Pablo Aguirre-La sinfonía antes de comer

Agustina tiene veintitrés años. Pelo largo negro azabache, ojos grandes verdes y una piel blanca como la nieve.

Ella tiene una actitud particular frente a las rutinas, las odia. No tolera hacer lo mismo una y otra vez. Con este motivo, desarrolló una obsesiva forma de hacer su vida.

Todos los días camina por calles diferentes, viste diferente lo más posible y trata siempre con alguien nuevo, para contrarrestar ver a sus mismos compañeros del conservatorio donde va. Y como no tiene tiempo para cocinarse, come en diferentes lugares de la capital. Y no le molesta movilizarse de barrio en barrio si es necesario solo para encontrar un restaurante nuevo.

Toda esta obsesión le ha costado su profesión de pianista. Siempre estaba intentando tocar nuevas melodías cada día que asistía al conservatorio.
Su mentor le advirtió varias veces que las canciones se hacen de a poco, como plantar un árbol. Y que estar hasta altas horas de la noche buscando una nueva sinfonía para el día siguiente, solo decaería en un estrés inevitable.
A pesar de esto, Agustina no podía controlar su estilo de vida. Sólo hasta que el destino la hizo recapacitar de aquello. No siempre es necesario hacer algo nuevo cada día, sino disfrutar cada momento. Sea nuevo o el mismo de siempre.
Habiendo entrado en clima en la vida de Agustina. He aquí que contaré en 7 días la historia, para que el lector se guíe de los acontecimientos que sucedieron.

Lunes: Almuerzo, Ratatouille
Agustina se encontraba como era esperable (es extraño pensarlo, ella había convertido su ida a lugares nuevos en una rutina rompiendo su propio odio a las rutinas), en un nuevo restaurante, en un nuevo barrio.
El restaurante se llamaba “El tesoro perdido”, en Palermo.
Un lugar rústico. Nada de lujo. Exceptuando el sofisticado menú con el que contaba el lugar.

Todo se ambientaba en madera de roble oscura, dando un toque antiguo y tradicional. No había muchos comensales allí. A Agustina poco le emocionaba aquello, solo esperaba después de una mañana agotadora en el conservatorio, un momento para relajarse comiendo.
Se sentó en un mesa cerca de la ventana, y fue al instante abordada por el mozo que traía el menú correspondiente.

Agustina es de imaginar la comida en su mente antes de pedirla, por lo que le llevó un tiempo leer cada platillo puesto en el menú. En un momento, se detuvo en el famoso manjar de verduras ratatouille. Y llamó al mozo para indicarle su pedido.
Todo muy normal y aburrido… al estilo de Agustina quien a pesar de llevar una vida anti rutina, no vivía emociones sobresalientes en cada momento nuevo que protagonizaba.

Mientras agitaba su copa de gaseosa, solo para escuchar ese burbujeo que la relajaba, al instante se acercó el mozo con el ratatouille. Agustina se sorprendió ante tanta rapidez del servicio a pesar de ser unos pocos en ese restaurante.
Giró su mirada hacia la ventana rectangular que daba una pequeña vista de la cocina para ver cuánto personal se encontraba allí. Sorprendentemente, había solo un cocinero con su sombrero tradicional de chef. Un hombre aparentemente joven que le dedicó una sonrisa durante su encuentro de miradas instantáneas. Agustina se dio vuelta sin responder a eso, y se sintió avergonzada por ese encuentro inesperado.
Para olvidar aquello, Agustina tomó sus cubiertos para probar aquel plato que humeaba de tentación. El tenedor se introdujo en las verduras produciendo un crujido y posterior salida de humo caliente de su interior. Agustina lo acercó a su pequeña boca con labial color rojo, y lo comió, deleitándose de cada ingrediente que se complementaba uno con otro. Sintiendo ese toque crujiente que le dio el horno a la preparación. Sintiendo cada condimento en cada verdura. Era como un baile de sabores bien coreografiado. No era algo normal que sintiera tantas sensaciones en un sólo bocado.

Agustina sintió un paroxismo total en ese manjar. Comió cada bocado con más emoción hasta culminar en un sorbo de agua para calmar ese baile de sabor que había nacido en su boca.
Jamás se había sentido tan emocionada a través de una comida. Allí le surgió algo. Estaba en pleno éxtasis de inspiración. Llamó rápido al mozo. Le agradeció la comida, pagó la cuenta. Y salió disparada hacia la boca del subte para ir hacia su departamento.

Al llegar allí, sin dudarlo, se sacó sus zapatos y el vestido que llevaba puesto. Y en ropa interior, se sentó en su piano de cola que brillaba ante la luz de su ventana y comenzó a deslizar sus dedos en cada tecla. Tenía un pentagrama en blanco frente a ella. Tomó un lápiz y empezó a escribir una maravillosa nueva melodía, disfrutando ese placer inspirador que le dio el ratatouille.
En un momento dejó de escribir para solo disfrutar como sus dedos iban suaves como una pluma en cada tecla. Sentía una excitación plena en su cuerpo semidesnudo, hasta que le temblaron las piernas y se agitó. En eso detuvo la melodía para volver a respirar correctamente.

