Un soñador en el Colón

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La noche tenía aroma a gala. No podía ser de otra forma en el prestigioso Teatro Colón donde, desde el primer momento el recibimiento está a cargo de la orquesta que interpreta piezas clásicas para acompañar la espera. “Don Quijote. El soñador de La Mancha” tematiza el episodio de las bodas de Camacho de la novela de Cervantes, añadiéndole una impronta característica. Al correrse el telón se nos presenta, a modo de prólogo, el Cervantes que todos nos imaginamos: solo en su biblioteca, con una luz cálida, y un escritorio lleno de apuntes en la lejanía, mientras él lee en un sillón. Lo vemos dormirse y recibir la presencia de una musa que le inspira la composición de su majestuosa novela. A partir de este momento, la musa ayudará a Cervantes a dar vida a su creación: lo vestirá como a Quijote y ella será su Dulcinea. A continuación inicia la historia presentada en la novela de Cervantes, como es de esperar, interpretada de un modo impecable por el ballet estable del Teatro Colón. Más allá del nivel de sus bailarines, la explosión de colores que se hace presente a partir del primer acto es un regocijo de los sentidos: jóvenes bailando en una plaza de pueblo con panderetas, una pareja de enamorados, la aparición de toreros vestidos de rojo y blanco y, poco después y, casi coronando el acto, la aparición de Don Quijote y Sancho Panza.
En los intervalos uno puede encontrarse señoras con tapados, niñas con vestidos y moños grandes, señores con zapatos brillosos y extranjeros en abundancia, que llenan los pasillos con sus conversaciones en extraños idiomas que intentar descifrar. Olor a café y la suave música de la orquesta acompañan el tiempo entre acto y acto.

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El segundo acto inicia en un campamento de gitanos, motivo para que, una vez más, el escenario se llene de los más exquisitos colores. Cada mujer con un vestido diferente, pañuelos en pelo e, incluso, alguna bailarina con el cabello suelto, caracterizan este momento. Poco después llega la puesta en escena del famoso enfrentamiento de Don Quijote con los molinos de viento, un momento lleno de pasión y dramatismo, a un punto tal que, primero Quijote y luego Sancho quedan exhaustos. Mientras duermen, reaparece Cervantes, observa a los personajes de su obra, y nuevamente aparece su musa- Dulcinea rodeada de dríadas que bailan alrededor del escritor hasta el amanecer; recordándole al espectador, una vez más, que todo es un artificio de Cervantes que está planeando la escritura de su obra cumbre.
La obra finaliza con un tercer acto en el que la celebración de una boda pone en escena los trajes más elegantes que hayamos visto hasta el momento para, finalmente, dar lugar una vez más a la aparición del genio creador. Los últimos instantes nos vuelven a llevar a la biblioteca de Cervantes, donde despierta y, gracias a la intervención de la musa, comienza a escribir febrilmente su novela.

 

Jazmín Dora

 

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