Cero a la izquierda – Daniel F. Arana

EE

Nunca supo muy bien  cómo comenzó, pero lo que sí comprendió enseguida, era que algo había pasado, que ya su vida no sería la misma. Él era un hombre de los que comúnmente llaman “normal”, sin entrar en consideración sobre este término ni sobre la diferencia con lo “natural” y la tendencia a homologar los significados que se tiene desde algún lugar de poder. Normal en esta sociedad, en el sentido del trabajo, de la oficina, de la rutina; bueno, de todo eso que hace que algunas personas parecieran no sobresalir del resto pero que, en casi todos los casos, tienen algo que decir, que contar, y en otros casos más extremos, estallan en ataques de pánico, brotes de cólera violentos o en terribles depresiones suicidas. Hoy en día eso es lo normal, eso es lo que nos ha quedado de mundo; una masa inerte pero con una energía potencial capaz de estallar, ya no colectivamente, sino en forma individual y de manera de poder ser tratados como pequeñas anomalías de la sociedad, en beneficio de los laboratorios de psico-fármacos y de toda la comunidad de psicólogos y psiquiatras. En fin, normal y punto.

Este narrador, junto con el protagonista, no recuerdan cuando sucedió que la gente lo empezó a dejar de lado, a no darle importancia, pero no en cuanto a la valoración de capacidad o algo similar, sino simplemente a no darle “bolilla”, a parecer como si él no existiera para el mundo. Todo el que lee estas líneas debería (si tiene ganas) preguntarse qué es no significar nada para los demás, pasar totalmente desapercibido, saber que levantarse a la mañana no trae ninguna consecuencia, no significa nada, ni para uno mismo ni para los otros. Peor que un cero a la izquierda, pues éste tiene un dicho, está inmortalizado en el habla popular. Tal vez algunos cráneos de la comunicación, si se detuvieran un segundo a pensar en este tipo de exclusión, generalmente económica pero también las hay de otros tipos, se explicarían muchos más aspectos de lo que ellos llaman la violencia social o de la sociedad. No ser nada de repente, hiere como el cuchillo más cortante y sangra en demasía, no ya la piel, sino el cerebro, los ojos… Empieza desde adentro y recorre todas las venas y arterias, corroe y oxida el ser. Algo parecido sentía nuestro protagonista.

Lo que sorprende es que él no sabía, ni nosotros tampoco, por qué sucedía esto. Lo cierto es que un “buen día”, permítaseme la figura,  dejó de existir para los otros. No fue violento, sino él hubiera peleado, al contrario, fue algo paulatino. Nadie le recriminó nada, nadie le dijo que él era “una basura inservible”, que el mundo  con él continuaba perfectamente, que si se moría no le importaría a nadie; eso no pasó, las personas  empezaron  a evitarlo sutilmente, de manera que para cuando se dio realmente cuenta de lo que pasaba ya era un ente sin importancia y le sería muy difícil cambiar la situación.

Era un miércoles cuando llegó del trabajo y se sentó en un sillón a mirar la tele. Qué mejor preludio para la soledad absoluta que viviría más adelante, que una persona mirando sola la televisión. La virtualidad de la vida de otras personas le completaba su vacua existencia, mirar como en un teatro fantasmagórico las siluetas de individuos interactuar haciendo de otros, lo hacían sentir parte de todo ese circo, pero por supuesto sin la más mínima participación. Qué buen anticipo para lo que pasaría más adelante que ser espectador de vidas ajenas, si lo mismo pasó después; la gente no lo dejaría participar ni de los actos más cotidianos.

Ese miércoles llamó a su novia y no atendió nadie. No le dio importancia, podía pasar, podía estar ocupada o no estar o, como tenía identificador de llamada, no querer atenderlo. No tenía muchas expectativas sobre esta chica. Siguió mirando la tele. Hasta aquí podemos convenir con el lector, tal vez a la espera de algo más, que todo va por los carriles “normales”, nada para recriminar, nada para sospechar. Tal vez la vida de muchas personas, falta mayúscula, se resuma a esa sentencia: “nada para sospechar, nada para recriminar”.

