María Sol Obes – La bruja y Lucy

Era una bruja que vivía en lo oscuro del bosque. Específicamente, dentro de una choza rodeada de pinos frondosos. Por lo general, me mantenía recolectando los frutos siniestros del bosque y cazando a los campesinos que pasaban por allí. Los días de suerte realizaba hechizos y maldiciones a cambio de murciélagos muertos, pájaros sin cabeza, ranas digeridas y sapos pisoteados. Los cuales formaban parte de mis horripilantes comidas.

En cuanto a mi humilde morada se trataba de un montículo de tierra adornada con ramas de pino. Adentro había una enorme caldera apoyada en unos leños, una chimenea improvisada y una cama de paja. Mi ropa y mi aspecto eran habituales a cualquier bruja que hayan conocido en la vida real o en los cuentos de hadas. Pero una sola cosa me diferenciaba de ellas, mi cabello era largo, enrulado y tenía un enorme flequillo. Aspectos devastadores durante los días de verano cuya solución consistía en dos colitas a los costados y hacer del flequillo una trenza sujetada detrás de la frente.

También mis objetivos brujeriles diferían de los de la bruja promedio. La mayoría de ellas buscan hacer el mal y ser en extremo poderosas. A mí nada de eso me interesaba, yo sólo quería una magia totalmente nueva y no me importaba si con ella producía bien o mal a los demás. Durante mucho tiempo traté de conseguirla con los conocimientos adquiridos en mi juventud, inclusive fui a muchos congresos y talleres de magia para brujas, magos y extraterrestres. Pero nada me daba resultado.

Un día un hombre vino a mi hogar para que le hiciera un conjuro. Él provenía de un pueblo lejano cuya reina había conocido personalmente. Al preguntar por ella, el hombre me contestó que la madrastra de Blancanieves había muerto y ahora reinaban su hijastra y su esposo. Cuando se fue me quedé cocinando en mi caldera el murciélago muerto recibido como paga. Mientras lo hacía, recordaba a la madrastra con cierto gusto agridulce.

Todo comenzó cuando en un momento de mi vida pasé una cierta crisis doméstica que me obligó a trabajar como cocinera en un castillo. Los dueños del lugar no sabían sobre mi origen, pero no así los sirvientes. Muchos de ellos me encargaban pociones, y diversos instrumentos mágicos por los cuales recibía una humilde contribución. Los reyes tenían una pequeña hija que luego se convertiría en la famosa madrastra. Un día ella descubrió mis actividades, y me hizo la siguiente oferta: yo debía enseñarle brujería y a cambio no me denunciaría a sus padres. Acepté, porque en ese momento necesitaba el trabajo de cocinera. Entonces la instruí con todo mi conocimiento. Ella demostró ser una excelente bruja, a pesar de su condición real. Pasó el tiempo y cuando ya no le pude enseñar más nada, me denunció. Así fue cómo maté a los reyes del castillo y escapé lo más lejos posible.

A partir de ese recuerdo obtuve la forma de conseguir una renovación general en la brujería: crear personas, árboles, casas, animales, todo un reino completo sólo con magia. Intenté miles de pociones y conjuros, hasta la llegada de Janell. Ésta última se trataba de la combinación entre una poción (agua, corteza de glicina y pétalos de camelias) y el siguiente conjuro: “rojo, sangre, ciruela y pasas”. Empecé con una pequeña comunidad de campesinos, pero como todo reino necesitaba de un gobierno. Así comencé con la creación de un hermoso castillo. Esta tarea fue más difícil de lo esperado y la conclusión significó una fortaleza real cuyo interior era un laberinto formado por diversos pasillos y habitaciones. Todos ellos terminaban en un hall central lejos de la puerta principal. Luego hice una serie de personas habituales a cualquier construcción medieval de ese tipo: cocineros, mucamas, músicos, encargados de los caballos reales, soldados, etc.

Pero me faltaba lo fundamental, un gobernante para ese reino. Intenté hacer distintos hombres y mujeres. Inclusive agregué nuevos ingredientes a la poción de Janell. Nada daba resultado. Entonces, en contra de mi condición de bruja normal y a favor de mi nueva magia, decidí convertirme en la gobernante del lugar. De ahora en adelante sería Lucy; reina de Roies y todo el mundo me podría escuchar, pero no verme.

Todo marchaba a las mil maravillas, nunca me imaginé lo divertido que sería reinar en un lugar creado por uno mismo. Los habitantes del lugar me obedecían, y los paisajes de Roies eran maravillosos. Los calabozos del castillo eran mi lugar favorito porque solo en ellos habitaban las ratas y los murciélagos de los cuales me alimentaba.