Martes: Almuerzo, Espaguetis a la boloñesa
Agustina se quedó toda la noche pensando en aquella situación que vivió en el restaurante. Allí le vino a la mente, el joven chef que le sonrió sin obligación ni pidiendo nada a cambio. Nunca había sentido tantas emociones. Algunas, extrañas para ella, como su temblor de piernas mientras hacia sonar su piano. Todo aquello por ese plato de comida.

Su mentor se reía esa mañana del absurdo de Agustina sobre que en cinco minutos había escrito una nueva melodía para piano. Ya no le creía sus excusas para evitar controlar su obsesión con lo nuevo. Y ella tampoco creía que ese manjar le había producido aquella inspiración.

Llegaba la hora del almuerzo, Agustina se comía sus uñas de los nervios. Estaba extrañamente, viajando a “el tesoro perdido” para volver a almorzar. El fantasma de la rutina acechaba. Pero ella solo se respondió con lo siguiente: Iría al mismo lugar, pero se sentaría en un lugar diferente. Eso cambiaría la noción de rutina. Y aquello calmó al fantasma.

Al llegar al lugar, se encontró con casi la misma cantidad de gente. Se sentó esta vez en una mesa del centro, y el mismo mozo se le acercó con el menú. El se dirigió amable y alegre diciendo:

-Que bueno que volvió señorita. Hoy tenemos de menú del día Spaghetti a la bolognesa. El Chef Santorini esta haciéndolo justamente ahora para otros comensales. ¿Le apetece?

Ella hizo una sonrisa nerviosa ante el comentario del retorno por parte del mozo. Y le contestó inconscientemente:

– ¿Es el chef de ayer del ratatouille?. Si es así, me gustaría probar el Spaghetti.
¿Porque dijo eso? Una vez más la vergüenza le cubrió la cara de rojo.
El mozo respondió:
-Si señorita, es él. Es el único chef que tenemos acá. Buena elección entonces.
El mozo antes de retirarse le preguntó qué deseaba tomar. Ella respondió que tomaría un vino. Quería calmar esa vergüenza que se apoderaba de ella.
No quería girar su cabeza hacia la zona de la cocina, intuyendo que aquel mozo podría decir el comentario de ella al chef, ahora conocido como “Santorini”.
El mozo le acercó el vino a Agustina y lo descorchó. Ella agitó la copa sin escuchar el burbujeo relajante y tomó todo lo que le había servido el mozo.

Se sentía rara de volver allí. De querer armarse una rutina. ¿Por qué volvía a aquel lugar? ¿Por la comida inspiradora? ¿O por el chef Santorini?… ¿Por qué por él? Solo lo vio una vez y esa sonrisa pudo ser un cumplido de chef a cliente.
Respiró profundamente y dirigió una tímida mirada hacia la ventana de la cocina que estaba más cercana a su mesa que la de ayer. Allí observó al chef Santorini de espaldas cortando una cebolla. Desde esa distancia, escuchaba el repiqueteo del cuchillo sobre la madera donde estaba cortando. Y en ese momento, el chef se dio vuelta hacia la mirada de Agustina para agarrar un utensilio, y el encuentro se dio por segunda vez. Él, esta vez, sumó una sonrisa con un saludo con la mano a su joven comensal. Ella se dejó llevar por los nervios del momento y sólo le respondió la sonrisa con otra.

Y el chef se volvió a dar vuelta para continuar con su preparación.
Algo brotó de Agustina. Su estómago no solo burbujeaba de hambre, sino también sentía las famosas sensaciones del amor. Ella, debido a su obsesión, jamás pudo concretar una relación con alguien. Eso la hizo bajar a la realidad de que, por más que sintiera un gusto especial por alguien, jamás se concretaría.
El chef solo la hacía feliz en su estómago. No en su corazón. Eso la hizo bajar aún más a la realidad.

El mozo entregó a la joven el flamante spaghetti a la bolognesa. Una mezcla de colores amarillo y rojo del que sobresalía un pequeño brote verde del medio. Ella agradeció al mozo y tomó sus cubiertos.
Pasta al dente, como a ella le gustaba. Se sonrió al primer bocado. Sintió el tomate en su máxima expresión de sabor en combinación con el trigo de la pasta. Cada enrolle de la pasta sobre el tenedor de Agustina era un abrazo, para terminar en su boca pequeña que estaba carente de caricias de otra.

Al terminar su plato y quedar satisfecha, giró su cara hacia la cocina para observar al chef. Este estaba conversando con el mozo y ambos reían. ¿Se estarán riendo de ella? ¿El mozo le habrá dicho el comentario que le hizo ella del chef? Giró avergonzada, esperando a que la conversación entre ellos terminara. Si no hubiera visto aquello, Agustina se habría atrevido a tomar un café y postre solo para observarlo un poco más a él.

Giró tímidamente la mirada de nuevo hacia la cocina y vio al chef de espaldas. Y el mozo estaba limpiando una mesa cerca de ella. Lo llamó rápidamente y este acudió al instante.

