Una mañana de otoño – Daniel F. Arana

EE

La muerte, afirmación absoluta e irrefutable de la vida, cambió sustancialmente su forma de sopesar el universo. Vio la carne pudriéndose en la tierra y siendo devorada por famélicos gusanos. Vio la lágrima cayendo pesarosa del ojo unánime de los parientes de la eternidad. Escuchó el estruendoso golpe de esta lágrima sobre la núbil tierra. Advirtió la pisada soez de los zapatos sucios de intolerancia. Vio a la noche serruchar al día y al día penetrar complaciente a la oscuridad. Bebió la sangre derramada por los cuerpos acostados displicentemente sobre el asfalto. Vio el estallido extasiado de la cara de su esposa teniendo el mejor orgasmo de su vida con su hermano. Escuchó la cerradura escandalosa que abre las puertas de la desazón y la infelicidad. Se sentó en la falda del semáforo que decide la vía del azar que tomaremos. Se sumió en un profundo sueño nostálgico de pasos torpes y cortos que llevaban a manos largas esperando al otro lado del jardín ocre – plata- áureo de la casa. Conoció, por fin, el mártir que responde por todos ante los arrebatos de los poderes superiores. Conoció la angustia del sexo rutinario e intransigente. Aspiró los olores de la mañana adormilada sobre las piernas de alguna mujer, la mujer. Vio a su hija mezclando Rohynolp con un detestable vino cargado de alcohol etílico para empezar el viaje ecuménico por la estratósfera. Vio el reflejo del cuchillo sobre los ojos del cadáver, del niño, del padre, del sábado atormentado por luces azules que giraban en torno a su cabeza. Observó los ojos de los peces, del buey, del hombre y, por fin, de los dioses. Vio al sepulturero alejarse con su andar cansino. Escuchó el ruido de la puerta de la piecita, del fósforo efímero, el gas silencioso, el fuego danzante, el chorro de agua, la pava donde la tapa deformaba su cara, la yerba caer sobre el jarrito de aluminio, la misma yerba ensanchándose ante la catarática caída del agua caliente, los labios succionando el líquido verde y el choque de la escupida sobre la tierra núbil. Vio al sepulturero tomar mate mirando las lápidas de los muertos en aquel lejano cementerio. Vio a un hombre caminando por la calle desaforado chocándose con torpeza todo lo que se le ponía adelante. Leyó la poesía atroz, la prosa falaz, la novela inútil y la obra incompleta. Charló profundamente con su padre en el momento de exhalar su último suspiro. Acarició las manos de su madre postrada en una sempiterna cama de fierros blancos. Besó esas manos con los ojos empapados en lágrimas que caían pesarosas sobre el piso áspero.


