El caserio – V. Suárez

Cantonera al hombro, ángulo perfecto, tiro certero. “¡Reluciente!” pensó Adón, el cañón de su Remington brillaba más que el rostro de Apolo esa mañana.

Abril parecía traer la paz tan ansiada hace años, había conseguido posicionarse a la distancia necesaria de sus problemas. Miró por la ventana, el monte se llenaba tímidamente de color, invitaba a salir. Llenó el jarro con agua y lo colocó sobre la hornalla, la llama azul acariciaba levemente la base del cacharro, lo suficientemente lejos como para no dañar el metal, lo suficientemente cerca como para hervir el líquido… “todo es una cuestión de distancias”, se repitió para sus adentros. La realidad se le revelaba cual obra impresionista, pasado, presente y futuro se unificaban en un lienzo de Pissarro. Lo real, la realeza, la palabra del rey… esa misma que lo había condenado al exilio, al destierro.

La legión en la palma de su mano se había escurrido entre sus dedos. Alienado, enajenado, en ajeno, en el otro… ese otro, ese gran otro que ya no estaba. Tomó su parka, el estuche con la escopeta y cruzó la puerta. Decidió no ir por el sendero, ese día deseaba algo especial, diferente, era un día especial aunque no sabía porqué. Recorrió el bosque por más de una hora hasta encontrar un lugar propicio para el acecho. Un seco y derrumbado abeto parecía el cubil perfecto. Se sentó, acomodó su carga y cerró los ojos por un momento, el perfume de Perséfone invadía sus sentidos, activó sus recuerdos… se desdibujaron las distancias, sobrevinieron los anhelos.

Intentó no pensar, era malo hacerlo, nada que conllevase dolor merecía existir. Metió la mano en el bolsillo interno del abrigo y sacó el esnifador. El olvido, su amigo fiel el olvido. Todo se detuvo hasta que escuchó una rama crujir… Cantonera al hombro, ángulo perfecto, tiro certero… la liebre no lo vio venir, no sintió dolor, nada que conllevase dolor merecía existencia.

Fue en busca de su presa, que yacía inmóvil sobre la pinocha. Por un momento sintió envidia, un gesto de familiar extrañeza se dibujó en su rostro. Un ejemplar tan virtuoso, tan noble, tan hábil, se ofrecía ante él, ante el patético Adón. A diferencia de los animales, en donde la virtud está en el código genético de la especie, en el hombre esta es azarosa, no todos la poseen, muchos la codician, otros le temen.

Virtud caprichosa, que se corona con espada divina. Defecto especifico, que se galardona en tierra. Recogió la cena entre refunfuños, la sombra del pinar ya no le permitía ver con claridad, era hora del regreso. Bajó por el monte hacia el llano. Cruzó la puerta de madera. El silencio, único anfitrión. El agua se había consumido y el cacharro permanecía, febril, aun sobre la hornalla encendida. Nada que conllevase dolor merecía existir, pensó con insano valor. Cantonera al muslo, ángulo perfecto, tiro certero.


 

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Autora: V. Suárez

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