Ella le dijo: -La cuenta por favor.
Se oyó así misma seca y distante en su tono. Tal vez enojada consigo misma por no haberse arriesgado a quedarse un tiempo más. El mozo le llevó la cuenta. Y al pagarle, Agustina le replicó una última frase:

-Mis felicitaciones por el menú del día al chef Santorini
El mozo respondió amable como cualquier otro mozo:
-Serán dadas señorita. Que tenga buen día.

Agustina salió, esta vez menos apurada que ayer. Pero sentía esa inspiración de este nuevo plato en su interior. Y un calor muy particular en su cuerpo.
Llegó al departamento, y se desnudó completamente para luego descansar en su piano. Allí sus manos se sintieron en casa, y empezaron a sonar nuevas notas. Una nueva melodía. Era increíble. Sin esfuerzo alguno, surgieron nuevas notas de sus manos. El sol pegaba sobre sus suaves pechos blancos, mientras se deleitaba tocando cada nota. Cada sonido repiqueteaba por todo el departamento, como una pelota de tenis que rebota por la pared.

Agustina empezó a sentir nuevamente un paroxismo de todo eso. Y las piernas volvieron a temblar. Quiso continuar, para ver hasta dónde llegaría. El calor recorría todo su cuerpo. No aguantó más y detuvo la melodía.
Se giró hacia la ventana que daba la vista plena a Palermo. Levantó sus piernas y juntó sus rodillas, para llorar sobre ellas un instante. Ella no se sentía preparada para el amor porque no podía con su obsesión.

Miércoles: Cena, Pollo al Grillé con papas noisette
Agustina faltó al conservatorio esa mañana. Sucumbía ante la tristeza del amor imposible. Imposible, porque ella no tenía control de sí misma sobre su obsesión ante las rutinas. No podría aguantar a una misma persona a su lado todos los días.
Pero esa comida que el chef Santorini preparaba, le despertaba todas esas emociones que jamás había tenido. Era una inspiración que le alegraba el estómago, y que, tal vez, podría también alegrarle el corazón. Pero los nervios la invadían. ¿Cómo acercarse a él? Sentía vergüenza, hacía tiempo no sentía aquello del amor. Mucho menos a través de la comida.

Dio vueltas por todo su departamento. Escribió en la partitura la melodía que había hecho el día anterior en el piano. Y luego se quedó parada, mirando por la ventana mientras se juntaban las nubes. Ya era la hora del almuerzo. El fantasma de la rutina apareció. Las manos de Agustina empezaron a temblar. Ella quería sorprenderlo. ¿Por qué no ir a la hora de la cena? Eso corta la rutina, se respondió ella misma para calmar al fantasma.

Se preparó con molestia una ensalada para almorzar aunque sea un bocado de algo. Y luego se sentó a leer un libro frente a su ventana, mientras miraba como a cada hora el sol bajaba en el horizonte.

Llegó la noche y Agustina se tomó su tiempo para salir. Un vestido con pollera por la rodilla de color borravino. Y unos zapatos del mismo color, junto a un maquillaje fino que le resaltaba sus grandes ojos verdes. Parecía una chica lista para salir con su pareja. Pero en este caso, ésta pareja, estaría tras bambalinas para alimentar su corazón con sus manjares.
El ambiente de “El tesoro perdido” por la noche era sofisticado, observando en cada mesa, una vela aromática de centro flotando en agua.
Agustina observó una cantidad de gente igual a la del día anterior. Parecía que ese lugar era ideal para quienes querían privacidad en su mesa, sin que estén husmeando lo que comen o de qué hablan.

En eso, ella se ubicó un poco más cerca de la cocina sin miedo. Porque ahora estaba la luz tenue y sus miradas serían fácilmente invisibles para los ojos del chef Santorini. El mismo mozo se acercó a Agustina, una vez más amable y alegre con el menú en mano:

-Señorita. Qué sorpresa. Pensamos que no vendría hoy.
Ella vergonzosa respondió:
-Si. No me sentía bien esta mañana. Pero ahora del hambre que tengo, me comería lo que sea.

El mozo le responde:
-Bueno. Yo le recomiendo un pollo al grillé con una guarnición papas noisette. Calmará su hambre sin dudas.
Ella sonriendo replicó:
-Muy bien. Tráigame uno. Y un vino por favor.
El mozo hizo un gesto de afirmación sin hablar y se retiró.
Agustina no dudó un segundo. En ese ambiente de luz tenue acercó su mirada hacia la cocina. Allí estaba… El chef Santorini con un utensilio especial, para sacar de la papa pequeñas bolitas que serían las famosas papas noisette. Se lo veía concentrado, pero con una mirada distante. Como una mirada triste. ¿Será que está triste porque yo no vine en el día? se preguntó ella, mientras el mozo se acercaba con el vino y lo descorchaba.

