Lápiz – Civangal

Lápiz

Él, como todas las noches, se dispone a entrar en su cuarto aun sabiendo que no es una noche más. A la misma hora en que los silencios sollozan con grave voz a la pálida ciudad, se dispone a entrar a la única habitación de su departamento en la calle Alvear.

Al entrar, siente el amarronado olor del tabaco reposando en los rincones, le repugna. Con mirada resignada busca sentarse en su cama, pisando con sus mocasines la verde frazada embollada en el suelo, terminando así su corto recorrido. Resortes rotos del colchón le molestan, pero no lo suficiente como para hacerlo moverse de ahí. Afuera Dios castiga a los desdichados que se atreven a vagabundear por las noches de junio, pero dentro siente la calidez húmeda que sólo da una ventana que no ha sido abierta en varios días.

Sentado sobre el lecho de las sabanas destendidas, alcanza a ver los mocasines que alguna vez (como él) tuvieron un color vivo, pero el tiempo tiene ese capricho de oxidar hasta los más alegres colores, tal y como hace con el alma. Como buscando algo alza la vista, observa unos segundos en la puerta del placard, que dejó abierto el martes, deteniéndose en un estante vacío donde solo se encuentra un lápiz al que observara un largo rato, mientras naufraga en sus pensamientos.

Pequeñas hormigas se deslizan esquivando el santuario de colillas que hay alrededor de la cama, se dirigen hacia el azúcar esparcido al lado de la mancha de mate que posa sobre la cerámica agrisada. Ellas se mueven con total soberanía sobre toda la habitación, inclusive pasando por encima de sus pies sin ningún temor de ser molestadas, como si él fuese un objeto inerte o, peor aún, muerto.

De repente las claustrofóbicas paredes empiezan a zumbar un desagradable ruido, al sentirlo mira lentamente los blancos muros sin cuadros, pero finge no darle importancia (la ópera de la soledad llega a su momento más épico). Un recuerdo empieza a oprimirle el pecho, como si desesperado intentara escaparse de la prisión de una rutina sin risas. Como si el orgullo lo estuviera observando, trata de no darle importancia, mientras vuelve la vista al lápiz en el estante vacío, como esperando un movimiento. Todo es en vano, el dolor es tan grande que su rostro no puede fingir, en las mejillas siente la ausencia del cruel aire.

El aroma asfixiante del tabaco le cierra el estómago, pero resiste a moverse gracias al dolor en el pecho que poco a poco empieza a ser punzante y desgarradoras escenas brotan de su inconsciente obligándolo a quedarse. Comienza a ser preso del pánico por lo que busca reaccionar agarrándose el rostro y manteniendo la mirada nuevamente en el suelo. Las hormigas parecen muchos más rápidas y burlonas y el zumbido de las paredes produce un fuerte eco, lo ensordece. Su cara se arruga y siente perder la paciencia. Un olor putrefacto brota de las colillas prohibiéndole respirar, el ruido incesante de las paredes lo está enloqueciendo y siente un ardor que se traslada progresivamente a la garganta. Es un lápiz en un estante vacío.

Desesperado abre la ventana escapando de sí mismo, todo se calma y con tranquilidad vuelve a sentarse, alza la cabeza mira nuevamente al lápiz, un grito desesperanzado se desprende de su alma y sin consuelo comienza a llorar.

pencil


Autor: Civangal

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