Hizo café, ordenó un poco la cocina que había quedado bastante desprolija y desordenada de la mañana y siguió mirando la tele en su cómodo sillón comprado en eternas cuotas minúsculas. Se había dicho: “me clavo por cinco años, pero yo me compro el juego de sillones negro, se va a cagar…”.  De a ratos se quedaba dormido  y se despertaba si alguno de los personajes de la otra parte de su vida levantaban la voz en exceso. Después de uno de estos sobresaltos se quedó definitivamente despierto y le dio hambre.  Decidió llamar a una pizzería, no tenía ganas de cocinar. Contrario a lo que todos hubiésemos esperado, le tomaron el pedido, una grande de muzzarella, lo que sobra para el desayuno. Se sentó a esperar, la escena de la apariencia tornó a hombres corriendo detrás de una pelota por una alfombra verde. No sabía que partido era y no tenía interés de averiguarlo. Recordó que a él le hubiera gustado ser jugador de fútbol; nunca se decidió del todo y tan talentoso no era, a pesar de lo que decían sus tíos para agradarle y darle ánimos. Siguió esperando. Ya los actores de la televisión se confundían en un ballet espantoso de predominante tonalidad verde. Volvió a llamar y se cortó la comunicación. En ese momento recordó que tenía sobras de la cena de ayer y, por lo tanto, el incidente de la pizzería pasó desapercibido. En un arrebato de cariño, intentó comunicarse con su novia, nada… Definitivamente era un buen día para acostarse temprano y olvidar todo, incluida la señorita.

Al otro día su sorpresa por la indiferencia de la gente fue en aumento pero, pese a esto, lo adjudicó a una mala racha que continuaba el clima del día anterior. Una simple y pura casualidad. En el ascensor, la vecina de voz impiadosa no lo saludó, es más, sino pone la mano le cierra la puerta en la cara. Desde ya que como los dos iban a la planta baja, no hubo problemas a la hora de apretar el número de piso. En el colectivo, insistió en el valor de su boleto para poner las dichosas moneditas en la máquina que, pensó en ese momento, no le podía ser esquiva. La maquina no, pero sí el maquinista.

-¡Qué mierda pasa!- dijo en voz alta, como mordiendo las palabras, haciendo con la “r” el ruido de un motor en marcha,  pisando con todo el peso de su cuerpo y de sus dientes   la consonante.

-¡¿Cómo puede ser que estos reverendos hijos de puta sigan ahí sin decir nada?!- Esto lo dijo para su interior porque le pareció demasiado fuerte.

 Tuvo suerte que en su parada se bajó otra persona y, aunque casi queda atrapado por la puerta, logró salir airoso de una cuestión que lo tenía muy preocupado durante el transcurso del viaje. Caminó un par de cuadras a su trabajo. Ahí sí que no lo sorprendía la indiferencia y la enajenación de los habitantes mudos de la ciudad en pleno arranque, en pleno desarrollo de sus capacidades productivas y, por lo tanto laborales. Eso era “lo normal”, lo cotidiano.

En el trabajo siguieron las “rarezas”. Cuando entró, no pudo pasar la tarjeta para marcar su hora de entrada, la maquina no la tomó. Se empezó a agolpar la gente y él sentía que lo empujaban hacia adentro, siempre sin violencia, paulatinamente.

-¡Pasá  igual!

 Escuchó una voz indescifrable que no había oído nunca. Miró para todos los costados y las personas que estaban alrededor le bajaron la vista, incluido el vigilante. Definitivamente nadie había emitido sonido o no se hacía cargo de su fonación. Su  desesperación y angustia crecían a la vez que lo iban resignando a aceptar las cosas como estaban  e ir metiendo todos los acontecimientos en su definición de “mundo normal”. Era así, que iba a hacer.

El lector y quien suscribe estas líneas sabemos que la resignación lleva a la dejadez y a la inacción. También es cierto que ese “dejarse estar” es atropellado y acobardado por un deseo de supervivencia interior que, mal resuelto, nos hace más conscientes de la pésima situación que estamos viviendo, que estamos padeciendo. Estos espasmos de lucha todavía no habían brotado, él era sólo dejarse estar, resignación, ver pasar, no ya el minutero, sino las horas; ese estilete que nos va abriendo y desgarrando a medida que gira y nos va dejando descubiertos y con las entrañas al aire, nos despelleja y nos empuja hacia el abismo. En el colectivo intentó algún tipo de respuesta de sus congéneres pero… nada, no hubo caso.