Pero lo bueno dura poco y más cuando llega un miembro del consejo brujeril. Este último estaba conformado por las brujas más importantes, y su principal actividad era legitimizar la magia propia de su especie otorgando licencias y matrículas a todas las nacidas como brujas. El miembro se llamaba Arion y al verla por primera vez en mi castillo me emocioné. Para mí esa visita significaba la admiración del consejo por mi magia. La recibí con todos los lujos y ella sólo expresó su decisión de hablar conmigo urgentemente. Me inquietó un poco esa determinación, pero no rehúse la orden. Nos metimos en el calabozo para que Arion se sintiera más cómoda y pudiera comer sin dificultad. La conversación comenzó cuando ella dijo lo siguiente:-¿Qué eres? Usaste magia brujeril para realizar todo este reino, pero todos aquí te consideran la reina Lucy. ¡Tampoco eres eso porque no has hecho la ceremonia de coronación ni posees un mísero cetro! Podrías ser un dios, creaste todo lo animado e inanimado de Roies, nadie puede observarte y todos son capaces de oírte. Sin embargo ahora que te veo, tu apariencia es de cualquier bruja ordinaria y sigues alimentando como una. ¡Defínete de una vez o atiédete a las consecuencias! Luego como miembro del consejo me declaró la guerra ante mi falta de respuesta.

Fue muy sorprendente todo, y me llamo la atención el hecho de poder ser visible ante ella ¿Era capaz de aprender mi nueva magia tan fácilmente? Después me enteré por su boca la forma en que lo consiguió: simplemente aplaudiendo en el momento de entrar al calabozo. Estaba aterrada, si se sabía el modo de acabar tan rápidamente con mi nueva magia cómo haría para sobrevivir ante los ataques de todas las brujas.

Traté de tranquilizarme y buscar una solución al problema. Después de estar días y noches pensando, decidí llamar a mi ejército. Este último eran diez generales principales encargados de un grupo de treinta soldados cada uno. En el momento que estuvieron todos reunidos buscaron a las brujas de distintos rincones cercanos o alejados de Roies. El modus operandi del ejército consistía en entrar disfrazados de campesinos o viajantes a las cuevas donde ellas vivían, y sin su consentimiento, dormirlas con una poción. En ese estado, cada uno de los soldados las llevaría al calabozo. Cuando despertaran allí, les brindaría todos los placeres y beneficios. Solo con la siguiente condición: se tenían que unir a mi lucha contra el consejo o permanecer totalmente apartadas a cualquiera de los dos bandos.

Durante muchos años este método anduvo bastante bien. Sin embargo Sholl, Frebb y Gnuz lo echaron a perder. La primera aceptó la condición y se unió a mi bando. En realidad era una espía del consejo y al poco tiempo la descubrí. Entonces para preservar su vida, me reveló un plan destinado a matarme. Este último ocurrió una noche donde cayeron todas las estrellas del firmamento sobre el reino de Roies. Pero, pude prevenir la destrucción del castillo y de mi reino transformando a Sholl en una lona capaz de sostener las estrellas e impedir que llegaran al suelo. Cuando terminó la lluvia estelar, unas cuantas brujas y yo tratamos de volverlas al cielo nocturno. Fue un trabajo muy lento, desgastante y muy pronto se me acabó la paciencia. Por ello cuando llegué a la estrella número mil, decidí transformar el resto de las caídas en hermosos diamantes y piedras preciosas. Muchas de ellas fueron destinadas al comercio y a la decoración del castillo. Una pequeña porción fue utilizada como adornos de mi vestido. Porque últimamente eso de ser invisible me complicaba la existencia con los pobladores de Roies, y como yo me declaré ante ellos como reina debía tener una apariencia acorde a la nobleza.

Cuando me iba a probar el vestido terminado, Frebb me trajo el almuerzo: rata al escabeche. Vi como Gnuz probaba la comida sin sufrir ningún efecto de algún veneno o poción, y luego la comí sin ningún asco. Al rato sentí un fuerte dolor de estómago y en un santiamén me había transformado en una rana. En cierta forma mi deseo se había cumplido, todos me veían pero no como yo quería. Traté de pedir ayuda y me encontraron Frebb y Gnuz. Ellas me reconocieron, mencionaron su lealtad hacia el consejo brujeril y me llevaron a un estanque lejos de Roies. Durante mucho tiempo permanecí allí, siendo una rana sobre una flor de loto.

Un día un niño me cazó y me llevó hasta la cocina de un castillo. El cocinero trató de matarme, y yo empecé a saltar por todo el lugar hasta que me apoyé sobre el agua hirviendo de una olla. Cuando salté de ahí volví a mi aspecto de bruja y pude escaparme. Al llegar a Roies, las brujas de mi bando habían tomado el poder y su líder era Frebb. Muy enojada las quemé a todas hasta convertirlas en cenizas, y a Frebb le di una apariencia de cerda. También le puse un moñito y de una patada la mandé directo al consejo. No encontré a Gnuz por ninguna parte. Entonces mande que la busquen mis soldados. Mientras tanto traté de hacer un trono. Después de muchos meses e intentos logré la solución: a la poción de Janell le incorporé esencia de vainilla, flor de loto y cambié el conjuro por “papa, batata, queso y membrillo”.

