Gigante mamífero bordó sin vida – Daniel Arana 

EE

Esa música lo retrotraía a tiempos pasados y remotos. Tiempos del olvido escondidos en los oscuros rincones de la memoria. Se dormía. El libro, que ya se tornaba insoportable, se deslizaba por sus manos como una serpiente. Se caía al suelo y esto lo sobresaltaba. La música cabalgaba el espacio de la oscura habitación. La baba pendía indecisa de abandonar el cuerpo que le dio vida.

Música, libro y silencio.

Las paredes desaparecen. El paisaje esta vez es abierto. Se encontró mirando una cúspide nevada que le heló las entrañas. El viento zumbaba por entre los arboles y le corría una carrera al tiempo que como siempre le ganaría por perseverante. Ahí estaba inmóvil en esa húmeda habitación con el libro que, lentamente y con parsimonia, giraba su página. Nunca creyó estar así sentado en la cumbre de su vida leyendo un largo libro de aventuras inverosímiles. La orquesta a pleno como en sus viejos tiempos. Se trasladó momentáneamente a la sala de conciertos, pero una señora de ésas que nunca faltan, despachó con desprecio: “Ah… música moderna”.

60 abriles y contando. Sueños encausados por el río de la vida de estrecha margen y escaso cauce. Se recostó para sentir la tierra latiendo bajo su espalda. El llamado de las hierbas que tantas veces desobedeció. Sueño. Luna negra asoma por la ventana. El ardid de la noche lo envolvía y lo engañaba como tantas otras veces. Una estrella le guiñaba el ojo con su luz tal vez ya muerta hace siglos.

Solos el hombre, la música, el libro y el universo infinito.

El tiempo es denso como la vida misma. Espeso pasar de acontecimientos y aquí de nuevo con este individuo pensante. Lento caer de las hojas del almanaque como una lluvia eterna que todo lo corroe.

Cerrar ojos, abrir puertas. Paisaje verde-polifónico. Montaña lejana justo antes del sol. Ladera de espejo. Visión borrosa del lugar que refleja en la retina llorosa del hombre una cumbre helada. El viento zigzagueando arbustos rojo sangre color del destino. Amarillo redondel pendiendo de los hilos blanco nieve de la galaxia. Yerta masa refulgente detrás de la ladera arbolada.

El sillón lo abrazaba, lo acariciaba como ninguna mujer lo había hecho. Lenguaje escrito más volátil que nunca. Héroes increíbles sorteando los avatares del destino con una maestría inigualable solamente vista en la ficción. Lenguaje embustero. Se amoldaba complaciente al respaldo. Se restregaba con soltura en aquel que le brindaba su cobijo. Gigante mamífero bordó sin vida. Música, por fin música. La música era para él, lo que tenía que ser: timbre. Disfrutaba regocijado. Se relamía. El momento no podía ser mejor con la salvedad de que uno siempre debe  encontrarse con gente que realmente no merece la vida: “Ah… música moderna”.

Temprana adolescencia, primeros juegos, primeros besos. Savia eterna de la vida corriendo por las venas. Se encontrarían a las 20:00 horas en el lugar de siempre, la plaza de siempre, el banco de siempre. El aroma a tierra húmeda resolvía su resfrío en la rea Buenos Aires de antaño. Se agachó a buscar una bella flor rojo bermellón emergiendo por entre la mata impura. No, esto no es para mí. Motivo de numerosas páginas sin sentido volando por el aire. Zapatos marrones aplastando el improperio. Mancha roja esparcida por la tierra. Escupitajo poético rezumando inocencia y vulgaridad.