Cuando se retiró el mozo, Agustina se quedó planeando, cómo haría para acercársele al chef Santorini. Tal vez lo esperaría afuera a que terminara su turno. No, muy psicópata. Tal vez, le haría señas desde su mesa a la cocina para que se acerque, demasiada confianza para haberlo visto dos veces. Tal vez, se tomaría un café y un postre para seguir pensando…

En ese instante, el celular de Agustina vibró. No es de recibir muchos mensajes. Era del mentor del conservatorio, se había olvidado de avisarle porque no fue esta mañana. El mensaje decía: “¿Agustina estás viva? Me preocupa que no me hayas avisado nada en todo el día. Decime si necesitas algo y si venís mañana. Saludos y buenas noches”.

Ella comenzó a escribir la respuesta, tratando de justificar que estuvo enferma y que durmió todo el día. De pronto, una voz diferente se hizo presente en su mesa para decirle:
-Acá le traigo su comida señorita.
Agustina levantó la mirada y observó a un hombre joven. Con una cara tipo diamante y peinado hacia atrás color castaño oscuro. Ojos café y un leve sombreado de barba. Estaba vestido con un uniforme blanco y un nombre a la derecha: Chef A. Santorini.
Agustina quedó boquiabierta. Para su suerte, apenas se veía ese gesto suyo bajo la luz de la vela. El chef Santorini ante el silencio, volvió a hablar:
-Discúlpeme. El mozo necesitaba ir al baño. Y como no quería que se le enfriara su plato, se lo traje.
Ella respondió al instante con una sonrisa entre los nervios y el amor:
– Muchas gracias chef. Lo disfrutaré.
El chef respondió:
-Por favor, dígame Alan. Con su permiso señorita.- E hizo un ademán para retirarse a la cocina.

Agustina sintió muchas emociones a la vez en toda esa situación inesperada. Alan Santorini había tocado ahora su corazón, como también su estómago.
No quería perder esa emoción del encuentro con él, necesitaba avivar ese sentimiento. Tomó sus cubiertos y empezó a saborear ese delicioso pollo grillado, al que se le sentía cada brasa de calor que se le había dado. El gusto a tostado que le da la plancha junto a los condimentos. Y aquellas papas, cada vez que comía una se abría el calor del interior de ellas, y brotaba su textura suave de un exterior crujiente. Alan parecía estar enamorándola en cada parte del plato.

Cuando término el plato, sentía el verdadero placer y un amor hipnótico por el chef Alan. No se detuvo a pensar, y tomo un papel de su bolso y una lapicera. Escribió en él: “Si querés hablar algún día no dudes en contactarme. Cocinás excelente. Agustina” junto a ese mensaje puso su celular. Y llamó al instante al mozo.

Primero pidió la cuenta, luego al volver el mozo con el recibo, ella le entregó el papel junto a un billete de 20 pesos y le dijo:
-Esto es para el chef Santorini por favor, ¿se lo das personalmente? El billete es para ti.
El mozo mostrándose igualmente alegre y amable respondió:
-Cómo no, señorita. Que tenga buena noche. – Y se alejó hacia la cocina.
Agustina no caía de lo que había hecho. Y la vergüenza le recorrió el cuerpo junto al placer que ya venía alimentando por la comida. Temblaban sus piernas y el corazón le palpitaba. Salió disparada hacia afuera para su departamento, ganándole la vergüenza.

Al llegar a su casa, se sacó su vestido con solo deslizar un hombro. Se quito la
ropa interior y se dirigió a su habitación. Y allí, entre sábanas, recordó y deseó profundamente a Alan Santorini a su lado.

Jueves: Merienda, Lemon pie
Agustina se levantó feliz y liviana como una pluma esa mañana lluviosa de jueves. Ya no le importaba la vergüenza de la nota en el papel. Sólo esperaba lo mejor.

En el conservatorio, surgió de ella una nueva melodía en el piano que despertó la emoción de su mentor. Sus dedos parecían una extensión de las teclas. Cada sonido dejaba entrever el amor que Agustina experimentaba en cada bocado del plato de Alan.
Su mentor y compañeros del conservatorio, se sorprendieron ante la alegría que le brotaba en cada gesto a Agustina. Sin duda algo había cambiado en ella.

Salió a las 11.00 hs del conservatorio, y sacó su celular para observar si tenía algún mensaje de él, ya que lo tenía en silencio como todos los días durante su momento con el piano.

Ningún rastro del chef Santorini. Una mueca de decepción surgió en Agustina. Tal vez ella en su emoción, escribió mal su número en el papel. ¿Y si Alan Santorini está en pareja? y ella se entrometió de aquella forma.
¿Ella habrá confundido las cosas? Cada pregunta que se hacia, la hundía más en la vergüenza y decepción de lo que hizo. Ya era hora de almorzar. No se atrevía a ir a “El tesoro perdido”.