Terminé de decir membrillo cuando descubrí que la caldera puesta sobre el reino había dado resultado. Un mes antes uno de mis soldados encontró a Gnuz, pero yo le ordené que la espiara por un tiempo para saber sobre su plan. Con esto quería cumplirle el último deseo y vengarme de ella evitando mi muerte. Según el soldado, Gnuz planeaba desarrollar una avalancha para enterrarme viva junto con Roies. En un primer momento quise destruir todas las montañas cercanas (mi reino estaba rodeadas de ellas); pero me fue imposible. Así se me ocurrió lo de la caldera, al mismo tiempo protegería a Roies y derretiría la nieve cuando estuviera sobre ella. Esto último ocurrió cuando había terminado mi trono y como consecuencia, mi ejército trajo a Gnuz ante mi presencia. Cuando la vi, le saqué su cabellera horripilante y la hice cenizas como a las otras traidoras.

Pero mis problemas no terminaron allí, el castillo era inhabitable por los restos carbonizados y me faltaba una corona. Para solucionarlos decidí hacer esta última con la caldera dispuesta antes como domo, las cenizas de las brujas y los cabellos de Gnuz, e incluir la poción que antes me permitió hacer el trono con el conjuro correspondiente al mismo. Por fin pude colocarme el vestido de perlas-estrellas, la corona de cenizas y pude sentarme en el trono Janell. Todos los habitantes de Roies me aclamaron como la reina Lucy. Pero ese título nobiliario era solo una máscara para poder continuar con mi nueva magia y hacerla más increíble. Inclusive seguía teniendo las costumbres de una bruja normal y muchas veces me hacía las dos colitas con una trenza en el flequillo.

Después todo transcurrió con una mediana normalidad: había abundante comida y dinero, pocos delincuentes y brujas traidoras (en el caso de haberlas, terminaban en cenizas). Sin embargo, se rompió con un terrible acontecimiento. Muchas veces les di a los soldados azafrán para poder aguantar largos viajes en busca de brujas, y como había disminuido el número de estas últimas, también hice lo propio con la ingesta de dicho producto. Grave error porque los hombres se habían vuelto adictos al azafrán. Esto último produjo asesinatos y robos para encontrarlo, y también sufrí varias amenazas. No encontré ningún hechizo o conjuro para remediar la situación, la única solución fue una hoguera en donde ardían vivos los soldados adictos. Después de cometer semejante acto me sentía muy triste, fue el primer gran defecto de mi nueva ciencia. Pero traté de ver el lado positivo a la cuestión: el reino no estaba del todo desprotegido, aún quedaban los soldados de la corte. Al pensar ello me quede más tranquila y pude hacer los arreglos para la fiesta de ese sábado, en la cual se festejaba los diez años de la creación de Roies.

El preciado día llego, todos los habitantes del reino estaban en el palacio: los campesinos, los sirvientes del castillo, los miembros de la corte, los músicos, etc. La comida era abundante y una parte de ella era de mi invención (muchas eran ratas o sapos transformados en pollos o pescados).Todos estaban vestidos de seda, los cubiertos y los adornos eran de oro y plata, y muchos llevaban piedras preciosas entre sus alhajas. Afuera había viento, estaba nublado y hacía mucho calor. El festejo comenzó al mediodía con un almuerzo, siguió con varios bailes y por último un concierto.

Cuando terminó la danza, me senté en el trono y escuché a los músicos. Al principio se trató de una melodía suave y tranquila, que sorprendentemente llevó mi espíritu hacia un hermoso jardín. Allí había un extraño aparato donde salía la misma música que escuchaba en el castillo, y una mujer acostada sobre el pasto la oía con mucha atención. Ella tenía un peinado y una ropa nunca vistos en mi época. A pesar de esas diferencias fui capaz de escuchar sus pensamientos:- Ojalá todos los días fueran como este, sin preocupaciones e instalada en un lugar tan agradable. Pero pensándolo mejor, si fuese así me aburriría al poco tiempo y desearía mi vida anterior. Los seres humanos somos muy locos, las únicas palabras viables para definirlos serían cambio y estabilidad.

Al nombrar las dos últimas palabras, la melodía se hizo fuerte y rápida, mi espíritu volvió al castillo y mi cuerpo se convirtió en viento. Mientras me alejaba con esa forma, distinguí en el trono de Janell mi vestido y mi corona. Pero los habitantes no se sorprendieron en ningún momento, inclusive siguieron festejando. Al final mi nueva ciencia se hacía más poderosa de lo que me imaginé, porque fue capaz de jugarme en contra.

Autor: María Sol Obes

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