Del lado de acá – Gian Blanco

Me sentí invadido por un sentimiento nuevo, una avidez de algo. Una energía extraña me tomaba como su conducto. Vi las puertas como el niño que ve la luz al nacer. No había otra cosa que hacer más que correr, tomar a los hombres por los brazos y a las mujeres por la yugular. Cada pedazo de ellos se retorcía en mi paladar, se sacudía con ánimo de escaparse, pero quien entra en mis molares ya no tendrá una nueva oportunidad de vibrar junto con los primeros rayos de alba.

Lo que más disfrutaba de estar muerto era la falta de sueño. Uno podía meterse por las calles y fingir ser parte del ambiente, a veces me gustaba creer que era sombra e imitaba a las producidas por los faroles o por los bancos de la plaza. Otras me entusiasmaba la idea de poder ser viento o algún sentimiento que necesitara de un medio para existir. Muchas veces intenté ser amor pero la pasión se apoderaba de mí y cuando trataba de controlarme terminaba destruyendo la imitación. La frustración que me generaba no poder ser amor era de tal magnitud que intentaba por varias horas sin conseguir nada. Durante el día, cuando ingeniaba maniobras para acechar a mis presas, reflexionaba sobre mi incapacidad para ser amor. Probé tratando de amar una piedra pero no recibía respuesta a mi afecto. Probé tratando de amar a un árbol, pero sus ramas mecidas por el viento me abofeteaban. La desesperación terminaba siendo mi tiempo, mi vida se medía entre reflexiones, entrañas y desesperación.

Quizás mi concepto de amor era errado, quizás no había que esperar algo a cambio. El amor nunca espera. Comencé entonces a dar sin recibir, di tanto de mí, a los autos inhabitados que adornaban las calles, a las calles, a las ramas caídas de los calistemos que completaban los espacios vacíos de las veredas, a los espacios vacíos, a los crepúsculos, al agua turbia de los charcos que trataban de imitar al cielo. Todo lo dí sin ya ganas de desprenderme de un gajo de mi afecto. Me resigné. El desánimo iba y venía entre bocados de brazos, cartílagos rotos, páncreas regurgitados e hígados de postres. Siempre fueron mi última comida por su sabor dulzón. Ya no quería correr a mi presa. Los niños dejaron de ser mi utopía, siempre fueron los más cuidados por los hombres para preservar a su raza. Hasta que un día lo sentí. Me sentí invadido por un sentimiento nuevo, una avidez de algo. Una energía extraña me tomaba como su conducto. Ví las puertas como el niño que ve la luz al nacer. No había otra cosa que hacer más que correr, tomar a los hombres por los brazos y a las mujeres por la yugular. Ellos trataban de salvarse y algunos de salvarlos. Se entregaban para que yo no devorara a sus esposas o hijos, luchaban contra mí para defender al otro. Se notaba en el brillo de sus ojos, en cada clamor de piedad, en cada grito en el que se les iba la vida. Entonces fui amor.

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