Si él no le mandaba un mensaje, se prometió no volver más a ese lugar y dejar todo como estaba. Aunque ese momento con la comida y el amor fuera como magia. No podía obligar al chef Santorini a que le hablara.
Agustina se dirigió a su departamento. Arrojó su bolso al piso, y se sentó en su piano. Tocando de a una tecla, para escuchar el sonido que callara sus pensamientos de una vez. Se dio vuelta hacia la ventana, respiró profundo y cerró sus ojos escuchando la llovizna sobre el vidrio. Eso la fue relajando de a poco. Hasta que, un sonido extraño le hizo abrir los ojos. Se dio vuelta y no vio nada moverse. El sonido se detuvo, y ella se dio vuelta para continuar su respiración.
A los cinco minutos, volvió el sonido. Ella se levantó de su silla, y empezó a acercarse a aquel ruido. Lo escuchaba muy cerca, como repiqueteando en el piso.
El celular… Lo había dejado en el bolso, tirado en el piso. Se lanzó desesperada y agarró el celular. Tenía un mensaje de un número sin agendar. ¿Alan Santorini?.

El mensaje decía:
“Hola agustina. Soy Alan, el chef del resto. ¡Gracias por tu mensaje! Muy poca gente agradece en estos días al chef.
Escúchame, ahora no puedo charlar por el trabajo, viste. Pero tengo un descanso por la tarde. Puedo hacerte un Lemon pie y lo podemos comer en el jardín botánico. Tómalo como una merienda si querés, jaja.
A las 17.00 nos podemos ver ahí. Avisame si podés.”

Agustina comenzó a tipear rápidamente la respuesta, mientras le temblaban los dedos y le palpitaba el corazón. Ella le respondió:
“Hola Alan. Sí, ¡me parece genial la merienda! A las 17.00 te veo entonces ahí :)”.
Pensó varias veces antes de enviar el mensaje, si no era muy corta la respuesta. O muy infantil poner un emoji. Pero igualmente lo envió de esa forma.
Agustina se preparó con más tiempo que el día anterior. Se eligió un vestido azul a lunares.

Se puso unas zapatillas del mismo color. Se colocó un maquillaje simple en los ojos verdes para resaltarlos. Se ató el pelo atrás con una colita. Y se puso una fragancia a frutilla.

A las 17.00 ya no llovía, y ella estaba parada en la entrada del jardín botánico, con los pies torcidos de los nervios. De pronto, apareció Alan Santorini con una pequeña caja que seguro traía el Lemon pie.
El vestía una camisa roja tipo leñadora. Jeans negros y zapatillas del mismo color. Y se había afeitado la barba de dos días, que ella le había visto el día anterior.

Se saludaron con un beso en la mejilla, y sonriendo ambos nerviosamente entraron al jardín.

Se sentaron en un banco cerca de una fuente de allí. Y Alan abrió la caja con el reluciente Lemon pie y un cuchillo. Cortó un pedazo y se lo dio a Agustina quien le agradeció. Ella lo comió. Y empezó a sentir las mismas sensaciones profundas como con los otros manjares de Alan.
Se podía sentir el merengue tostado por el soplete, complementándose con una masa suave y porosa del aire por el calor del horno en su punto justo. Y el dominador principal, la deliciosa crema de limón, que aparecía como la protagonista de este nuevo baile de sabor en la boca de Agustina. Ella cerraba sus ojos entre el amor y el placer de aquel postre.

Hubo pocas palabras entre ellos hasta que Alan habló:
-Bueno, veo que te gustó mucho. Es increíble ver la felicidad en la cara de alguien con el deleite de algún plato.
Agustina riendo nerviosa le respondió:
-Sabés darle su pequeño protagonismo a cada ingrediente. Es muy rico. ¿Hace cuánto cocinas?
Alan respondió mientras comía la porción que se había cortado:
-Desde los 8. Creo que había encontrado un amor por los olores en la cocina con mi mamá, y ahí empecé a ayudarla a preparar la comida. Luego de que vio mi amor por eso, no dudó en apoyarme cuando fui al instituto gastronómico.
“Me costó bastante aprender ahí. Pero no me rendí. Y salí a la calle a buscar mi oportunidad. Y claramente encontré “El tesoro perdido” (ambos rieron por el intento de chiste de Alan). Y estoy hace dos años ahí. Me siento en el lugar que quiero estar.
Normalmente entra gente nueva todos los días. Pero vos sos una de las pocas que ha vuelto. Y lo agradezco.”

Alan le sonrió con ese último, y agustina le replicó:
-Yo amo la comida. Solo comerla, aclaro, Jaja. No soy buena cocinando. Pero me doy con otras cosas. Toco el piano y esa es mi vocación.
Alan contestó:
-¡Que genial eso! Debería escucharte algún día.
Agustina inconscientemente respondió:
-¡Sí!. Podrías venir a mi casa y cenamos….eh perdón. No quise sonar tan…
Alan empezó a reír y le tomó la mano. Quien sintió una mano muy suave, a pesar de ser la de un cocinero que manipula constantemente utensilios. En ello, le respondió:
-Yo iba a pedírtelo antes. Pero mis nervios me ganaron. Me gustaría cenar con vos y escucharte en el piano. Te cocinaré mi plato favorito, uno que nunca hice en el restaurante, porque es muy especial y personal para mi. ¿Qué decís? Pido un reemplazo para irme antes del trabajo por vos.