Ya en su escritorio, se sentó a pensar un rato. Lo que pensó, no lo sabemos; podemos conjeturar que estaba preocupado porque la única persona con quien tenía trato en la oficina había dado parte de enfermo y no se sabía cuando volvería. El trabajo se redujo al mínimo, tareas atrasadas y algún que otro problema menor pero generado por él, porque nadie le trajo nuevos trabajos a su escritorio. No emitió palabra en todo el día. Encima las máquinas expendedoras de café y sándwichs le impedían hacer algún tipo de contacto, aunque sea con el mozo, como pasaba en esos grandes bares o comedores que tenían los edificios de oficina de antaño, y que aún conservan algunas fábricas, y en donde el contacto con el compañero de trabajo es inevitablemente saludable. Ahora no, tomó café, almorzó y todo sin emitir palabra, toda la operación mental que realizó fue ordenarle, vía cerebro, a su mano que saque monedas del bolsillo derecho y las deposite en la fría máquina. Así transcurrió el día y, cuando llegó la hora de irse, apagó la computadora, ordenó un poco su escritorio y se fue. En el camino de salida no se cruzó con nadie. Esto si fue una sorpresa, porque a esa hora la circulación por los pasillos del frío edificio era abundante. Pensaba que era casi imposible no haberse cruzado con nadie. Lo del colectivo a la vuelta fue lo mismo, pero con la diferencia de que estaba tan lleno que ni llegó a la máquina de sacar boletos. De nuevo en casa, sentado en el sillón, en silencio… mucho silencio.

Apelo aquí nuevamente al lector para que imagine y describa para sí mismo la angustia que sintió nuestro personaje. Inútil sería escribirlo. Él sentado solo, analizando los últimos acontecimientos, bueno… se sabe. Lo que podemos decir es que sintió un pequeño malestar físico que no había experimentado antes. Como un dolor interno que no sabía muy bien de donde venía. Cocinó algo, miró tele, se acostó y se durmió.

Se levantó con pesadez, le costó mucho, como si su cuerpo ya sintiera el efecto de la indiferencia del mundo hacia para con él. Todo lo que realizó esa mañana le supuso el doble de esfuerzo. Desde vestirse, lavarse la cara, hacerse el café y hasta salir a la calle, fue más una actividad física que una actividad rutinaria. En el camino al trabajo pasaron cosas similares al día anterior que no merecen ser contadas. Llegó a su escritorio y encontró una nota que decía:

 “Está despedido, pase inmediatamente por la ventanilla a cobrar lo que se le adeuda y retírese. Usted no pertenece más a esta empresa”.

Sin firma, el papel blanco se deslizaba por sus nerviosos dedos. Buscó con la mirada alguna respuesta y nada. Se decidió a buscar con algo más que con  la mirada, alguien tendría que darle alguna explicación. Su jefe inmediato superior no estaba, el de más arriba tampoco, nadie le daba ni algo parecido a una respuesta. Volvió a su escritorio y con espanto observó sus cosas ordenadas en una pila a un costado de la mesa de trabajo. También vio a una persona nueva en ese sector esperando en un rincón y que miraba para su lado disimuladamente. Cuando él lo miraba, la misteriosa persona bajaba la vista. Se fue a buscar a alguien que le dijera algo. Anduvo por pasillos y oficinas como un loco desquiciado sin saber por donde pasaba ni donde entraba. Sólo paró en un momento a enjuagarse la cara y recordó por un instante que se sentía mal, algo le dolía. Se empapó con agua fría creyendo que eso le aportaría lucidez. Imaginó a la misteriosa persona  sentada en su escritorio hablando y trabajando con normalidad, como si fuera él. “Tomar el lugar de otra persona, que lindo sería”, pensó. Lo vio apretar enter, tomar café, mover los dedos con plasticidad por todo el teclado, tomar el tubo del teléfono y reír con complacencia. Se mareó y casi se cae, se agarró fuerte del lavamanos. Le dolía todo el cuerpo y, por esta razón, no podía precisar con exactitud que parte le dolía más. Cerró los ojos…

Cuando los abrió al cabo de un tiempo, que pudieron ser varios minutos porque la noción de tiempo estaba trastocada en ese momento, se secó la cara con unas ásperas toallas de papel y se miró al espejo. Se vio avejentado y afeado, a pesar de que  su autoestima era buena por lo general. Salió del baño y enfiló para “su escritorio”. Los fantasmas escriben, toman café y hablan por teléfono.

