Jazmín Dora – Lautaro y el regalito

Lautaro González era un nene como vos, como yo y como tu amigo, ese que conociste en la escuela hace unos años. Vivía en una casa pequeña con mamá, papá y su hermana mayor. Durante la semana mamá y papá trabajaban toda la mañana y parte de la tarde, y él, luego del jardín, quedaba al cuidado de su hermana mayor, que iba a la universidad a la noche. Melisa lo cuidaba con mucha paciencia y se preocupaba constantemente por él, pero tenía que aprovechar ese tiempo para estudiar y no podía jugar con su hermanito tanto como hubiese querido.

“—Mel, llevame a la plaza a perseguir palomas.

—Ahora no puedo, Lauti. Esperá que venga mamá.

—¡¡¡Meel!!!

—¿Qué pasa, Lauti?

—¿Me ayudás a alimentar a las hormiguitas que atrapé en el jardín?

—Estoy ocupada, ¿no podés esperar un poco?

—¡Dale!, me bajás la azucarera y listo, hermanita hermosa.”

Aquella era la conversación del día cuando llegó mamá.

—¿Estabas estudiando, Mel?- preguntó la señora al cruzar la puerta.

—Más o menos, má. Yo lo quiero y me encanta cuidarlo, pero necesita que juegue con él, como vos jugabas conmigo cuando yo tenía su edad.

—Ya lo sé, pero en esa época yo no trabajaba…

—Pero no es justo que Lauti no tenga con quien jugar, ¡algo se me va a ocurrir!…

Y mientras Melisa decía aquello su mamá se preguntaba qué podría estar cruzándosele por la cabeza, pero tenía demasiadas cosas por hacer como para preocuparse por aquello en ese momento, por lo que sólo le dijo a su hija:

—No te metas en problemas, Mel.

—No mami, ya vas a ver cómo resuelvo todo sin causarte problemas.- Respondió su hija mientras le daba un gran beso en la mejilla.

Mientras tanto, Lautaro había conseguido la azucarera por sus propios medios y estaba alimentando a las hormigas que había capturado en una botellita vacía.

Los fines de semana eran mucho más divertidos para el pequeño: el sábado iban a la casa de sus tíos y jugaba con todos sus primos, y el domingo iban a visitar a los abuelos, que lo malcriaban tanto como podían: el abuelo lo llevaba de paseo a la plaza, donde se subía a la calesita y la “vuelta al mundo”; y al regresar a casa la abuela había preparado deliciosas galletitas de distintos sabores y colores. Todo era mucho más divertido entonces, sobre todo porque mamá, papá y su hermana también estaban allí, sin trabajar ni estudiar, simplemente divirtiéndose y acompañándolo en sus aventuras.

Lauti era el chico más feliz durante las vacaciones, pero no porque él no tuviera que ir al jardín, y tampoco porque pudiera dormir un rato más, sino porque su familia tenía más tiempo para jugar con él. Durante el año, esperaba con ansias las diez de la noche cuando, después de comer, papá iba a cantarle una canción de cuna y mamá le leía un cuento antes de dormir.

Pero nuestro nuevo amiguito no sabía que su hermana estaba planeando una gran sorpresa para él… y el resto de la familia. Un domingo como cualquier otro, todos fueron a la casa de los abuelos. Entre risas, mates y galletitas la abuela guiñó un ojo mirando a Melisa.

—¿Por qué no vas al garaje, nena?… hay una sorpresa esperándolos.- Confabulada con su abuela, Melisa fue al garaje, tomó entre sus brazos un pequeño paquete y lo llevó con ella hasta el living.

—¡¿Qué es Mel?, ¿qué es?!- preguntaba intrigado el pequeño Lautaro.

—¿Qué es qué?, si yo no encontré nada… ¡Esta abuela chistosita!

—No me mientas, veo un gran moño rojo que se asoma por tu espalda… y… y una colita sacudiéndose…- Entonces Melisa dejó en el suelo un pequeño perrito blanco, con una gran mancha negra alrededor de uno de sus ojos y mechones negros y blancos por todo su cuerpo. Mamá y papá se sorprendieron tanto o más que Lauti, porque nunca se imaginaron que su hija iba a tener una idea tan creativa para entretener a su hermano menor mientras ellos no podían jugar con él.

—Ahora vas a tener alguien que te acompañe a hacer lío mientras yo te cuido, pequeñín.- Dijo Melisa, mirando cómo su hermano rascaba detrás de las peludas orejas del perrito.

Aquél fue el domingo más alegre que puedan imaginarse, todos reían, jugaban y se divertían con el nuevo integrante de la familia. La alegría era tal que el pequeño Lautaro dejó por un momento de jugar con su nuevo amigo para darle un fuerte abrazo a su hermana, al tiempo que le decía:

—¡Sos la mejor hermana del mundo entero!, te prometo que el regalito y yo vamos a jugar despacio así podés estudiar tranquila.

—¿Cómo vas a llamarlo, Lauti?, no podés decirle “el regalito” cada vez que hablés de él.- Intervino la mamá.

—mmm… mmm… ¡Qué decisión más difícil!… ¿puedo pensarlo toda la noche y mañana te digo?- dijo Lautaro con el ceño fruncido.

—Claro que sí, cariño. Pero no tardes demasiado, necesita un nombre el chiquitín.

—¡Sí mamá, igual ahora lo que importa es que seremos amigos para siempre!- Afirmó, serio y resuelto Lauti que no paraba de abrazar a su nuevo amiguito.

Autora: Jazmín Dora, estudiante de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora. Este cuento pertenece a su primer libro, Las primeras aventuras de Lautaro, (2015)

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