Agustina empezó a sentir el sudor en su mano y el palpitar de su corazón. Le respondió sin mover su sonrisa de la cara:
-Me encantaría. Mañana a las 21.00 te espero.
Se quedaron mirándose, entre sonrisas y el olor a limón que hipnotizaba aún más a Agustina.
No hubo besos ni abrazos. Todo ese sentimiento que pedía salir de ambos, lo dejaron para la cena del viernes.

Viernes: Cena, Sorpresa de Alan Santorini
Agustina dejó atrás el fantasma de su obsesión y no le importó ir por las mismas cuadras hacia el conservatorio. Tampoco le importó tocar la misma pieza del día anterior en el piano, solo que le agrego cambios en los tiempos de las notas.
Su mentor se sorprendió ante ello y le preguntó si estaba bien. Ella con una sonrisa respondió que había encontrado una solución a su obsesión.
Fue a almorzar a un restaurante al que ya había ido antes, solo para dejarle el deseo de verla al chef Santorini. Y luego se dirigió a su departamento a esperar la noche en la que el placer de la comida y el amor se harían uno.

Agustina se tomó más tiempo que los días anteriores, para limpiar y ordenar su departamento. Limpió la cocina para Alan. Dejó reluciente su piano para esperar ser escuchado por Alan y colocó unas sábanas de seda india en su cama que se deslizan al instante sobre cualquier objeto.

Por último, se vistió con un simple jean negro, zapatos del mismo color y una camisa blanca que dejaba sutilmente transparentado su corpiño negro con encaje.
Esperó a la noche relajándose sobre su piano, tocando cada una de las melodías que le habían inspirado las comidas de Alan. Hasta que se hizo la hora y un mensaje de Alan surgió. Este decía: “Estoy abajo, espero que estés con hambre :)”.
Agustina bajó al instante a abrirle. Y ambos subieron al momento. Alan llevaba una bolsa con los ingredientes para la cena. Llevaba puesto esta vez su pantalón de vestir negro a rayas que usaba en el trabajo. Zapatos negros y una camisa negra desabrochada exageradamente en el cuello.

Halagó el departamento de Agustina y al ver el piano sugirió:
-¿Podrías tocarme algo mientras cocino? Me relaja cocinar con música.
Agustina encantada sonrió, le dio la mano y la soltó al instante dirigiéndose a su piano. Allí, comenzó a sonar Nocturne en C menor de Chopin.
Cada nota lograba la simetría momentánea con los movimientos de Alan, quién cortaba cada ingrediente con el cuchillo. Morrones rojos, verdes y la cebolla empezaron a bailar en la sartén al ritmo de las notas de Agustina. Luego, el arroz apaciguó aquel baile del que salieron los múltiples aromas de todos los ingredientes.
Agustina cerraba los ojos compenetrada en cada nota, hasta que finalizó la melodía.

Se dio vuelta hacia la cocina, allí estaba Alan preparando los platos para comer. Colocó vino blanco en la mesa, dos copas, y encendió una vela aromática sobre un vaso con agua en el medio de la mesa.
Ambos se sentaron y Agustina comenzó a degustar. Había algo especial en este nuevo baile de sabores. Algo que le transmitía nostalgia. En eso, le preguntó a Alan, que la miraba con una sonrisa:
– ¿Por qué es tan especial este plato para vos?.
Alan, agarrando su copa de vino, respondió:
– Mi mamá lo hacía. Ella ya no esta. Sufrió una enfermedad muy dura. Y mi papá sufrió esa pérdida, por lo que no pudo soportarlo y también se fue con ella.
“Había algo especial en mi mamá. Su comida no era solo para calmar al hambre. Había sensaciones, emociones. Algo que te daba al corazón.”
Agustina contestó:
– Creo que sin dudas heredaste eso de tu mamá. Te parecerá raro, pero nunca sentí tantas sensaciones en un plato. Son muchas emociones.
Alan sonriendo cada vez más, mirando su plato indagó:
-¿Qué clase de emociones?.
Agustina estaba roja de la vergüenza. Pero no dudo en responder la verdad:
– No voy a mentirte. Tal vez sea el vino que me sacando un poco la vergüenza un poco la vergüenza, pero sentía placer en tus platos. Amor y placer en cada ingrediente.
Alan también se puso rojo de la vergüenza. Y riendo contestó:
-Creo que logré cautivar a alguien con este don. Brindemos por eso.- Y acercó su copa para que Agustina lo haga.
Ambos riendo chocaron sus copas.

Al terminar, algo había en el aire de suavidad y calor. Agustina estaba como en cada plato, temblando sus piernas, palpitándole el corazón y con un intenso calor en el interior.
Se desabrochó su camisa al borde de sus pechos sin mostrarlos y Alan dijo:
-¿Me tocarías otra en el piano?.
Agustina sonriendo se levantó y dirigiéndose al piano, de espaldas a Alan, se sacó la camisa y dijo:
– Espero que no te moleste que toque así. Hace calor.
Se sentó en el piano y comenzó a surgir de su mente y del placer de la comida una nueva melodía.