-¡¿Qué hacés en mi puesto?! ¿Quién te mando para acá?- exclamó sin obtener ninguna  respuesta.

Lo interpeló con la mirada… y nada. Se sentía un estúpido ahí parado, hablando solo, sin obtener ningún tipo de contestación. Lo sacudió… y nada. Le pegó una trompada, jamás pensó que pudiera hacer esto a esta altura de la vida, esa época había quedado superada de su etapa escolar; le pegó una tremenda piña y el espectro (bastante parecido a un hombre de carne y hueso) se balanceó como esos muñecos con arena en su base y cuando volvió a su estado de reposo, después de pendular, se acomodó los pelos y siguió su trabajo. ¡Ni siquiera se tocó la mandíbula!. Pensó que la piña no había sido buena y le asestó un segundo golpe, esta vez con toda la fuerza posible. Nuevamente el hombre-muñeco se inclinó y volvió a su posición y rictus anterior. Pensó seguirle pegando pero se sentía muy cansado, sin fuerzas y, además, le dolían tremendamente los nudillos de su mano derecha por los golpes rectos y certeros que había propinado hace un instante en la insensible mandíbula.

-¡Cagarlo bien a trompadas hasta que alguien reclame por él, interceda y no lo mate ahí mismo causando una tragedia de proporciones!.

Ahora bien, pensó, nadie lo protegía, pero seguía ahí, impávido, impertérrito y él ya no le podía pegar más. ¿Quién le brindaba la real protección?. ¿Cómo podía pasar esto?

En fin, viendo que nada cambiaba, que todos le eran indiferentes, que no existía para nadie, bajó los brazos y fue para la ventanilla. ¿Qué iba a hacer?, estaba totalmente resignado. Llegó al lugar de pago y no había nadie, sólo un sobre a su nombre. Revisó la plata y, en rápidos cálculos mentales, comprobó que era más o menos lo que le correspondía por el despido. “Con esto voy a tirar por un tiempo”. Así terminó su relación con el trabajo, no más levantarse temprano. Se fue a su casa con un dolor profundo y una angustia en aumento.

Pasaron los días y se sintió cada vez peor. Su salud se fue deteriorando y, como supondrá el lector, ningún médico de los cuales llamó por ayuda, acudió a su rescate. Agotó todas las posibilidades telefónicas y nada. Realmente no existía para nadie. Abría la puerta, patética imagen, y gritaba por el pasillo de su departamento y nadie respondía. Lo que es peor, los necios vecinos que tantas veces se habían quejado por el ruido, no emitían la menor señal de estar en su casa o existir. Totalmente deteriorado, realizaba las tareas mínimas de su casa hasta que ya no hizo nada más. Se acostó a esperar. ¿A esperar qué?. A esperar, sólo a esperar. No comía. Nada. No era nadie. A veces hablaba para ver si todavía tenía voz, si podía producir la bendita fonación aunque no existiese ningún interlocutor, ya no le importaba. No le importaba nada. Esperar. Silencio, mucho silencio.

Su corazón dejó de latir un lunes a las 13:30 horas aproximadamente, justo en unos de los momentos más activos y con más movimiento de la semana en las grandes urbes, broma macabra del destino. 13:30 y un poquito más, sonó el teléfono. Por supuesto no atendió nadie. De las imágenes que uno puede recrear en la mente, tal vez el lector concuerde conmigo en este juego mental, ninguna debe ser tan desoladora, aterradora y desconsoladora como ver a una persona tirada, sin responder y un teléfono que suena constantemente en un tétrico continuo. Sabemos que nadie va a atender, pero no podemos actuar, solo contentarnos con mirar como en un teatro fantasmagórico e inerte al occiso exánime y el teléfono sonando y sonando en una perversa cantinela. Al rato, y para agregar más dramatismo a nuestra escena, empezó a sonar el timbre de la puerta del departamento de nuestro triste y desdichado personaje caído tan en desgracia. Primero sonó tímidamente y después cada vez más seguido y con más fuerza. Situados en ese escenario tan perturbador nos encontrábamos con el lector, cuando de repente se hizo un silencio sepulcral, de muerte… claro. Nos miramos para ver que estaba pasando y ninguno se atrevió a emitir palabra. Quisimos tocar el cadáver pero no nos animamos por pudor y respeto al desgraciado ser. Recorrimos la habitación en silencio, escrutando todo con paciencia, pero no sin gravedad, pegados, casi rozándonos y sin decir nada.  No tocamos nada. Yo me tenté con un álbum de fotos  que había en una repisa, pero la mirada del que estaba conmigo me interpeló y tuve que dejar los recuerdos congelados en el tiempo en su lugar.

