Rocío Hernández Narbona – Michi no Umi

Michi no Umi[1]

El destino tarde o temprano nos alcanza, aunque crucemos mares y montañas, aunque olvidemos nuestro nombre y el lugar donde nacimos, inevitablemente nos encuentra y nos devora.

Contaba con apenas dos días para terminar con todo, debía dejar mis asuntos prolijamente ordenados y reunirme con ella al amanecer.

Después de tantos días, de tantas noches en vela soñando con nuestro encuentro, ansiando volver, volver a verla…

Volver a ella.

Nuestra cita, cada año, la madrugada del  13 de abril.

No podía faltar al encuentro, mucho menos ahora que todo estaba por terminar. Debía pagar por todos mis pecados, por cada alma que me llevé, por cada ofensa, por cada palabra sucia que salió de mi boca.

Pensé que nunca me encontrarían, que el sur del mundo me abrazaría y me haría olvidar… y cuando yo olvidara, me olvidarían.

No fue así.

Escribo todo esto en mi cuaderno, palabra por palabra, en este idioma robado, en estas letras ajenas que he hecho mías durante 40 años. Sólo fui un humilde tintorero, un callado oriental, un lobo con piel de cordero.

Si supieran, si sólo supieran de todas las vidas que robé, que podría matar hasta con los ojos cerrados, que los misterios del dolor y la muerte me habían sido develados desde la adolescencia.

Ellos, ellos, los innombrables, me eligieron por mis reflejos, me aceptaron por mi destreza y me veneraron por mi crueldad.

Pero todo había terminado y con ello mi nombre, mi casa, mi Kyoto natal, el cerezo destrozado, la nieve de enero; nunca más volvería, nunca más…

Los muertos viajaron conmigo, con dos valijas azules y ajadas, azules como mi mar, como mi isla.

El día que partí, aprendí a llorar. Ni siquiera cuando Okasan[2] murió lloré, ni cuando destrozaron a mi único hijo frente a mi casa cuando renuncié. Yo no lloré.

Mi cuerpo no conocía el dolor, mi alma menos.

Pero algo extraño sucedió cuando dejé la isla, como si un fino hilo se rompiera, como si hubiera traspasado un cristal y sus millones de fragmentos se adhirieran en mi piel, hundiéndose, clavándome como miles de agujas ponzoñosas.

Aún puedo sentir ese dolor.

Ese día las lágrimas brotaron de mis ojos vírgenes, la isla se alejaba y yo me perdía, y lloré, lloré tanto, lloré por Okasan, por mi pequeño Eiki, por la inocencia que nunca tuve, por el amor que nunca encontré.

O así creía.

Llegué a Buenos Aires una noche de enero. Acá no nevaba, no había mar azul, en cambio un río amarronado me daba la bienvenida, me recibía con los brazos abiertos; si me hubiese conocido, me habría dado la espalda.

Pero acá yo no era nadie, un japonés más, un chino común y corriente. La vida me proponía un baile y yo estaba más que dispuesto, no tenía nada, no esperaba nada.

Hasta que llegó ella.

Si me lo hubiesen contado y no lo hubiese vivido, me habría descostillado de risa.

¡El amor no era cosa mía!- ¡Faltaba más! – ¡La gente no se enamora de viejo!-  ¡¡Eso es cosa de juventud!!

Pero pasó y fue la venganza del destino que yo me enamorara durante mi vejez. Cuando lo único que necesitaba era tiempo, ya no lo tenía.

Las paradojas del destino, las cuentas por ajustar, las deudas por pagar.

Y la dicha llegó con ella… María, mi único amor, mi salvación, mi redención y durante diez años fui feliz, más de lo que merecía, más de lo imaginable.

Nunca se lo pude decir mirándola a los ojos, porque antes de perderla, callé.

Hoy recorro por última vez mi casa, con los ojos tibios, cansados, deshechos, veo mis libros apilados por colores, Kawabata, Borges, Neruda conviven en un cuartito pintado de azul rodeado de plantas y cuadros, de grabados, de música…tanta música.

La belleza se aprecia cuando entendemos la certidumbre de la muerte, cuando nos acecha y nos respira al oído.

Apago el incienso y me despido de mi pasado, una vez más, sin mirar atrás.

Tomo el coche y conduzco hacia el mar durante toda la noche, bajo la cruz del sur, bajo el amparo de la brisa rioplatense que tantas noches me besó.

Al llegar a la playa siento tu presencia; en el rumor de las olas, en el viento salado, en mis venas vacías y no puedo ser más feliz.

Estaremos juntos y te contaré todo, y sé que me perdonarás, que exculparás mis culpas, porque ese hombre que fui murió en la isla.

El día que aprendí a llorar nací de nuevo, nací para vos María, María del río, del mate dulce, del pelo ensortijado, de la piel morena y curtida, de la risa cantora, mi María de los amaneceres rojizos frente al mar, la más bella, la más dulce.

El sol comienza a asomar y es tiempo, escribo en la arena mi testamento, te escribo a vos, desde el otro lado del mar, mis pies se hunden en la arena mojada y el mar con su frio inclemente me eriza la piel, anunciándome que todavía estoy vivo. Apenas.

Con una ramita trazo las palabras, ai shiteru[3], sé que viajaran y llegarán hacia vos, las palabras no se diluirán en la sal, mis palabras no morirán.

Me siento frente al mar, cierro los ojos, tal vez duermo, sueño, y te veo otra vez, pero te vas y veo a un monje escribiendo lo que no debemos leer y  a un niño leyendo lo que no se debió escribir, ese niño soy yo, ese hombre soy yo, un asesino despiadado, un yakuza arrepentido.

Un viejo que debe morir…


 [1] Camino al mar, en idioma japonés

[2] Madre, en idioma japonés

[3] Te amo, en idioma japonés.


Autora: Rocío Hernández Narbona, estudiante de Letras en la UNLZ

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