Cada nota era más rápida en el tiempo. Los dedos picoteaban las teclas a una velocidad inimaginable. Y en un momento, Agustina sintió a Alan a su espalda, desabrochando su corpiño y acariciando su pecho. Sintiendo su boca en el cuello. Ella paró la melodía y se dejó llevar por el placer y el amor en conjunto.
Ambos fueron hacia la habitación y allí culminó la inevitable unión de ambos en aquellas sábanas de seda india que se deslizaban por sus cuerpos desnudos en la noche.

Sábado: Postre, Volcán de chocolate con frutos rojos.
El sol entraba por cada rendija de la persiana en la habitación de Agustina. Yacía allí su cuerpo desnudo, tapado débilmente por la sabana en una pierna. Su éxtasis de la noche pasada le provocó un sueño profundo.
Al abrir los ojos se dio cuenta que estaba sola en la cama. De repente, un sonido ensordecedor la aturdió. Era el celular en su mesa de luz que vibraba. Se acercó y observo, un mensaje de quien ahora había agendado como “Alan Santorini”. Este decía:
“Perdón por irme antes, nena. Tenía que entrar temprano al trabajo. Tengo que hablar con vos esta noche…. Voy a terminar muy tarde. Pero llegaré al postre…te traeré ( tal vez “llevaré”) algo del restó.
Besos. Alan.”

Agustina se sorprendió por aquello. ¿Qué hizo mal anoche? ¿Estará en pareja Alan? ¿Por qué no recalcó algo de anoche? Se le hacía un nudo en la garganta de tantas preguntas.

Se levantó y se dio una ducha fría en silencio. El repiqueteo del agua fría en su cuerpo la ponía cada vez más distante de aquella noche de calor, placer y amor con Alan.

Salió de allí y se sentó en una silla de la isla de mármol negro frente a su cocina. Allí se quedó, mirando el lugar donde horas atrás estuvo su sonriente cocinero, preparando el plato más especial para él. ¿De qué quería hablar con ella?
Trató de respirar profundo y se levantó de la silla a desayunar. Puso en su celular un compilado de Frederic Chopin, para despejar su mente y oír solo las dulces notas del instrumento que más amó y ama, el piano.
Al terminar de desayunar, se fue a acostar a su sillón frente a la ventana. Juntó sus rodillas y allí, con una expresión seria, se quedó hasta que era la hora de almorzar. El celular dejó de tocar música y el silencio reinó.

Agustina se saltó el almuerzo, su garganta no daba más de preguntas. Fue como subir a la montaña rusa y bajar al instante con solo ese mensaje misterioso. Se levantó del sillón y fue nuevamente a acostarse. Se puso sus auriculares y dejó que Chopin la relaje hasta la noche.

Llegando la noche se despertó por la alarma que le había colocado al celular. Se levantó y se puso un jean azul y una remera manga corta borravino que le dejaba descubierta su panza. Se puso sandalias y se dirigió a la cocina para intentar comer algo ya que se había salteado el almuerzo.

Encontró una pizza congelada y la puso en el horno, mientras tanto se dirigiría al baño a peinarse. Omitió el maquillaje y siguió de largo con su expresión seria hacia el sillón hasta que este su comida.

Comió dos porciones y eso fue toda su cena. No podía creer que ese mensaje la hubiera nublado todo el día. Se acercó a su piano y en la espera comenzó a interpretar balada no.1 en G menor, OP 23 de Chopin.

Se tomó su tiempo de hacer sonar cada nota, y se dejó llevar por sus manos en un vaivén como una pluma acariciando la tecla. En el momento en que el ritmo aumentaba, vibró el celular de Agustina sobre el piano. Era Alan, que pedía que ella bajara a abrirle. Se levantó y fue a su búsqueda. Ambos entraron al departamento en silencio. Ella se sentó en la isla y él fue a dejar el postre que había traído del restó en la cocina.

Él se quedó mirándola con una expresión triste y bajando la mirada le dijo:
– Lamento no haber dicho todo de mí. Pero me gustaste desde el primer día que entraste al restó. Y ayer fue increíble…. Pero, la verdad es que mañana me voy a Francia. Hace un mes conseguí entrar a una prueba para un restaurante muy conocido en París. No puedo creer que te conocí tan tarde… Sos una mujer increíble. Y me atraes al instante.
Agustina dejó fluir todas sus preguntas de la garganta y largó una pequeña lágrima. Débilmente, con la cabeza baja, contestó:
– Felicidades. Seguro vas a entrar, tenés el don especial. Sos un gran chef.
Alan tomó la mano de Agustina, que no subió la vista, y le dijo:
-Tengo dos grandes oportunidades en mi vida. Vos y ese viaje.
“La cocina siempre fue mi vida… sueno egoísta. Pero, tengo este sueño hace mucho. Y quiero cumplirlo… ”
Agustina volvió a soltar una nueva lágrima, apretando su mano en la de él y mirando su cara, le respondió:
– Yo quiero que seas feliz haciendo lo que amas. Y tenés que mostrar ese don a muchos más.
Alan se acercó a su cara y le dio un beso en la boca, allí le susurro al oído:
– No hay mujer más increíble que vos. No te voy a olvidar nunca, Agustina.
Se alejó de ella y sacó de la caja que trajo un plato con un volcán de chocolate arriba, acompañado con frutos rojos a un costado.
Le acercó un tenedor y le dijo sonriendo:
– ¿Haces los honores?