Ella no estaba. Esto no sorprendería a cualquier mortal, pero ella siempre solía llegar 5 minutos antes de lo convenido. Sólido restregar de manos. Crack de los dedos dispuestos a mostrar que están vivos. Enciende un cigarrillo con desdén. La llama se extingue antes de cumplir su cometido. Otra vez lo intentaremos querido fósforo. Llama incandescente que flamea al viento y danza su postrera coreografía. Ensaya los últimos pasos antes de decir adiós para siempre. Las paredes de la pieza estaban cubiertas de humedad. El paso del tiempo había dejado su huella impresa sobre ellas como sobre su rostro ajado y sabedor de épocas pletóricas de placeres y elixires que se derramaban sobre esa boca que aspira otra vez el cuerpo cilíndrico y humeante. El encierro, la falta de ventilación y la dejadez, habían trabajado sabiamente sobre las paredes externas de su rostro e internas de la casa. En ese estado soporífero, podía imaginar que las paredes se movían y lo encerraban cada vez más, lo apretaban, le cercaban el dejo de libertad que sentía este egregio ser en su pequeño mundo de nostalgias. No era de sentir alucinaciones como otros pero, en este estado de las cosas, la fantasía tomaba el cariz de lo real.

Lo insospechado, lo oculto podía emerger en este mundo de música, hombre, libro y universos infinitos.

No sé si fue el viento o un colectivo lo que la trajo. Cruzó la calle pisando decidida la alfombra áspera y dura. La alfombra pasa ahora a ser verde y no tan rechazadora y antinatural. Lo vio sentado en un banco. Como siempre, aprovechaba a fumar para que no lo vieran sus padres. Estaba mirando al vacío ensimismado en sus pensamientos. Revolvía sus cabellos con furia como buscando el pelo causante de la desazón del momento. Graciosa coreografía de dedos y pelos. La extraña danza del amor continuaba su marcha y desafiaba todos los movimientos imaginados por los más osados coreógrafos. Naranja, castaño, piel, cabellos grasosos.

-Hola… disculpá que se me hizo tarde.

Las palabras cabalgaron el viento. Perturbaciones en el medio con significación. Dominó físico de la lengua hablada.

Levantando lentamente la cabeza recorrió con la vista todo el cuerpo de ella y casi sin darse cuenta se relamió.

-No importa, para lo que hay que hacer.

Alambre verde resbalando por los dedos. Va hacia la boca, tira el cigarrillo, rojo y verde se mezclan. Masticar pasto. Vacas rumiando y, como siempre, la montaña con su cúspide helada detrás. El paisaje era totalmente favorable para las églogas, aunque… ¿quién está dispuesto a componerlas? El viento frío despertaba su conciencia.

Era cierto que las paredes se movían. Se podía decir, sin temor a equivocarse, que latían con desparpajo, es más, se reían de él. El mamífero bordó sin vida no lo protegería y él lo sabía. Revolvía sus cabellos con furia como buscando el pelo causante de la desazón del momento. El timbre, sólo el timbre lo salvaría. El libro cobardemente lo había abandonado. La serpiente que suele venir con ellos para morder, también.

-¿Cómo estás?- pregunto con desdén.
-Bien… y vos- respondió con despreocupación.

Vacuas oraciones escupidas y vomitadas sin razón de ser. Arcadas de lenguaje sin sentido. Simplemente cagar las palabras porque es lo habitual y es a lo que se debe atener cualquier humano ser. Pus espesa literaria derramándose por doquier. Retórica escatológica asfixiante y perogrullesca.

Avanzan las paredes. Ya nadie podrá detener su marcha incontenible. Ni siquiera con letras áureas se podría detener el atropello. La alfombra cede paso, se rinde cobardemente en la primera estocada de los ladrillos inquietos. Medroso y mohíno espera sobre el sillón bordó-vacilante. Patética imagen del hombre nostalgioso.

– ¿Cómo está tu papá?- vomitó ella.

– Sigue encerrado en su habitación, como siempre. A veces se escuchan gritos… algo así como  “música moderna”, o grandes risotadas, golpes, llantos, sollozos… Yo creo que si sigue así lo llevaremos al loquero.

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