La mañana era otra de las tantas. Los párpados pegajosos lo empujaban nuevamente hacia la cama. Se lavó la cara con el agua fría que despierta la conciencia; también se lavó las fauces fétidas por la noche larga y reparadora. Se vistió y fue a la cocina a desayunar. Prendió la radio. Los mismos estúpidos, hablando las mismas estupideces de siempre y con la misma voz estúpida; pero los estúpidos le hacían compañía. Preparó el mate y se sentó en la mesa a leer el diario. Los mismos idiotas, escribiendo las mismas idioteces de siempre y con las mismas palabras idiotas; pero los idiotas le hacían compañía. Él tal vez era uno de ellos. Lo intuía pero de ningún modo tendría la certeza absoluta si seguía el rito mañanero con esa parsimonia digna de los actos de protocolo. El protocolo al carajo. Se quemó con el agua caliente la pierna derecha. Ésa con la que se levantaba todos los días pisando fuerte para que el mundo se enterara que él venía a la carga. Ésa con la cual pateaba con fuerza a los perros callejeros sarnosos que tanto lo molestaban. Ésa que pateo el vidrio y lo rompió en mil pedazos dignos del puntillismo más acérrimo. Ésa que ahora secaba con el trapo blanco y sucio.
Abandonó su propósito de desayunar con mate y se fue a la pieza a terminar de cambiarse y vestirse para salir a que el rey de los astros le entibiara la cara en una apacible mañana de otoño. Subió escaleras, abrió puertas, cerró cierres, bajó escaleras, meó largo y tupido, tiró cadenas, acarició el espejo donde se reflejaba su inerte expresión amorfa, lavó manos, maldijo de lo lindo, chocó dedo gordo del pie derecho con borde de puerta, puteó a lo grande, penetró habitaciones, penetró pantalones, maldijo la humedad, río por las noticias de la radio, río la radio, oí dar al oír, prendió botones, rascó cabeza, rasgó botones prendidos a la cabeza, miró por la ventana a la vecina de tumultuosos pechos, enjuagó bocas, tiró papeles, agarró papeles, río, sonrió, esbozó una sonrisa, mostró dientes blancos, ajustó cintos, maldijo a la humanidad que en ese momento era toda él realizando maquinalmente la coreografía mañanera en una ubicua mañana de otoño. Blandió llaves en el espacio, cerró la puerta, se dio vuelta y enfiló para la oficina.
¿Para qué describir el momento sublime del camino al trabajo? ¿Podrá mi humilde pluma en la gélida noche rememorar paso por paso los acontecimientos que suceden en un camino al trabajo bajo un febo tibio de otoño? Los chorros de tinta azul que ahora vierto como cataratas desbordadas y hambrientas ¿podrán ser suficiente reflejo de la secuencia “camino al trabajo”? ¿Sabré describir “objetivamente”, sin emitir mucha opinión, los eventos magnánimos ocurridos en el camino? Yo creo que sí. Creo que a pesar de que mi entendimiento no es mucho, intentaré atrapar en prosa los evanescentes sucesos de la mañana. Ahí va… cerró la puerta y fue al trabajo, vio a los mismos rostros sin identidad de siempre. Todos iguales, pensó. Abrió la puerta del edifico de oficinas y entró. Vieron… era fácil. No es necesario contar cuando un auto atropelló un hombre y esparció sus huesos sobre el asfalto, o cuando compró un cuchillo para cortar el pastel de almendras, o cuando la vecina de gentiles tetas lo invitó a pasar a su casa y sin más le desprendió su bragueta e hizo un buen trabajo (el marido no está), o cuando un hombre que volvía de su trabajo (roba comercios) lo chocó como chocaba todo lo que se le cruzaba, o cuando vio a dos viejas charlar del tiempo en una esquina, o cuando una mano se posó suave en su hombro y le dijo: “te buscaba”, o cuando una bomba estalló en la esquina. Era fácil describir una ida al trabajo. Un hombre es todos los hombres. Una mañana de otoño es todas las mañanas de otoño. Una ida al trabajo es todas las idas al trabajo, de aquí a la eternidad.
Irrumpió en la oscura habitación con la certeza de estar haciendo lo correcto. Hay humanos o personas que merecen la muerte, pensó. El pensamiento de los hombres ordinarios y extraordinarios de Rascólnicov le atravesó el cráneo y lo empujó a entrar y realizar su cometido. Agarró el frío picaporte y entró en la habitación. Tanteó con las manos el espacio para ubicarse. Poco a poco sus pupilas se fueron acostumbrando a la escasez de luz. Sus pies se arrastraban esperando encontrar algún mueble o algún objeto tirado en el piso. Por fin, vislumbró toda la ubicación del inmueble. A la derecha estaba una cómoda con los cajones mal cerrados que dejaban ver medias con intenciones de escaparse de la prisión a la que fueron sometidas. Arriba de la cómoda había fotos de recuerdos familiares. En estas, una cara se repetía con insistencia y correspondía exactamente con la ballena que roncaba en la cama. Documentos, papeles, monedas, libros, una billetera, perfumes y desodorantes varios completaban el cuadro de la parte superior de la cómoda. Arriba un espejo devolvía la imagen de la pieza y la prolongaba sin fin hasta el infinito. Se vio en el espejo. Vio su rostro adusto ante semejante propósito. Nunca lo había visto así, la cara con cortes bruscos, arrugas normales y ojeras un tanto exageradas, le parecía apreciable. Era la primera vez que estaba complaciente con su rostro. En esta y otras cavilaciones se le iba el tiempo, que no era mucho. Una cómoda es todas las cómodas. Un crujir de maderas lo sobresaltó. El elefante se había dado vuelta dándole la espalda. Pensó que así sería más fácil matarlo, no vería su cara. Después rectificó esto y advirtió que en realidad la idea era ver la cara de desesperación, la idea era gozar con la cara de la muerte. Podría ser más linda la cara de la muerte, se dijo para sus adentros. El tiempo pasaba imperturbable. Al fin, blandió el cuchillo en el espacio. Atacó primero las piernas del animal para conseguir que se moviera menos. Las cuatro cuchilladas sobre la pierna derecha fueron suficientes para inmovilizar al mastodonte. «Aaahhh». El grito recorrió la habitación y retumbó en los tímpanos del justiciero. Rápidamente se sentó sobre las piernas y con sus pies pisó los dos brazos para que no entorpecieran el trabajo. Esto costo bastante, las ballenas tiene fuerza.

-Esto… es por la humanidad- le dijo.

Acto seguido le propinó una serie de puñaladas sobre el pecho fuerte, la sangre manaba como de un manantial. Disfrutó la cara que se contraía espasmódicamente de dolor. Esta no podía ser la cara de la muerte, pensó. Clavó y clavó el cuchillo hasta que el toro lanzó su postrer bufido y no ofreció más resistencia. Miró esa cara por última vez y se retiró de la oscura habitación corriendo. En las escaleras se chocó con dos viejas. «Cuidado joven». Salió al pasillo del edificio de departamentos, de la calle… al… y abrió la pesada puerta de salida. Cerró la puerta, se dio media vuelta y enfiló para la oficina.


Autor: Daniel F. Arana, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s