplaba fijamente a Ak-Abasgurt en la soledad de los talleres de Lanús, donde aquello descansaba.

Vamos che, ¿me querés cagar la carrera acaso?

La máquina permanecía siempre en silencio.

Desde las nueve de la noche hasta las once y algo, Pedraza se paseaba de una punta a otra en el taller. Entre cigarros, se acercaba a la máquina y tanteaba cada tornillo, cada palanca, cada engranaje. En su frente tenía dos grandes luces por sobre los cañones de munición pesada, en el extremo superior eran ovaladas y se volvían angostas al bajar por la trompa. Antes de marcharse a casa el Coronel apagaba las luces del galpón y, desde el portón de salida, antes de poner el candado, se detenía siempre en aquellos dos grandes cuencos de vidrio. Veía que una pequeña luz se reflejaba en cada una de ellos, por más que afuera estuviera tan oscuro como adentro. Esos faroles, en la penumbra del taller, se volvían dos grandes ojos oscuros.

En el camino rutinario a su domicilio el Coronel pensaba en la máquina. Aún no entendía qué papel jugaba en todo eso. Incluso sintió alivio cuando advirtió que los oficiales superiores parecían minimizar los errores evidentes en los últimos dos operativos. Lo sorprendió la poca atención a la evolución del plan, pese a que meses atrás confiaban en el plan Argentauro, el éxito del proceso de reorganización.

En su casa, entretanto, recortaba noticias que parecían no tener conexión entre sí con la sospecha de que podrían ser consecuencia de una misma causa. Las demoras frecuentes de la máquina en concretar los objetivos daban cuenta de desvíos intencionados, el Coronel tenía la seguridad de que la máquina incurría en acciones desconocidas. No resultaba ilógico pensar que era controlada desde algún otro panel de mando.

Con el correr de los días la sospecha y la obsesión se tornaron en neurosis. Pedraza no duerme, come poco y sueña con oscuros cuencos de vidrio. Releía los recortes y las fotocopias de informes secretos que había rejuntado y robado en las últimas semanas con el único fin de reconstituir algunos incidentes y no perder el hilo de sus razonamientos. El Coronel pasaba de especular una contraofensiva guerrillera a creer que el mismo ejército argentino era una víctima inesperada de la compañía estadounidense que había creado la máquina. Entre suposiciones como éstas y similares, una idea que al principio era pequeña se fortalecía en su mente: Ak-Abasgurt no era una máquina.

Aquella noche del acto de asunción del teniente general, era la siguiente al último gran error del plan Argentauro. El día anterior, viernes 18 de junio, Ak-Abasgurt hizo estallar inesperadamente el departamento del general Cesáreo Ángel Cardoso, jefe de la Policía Federal Argentina. Las cosas fueron alteradas como para disimular el asesinato como parte de un atentado de las organizaciones guerrilleras. Esa noche, en casa de Jorge Rafael Videla, el nombre de Pedraza era mencionado por lo bajo en todas las conversaciones.

En el vidrio de su oficina las gotas se entrechocan y caen tan oscuras como los días en el futuro del Coronel. Sentado en su escritorio, con una botella de whisky por la mitad a su lado, relee con obsesión un parte de la Fuerza Aérea que advertía vuelos no reconocidos sobre territorio argentino. El timbre estremece la habitación.

-Sabía que ibas a faltar a la cena- le dice el oficial Ugarte mientras cierra el paraguas bajo el techito de la puerta.

El Coronel lo mira abstraído.

-¿Podemos hablar acá, Manuel?

-Sí, entrá.

-¿Y tu esposa? ¿Tu hijo?

-Se fueron anteayer. Mónica me veía raro y me insistió en que le explicara. Le conté lo que vi y le dije que era una bestia, Ugarte, a ella no le iba a mentir, le dije que me observaba con ojos grandes. Anteayer me gritó que era un loco de mierda y se fue a casa del hermano.

-¿Y se llevó a Pablito?

El Coronel comenzó nuevamente a hojear el parte de la fuerza aérea.

-Escuchá Manuel, ayer hablé con el MIT, el ingeniero está bien, de licencia por cuestiones médicas pero apareció vivo.

-¡A quién le importa el yanqui, Ugarte! Si supieras cómo mira con esos ojos negros.

-Estás borracho, Manuel, vayamos a mi casa. Salí de acá.

-Yo no salgo, Ugarte, me van a llevar al loquero. Decime algo, che, vos estás de mi lado, ¿no?

-Claro, Manuel, claro que sí.

-¿Sabés qué Ugarte?, la gloria del proceso no va a llegar por mérito de ningún plan humano, las grandes potencias están alineadas a una voluntad superior.

-Dale, viejo, estoy con vos, pero no digás pavadas, ¿sí? Vamos afuera, a mi casa. Te vas a despejar un poco- el oficial lo agarra fuerte del bazo, que se resiste. –Así no me ayudás, Manuel.

Pedraza se arranca con fuerza del oficial.

-¡Soltame, gil!, ¿a dónde me vas a llevar con esta lluvia?- luego de gritar con furia, el Coronel suelta una fuerte carcajada. -Vos no podés ayudar a nadie, Ugarte. A la mierda con todo- ríe frenético–. Ya no importa la causa, el ejército, la lucha ideológica ¿Sabés algo? Hasta a tu propio hijo lo ves raro cuando te das cuenta de que somos fichas en un tablero estelar grande. Muy grande, Ugarte.

-¡Vamos! ¿De qué estás hablando, Manuel? Largá el vaso, vas a palmar.

El Coronel sonríe abstraído.

-Está bien, Manuel. Me voy ¿Pero qué carajo vas a hacer acá? Te van a venir a buscar por la cagada de ayer.

Pedraza reacciona, lo agarra al oficial de los hombros y lo sacude. Lo mira a los ojos.

-¿Sabés de qué hablo, Ugarte, amigo? Te miro como me mira él a la noche. Sí, Ugarte, hablo de él. Es una bestia. Ak-Abasgurt es una bestia.


Autor: Leandro Nahuel Ramos, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

Blog del autor: http://esteblogesmaleza.blogspot.com.ar/

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