Agustina sonrió y deseó en su corazón que Alan fuera feliz fuese donde fuese. Agarró el tenedor y abrió el volcán.
De allí brotó el espectáculo de un chocolate espeso de un exterior de masa blanda. Agustina comió ese chocolate espeso que le quedó en el tenedor. Sintió una dulzura en ese chocolate que no había sentido en todo el día, desde que leyó ese mensaje de Alan.

Se miraron ambos un instante y Alan dijo:
-No me gustan las despedidas.
Y Agustina respondió al instante:
-Que no sea una despedida entonces. Que sea una noche más.
Y en ese instante, Agustina puso un dedo sobre el chocolate y lo colocó sobre su labio superior. Y le hizo un gesto a Alan para que se acercara a ella. Ahí se produjo el beso más dulce que ambos pudieron sentir.
Agustina lo alejó para sacar su remera y dejar entrever un corpiño violeta con encaje. Ahí, tomó un poco más de chocolate con su dedo y lo colocó en un borde de su pecho.

Se levantó de allí, y haciendo señas con el dedo hacia Alan se dirigió a la habitación. Allí se produjo lo de la noche anterior, por lo que no fue una despedida para ambos.

Domingo: Lágrima
Agustina sintió un frío débil en su cuerpo desnudo para ser verano. Esto no solo era porque una vez más estaba sola en la cama. Sino que también había bajado la temperatura esa mañana. Tal vez, el clima suponía el fin de este amor fugaz de siete días entre Agustina y Alan.

Ella levantó la mirada para ver la hora de su celular en la mesa de luz y allí encontró una carta. En ella aparecía el nombre “Alan Santorini”.
Agustina la tomó, se colocó la sábana encima y se dirigió hacia su piano a sentarse cerca de la ventana. Allí leyó lo que su chef le escribió:
“Agustina:
No me gustan las despedidas. Pero necesitaba decirte, que sos la mujer que más cosas me hizo sentir.
Desde que entraste al restó me inspiraste a cocinarte cada plato con una pasión imposible de describir. Este don que creía apagado, me lo avivaste vos.
Pero te digo algo más, todos esos platos que te hice en estos días, no los haré mas ni aunque me apunten con un cuchillo. Esos platos ya son tuyos.
Pondré a Chopin en mi cocina para mantenerte viva en mi corazón. Se feliz con tu talento en el piano. Sos un mar de sentimientos en cada nota.
Besos. Alan”

Agustina largo dos lágrimas que cayeron en simetría por su cara. Se levantó de allí, dejó la carta sobre el piano y volvió a su cama a dormir hasta que el día terminará. Los domingos siempre serán trágicos.
Colocó el compilado de Chopin en el celular y se fue dormitando, hasta que cayó en un sueño profundo.
Sentía aromas a lo lejos, escuchaba sonidos de su piano en su sala. Se levantó como pudo y se tapó con la sabana. Al llegar a la sala, observó de un lado a Alan en su piano, tocando las notas más hermosas de Chopin. Y en la cocina, se estaba asando en una sartén un churrasco en su jugo.

De pronto sonó una alarma en el ambiente. ¿La alarma de incendio? Agustina abrió los ojos y se encontró en su cama. La alarma de su celular sonaba. Todo había sido un sueño. El olor de la comida provenía de afuera. Su estómago crujía. Pero no quería saber más nada con la comida. Esa relación ya había terminado para ella.
Era pasado el mediodía, y ella no había comido nada. Se puso un pantalón y una remera. Se fue al baño a lavarse la cara, y salió de allí con un peine acomodándose pelo mientras se dirigía a la cocina.
Allí abrió la cafetera, sacó la leche, y se preparo una lágrima. Al terminar de hacerlo se llevó su pequeña taza a la silla del piano y miró por su ventana. En la ciudad, transcurría el día que ella más deseaba olvidar en su vida.

Dejó su lágrima encima de la carta de Alan que seguía en el piano. Y allí cerró sus ojos para sentir el calor y relajación de ese pequeño café en su interior.
Acomodó sus manos y comenzó a tocar, sin abrir los ojos, Andante Spianato en G mayor. En cada nota la angustia recurría su garganta. Hasta que soltó lágrimas con sus ojos cerrados, sin dejar de tocar.

Estaba entregada a la emoción y la dejaba ser a través del piano.
Ya era una nueva mujer, que sufría las consecuencias de haber dejado su obsesión atrás. Pero ella, amaba a Alan. Y no pudo decírselo en ningún momento. Ese amor fue tan pasajero, como la comida que el le sirvió cada día.

De pronto, vibró su celular en la isla de la cocina. Secándose sus lágrimas, se acercó a el y observó un mensaje de “Alan Santorini”:
“Estoy abajo. ¿Qué cenamos esta noche?.
Mi sueño puede esperar, el amor no. Quiero ser feliz con vos.
Te necesito. Tu chef, Alan”

Autor: Pablo Aguirre, estudiante de Relaciones Públicas en la UNLZ.

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