Flor de susto  nos pegamos cuando sentimos pasos presurosos y sonoros por el pasillo y luego vimos un hacha penetrar la puerta de entrada al departamento; la estaban rompiendo para poder ingresar. El cotorreo era incesante. Había una voz de mujer joven que me llamaba mucho la atención y que se apoyaba, por sus pantuflas y su bata, en una vecina del lugar que emitía ríspidos sonidos y lloraba desconsoladamente. Nos corrimos un poquito para no molestar. Un médico revisó a nuestro personaje, aunque a decir verdad no se necesitaba ningún título, y comprobó su certera muerte. Gritos y más gritos, llantos, muchos llantos y agitación en aumento. Cada vez más y más gente. De a ratos se escuchaban comentarios del tipo: “¡Cómo pudo pasar esto!” o, “¡nadie se dio cuenta antes de cómo estaba este pobre muchacho!”. Yo pensé que en este caso, por lo menos de muerto, se acordaban de él, hay otros que se van en el más oscuro de los ostracismos.        “¡Qué tragedia!”. Pero de todas las conversaciones o frases sueltas que más me llamaron la atención hubo una en que una persona a los gritos decía que la sepultura la iba a pagar él y que no había posibilidad de discusión alguna. Nos miramos. Siguió: “como representante de la empresa a la cual perteneció el recientemente  fallecido, nos haremos cargo de todos los gastos del velatorio y el entierro”. Después de estas declaraciones se hizo un silencio que denotaba que todos estaban de acuerdo con la moción. Todas estas charlas, y era lo que más nos asombraba, se producían con el muerto ahí tirado, testigo mudo de la situación.

Al rato y entre llantos se llevaron al cadáver cubierto con una manta de un color indescifrable, un blanco-amarronado-negruzco-pardo. Lo bajaron por las escaleras porque les pareció un despropósito llevarlo parado, con ayuda por supuesto, y no resultó para nada una tarea fácil, ya que el codo de la escalera, donde doblaba cada medio piso, era muy estrecho y, patéticamente, los pies y la cabeza chocaban o, con las paredes o con la baranda de la misma. La comitiva siguió la procesión y nosotros no pudimos hacer menos. Estuvimos en el velatorio toda esa tarde-noche, hasta comimos algo y tomamos café. Según nos contó el encargado del lugar, pocas veces hubo tanto movimiento, tanta gente. Dijo que, si bien era un lugar muy popular para este tipo de macabros eventos, nunca el ambiente había sido tan ruidoso y tan alborotado. Encima todos se echaban la culpa entre sí, dejando una imagen patética, mientras echaban una corona más de flores sobre el cajón. “¡Qué alboroto che, un poco de respeto por favor!”, se escuchaba cada tanto en el ambiente bullicioso de la casa de sepelios.

La caravana de autos fue monumental; cuadras y cuadras de coches que seguían ansiosos al féretro. Nosotros conseguimos meternos en un auto semi-vacío. El chofer nos confesó que no conocía al muerto pero que sentía un extraño impulso y necesidad de ir tras el fallecido. Llegamos al cementerio y el volumen de los llantos crecieron cada vez más. Recuerdo haberme arrepentido de no llevar una campera de abrigo porque el frío nos helaba los huesos.

Cavaron la tierra e hicieron el pozo, depositaron el ataúd y lo empezaron a tapar. Algunos le tiraban tierra encima con las manos, a nosotros ni se nos ocurrió, en parte para no interferir y porque nos íbamos a ensuciar mucho las manos y no teníamos nada para limpiarnos. Flores encima y la gente se empezó a dispersar. Lo mismo hicimos nosotros procurando conseguir algún auto que nos llevase al lugar de donde habíamos partido.


Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

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